Velázquez y el juego de la mirada, a propósito de “Las Meninas” II

El pintor autor de "Las Meninas" tal y como él se representa

La propia imagen está ineludiblemente determinada por la mirada del otro, y la paradoja está en que mi mirada es un otro que determina a otros. Yo y otro se unen en la mirada como dos caras de una moneda, y la imagen, mi propia imagen, es la que me está siempre oculta, ubicada sobre el lienzo de Velázquez que me resulta invisible: «el otro lado de una psique» (Foucault, Las palabras y las cosas) o el yo detrás de un otro. Esto se hace patente ante el encuentro con el propio reflejo, es decir, sólo aparece en la reflexión; de aquí la importancia del espejo. Éste, en el cuadro del autor de la “Venus del espejo”, rompe una ficción para generar otra. Ya no somos nosotros los observados, pero los que realmente lo son en la escena construida sólo están presentes por un pálido reflejo en el fondo de la misma. El elemento que ordena la totalidad de la escena, esto es, la posición y conducta de cada uno de los presentes, está ausente y sólo se vuelve evidente por la reflexión.

Un cuadro lleno de elementos para la interpretaciónAhora bien, no olvidemos que la mirada, mi mirada, es al mismo tiempo un otro, carga consigo una sombra de otredad. Ya Jaques Lacan a través de su “estadio del espejo” destacaba la importancia del encuentro de la “cría del hombre” con su propia imagen y el jubiloso recibimiento de la misma. La experiencia del propio cuerpo, para Lacan, se da de manera fragmentada, pero la imagen con la que nos topamos en el espejo, el yo especular, se presenta como una unidad articulada que no corresponde con el “cuerpo fragmentado” que somos. Se configura así un yo ideal que no es sino la primera de las múltiples identificaciones imaginarias que operaremos a lo largo de nuestra vida psíquica. Al seno de la teoría lacaniana, no obstante, esto implica la pronta culminación de la enajenación del sujeto. Se hace frente, entonces, a «toda filosofía derivada directamente del cogito». (Lacan Escritos 1) En efecto, Lacan plantea que el famoso lema cartesiano se equivoca al identificar el yo que piensa con el yo que existe. El psicoanalista, por su parte, pone a estos dos “yo” posibles como mutuamente excluyentes en su célebre formulación «pienso donde no soy, soy donde no pienso».

Pero centrándonos en las consecuencias de ese encuentro con la propia imagen, la mirada que se mira a sí misma, tenemos el problema de la identificación. Ésta, definida en términos lacanianos, se entiende como la «transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen». (Lacan Escritos 1) Ante la propia imagen, entonces, acontece un acto de comunicación entre lo que está afuera –lo mirado– y lo que está dentro –el que mira. La imago le brinda a ese cuerpo fragmentado la posibilidad de verse como unidad –siempre distorsionada hay que decirlo– que imaginariamente se alzará como matriz del yo ideal. En pocas palabras, el mundo interior experimentado como fragmentado (Innenwelt) se pone en contacto imaginariamente mediado con el mundo exterior (Umwelt) para generar una identificación en la que lo real se desliza constantemente; mientras el yo queda jugando entre lo simbólico y lo imaginario. Este proceso culmina con una expresión de júbilo que, volviendo al ejemplo del pintor español, podría verse refrendado ante la sonrisa que produce el develamiento del estratagema: el espejo en el fondo que revela el sentido de la composición del cuadro.

Es el espejo en el fondo de “Las Meninas” el que revela el sentido de la composición. - tuitéalo    

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La ausencia, la falta, nos acompaña y constituye. Otro francés, Pascal Quignard, habla del hombre como «aquel a quien le falta una imagen» (Quignard El sexo y el espanto), esto en la medida en que «venimos de una escena en la que no estábamos» (Quignard El sexo y el espanto). El acto (idealmente) amoroso que nos da origen, el momento mismo que define genéticamente nuestra singularidad, nos es ajeno e incluso nos está prohibido (la alcoba de los padres). El hombre es, por ello, un verdadero existente: es fuera de sus propias causas. Pero esta falta de la imagen acompaña nuestra condición, pues somos mirada que requiere del artilugio del espejo para generar, a su vez, el artilugio de un yo que se identifica e imagina ante él. Todo esto que puede derivarse del juego de ausencia y presencia en “La Meninas”, nos invita, no obstante, a plantear una pregunta: ¿qué o quién es este con el que se encuentra mi mirada al mirarse? Se trata de una imagen producto de un momento en el que yo estaba ausente, sin embargo, es ella la que me define, matriz del yo ideal y primera capa de las superposiciones imaginarias, imagen que falta en el andar constate de la mirada, reverso de una psique, yo mismo con sombra de otredad. Esta imagen del espejo no es otra cosa que lo que me singulariza: el cuerpo, mi cuerpo.

El ojo se topa con una peculiar materia en movimiento, una materia que parece responder a los designios de la misma subjetividad que mira. Lo que el infante percibe como desarticulación se presenta ante el ojo como imagen unitaria que permite la representación e identificación de esa materia móvil como mía, como un yo unitario e ideal. Pero no por ello la relación deja de ser simbólica, es decir, que una cierta cesura se mantiene entre la imagen del espejo y la materia vivida. Y es que decir ante el espejo: “ese soy yo”, no deja de ser una metáfora en la medida en que la imagen es una representación, una entidad ideal (o virtual) distinta esencialmente de mí. Como bien supo decirlo Merleau-Ponty, «el enigma reside en que mi cuerpo es a la vez vidente y visible».  Es esto justamente lo que encontramos en “Las Meninas” que, según venimos diciendo, no es sino la mirada del pintor viéndose a sí mismo: vidente y visible en una misma representación. El cuerpo que mira y el cuerpo mirado se encuentran y hacen posible el reconocimiento de aquel en la alteridad de la imagen especular. Es este enigma el que nos marca profundamente, nos deja una huella que se hará presente en toda forma de relación. No en balde Lacan planteaba como principio fundamental que «en el lenguaje, nuestro mensaje nos viene del Otro y, para anunciarlo hasta el final: bajo una forma invertida». Para decirlo de otra manera, nuestro propio cuerpo, o mejor, la imagen del cuerpo propio es siempre nuestra sombra, un otro en sombra que nos acompaña a perpetuidad.

El enigma reside en que mi cuerpo es a la vez vidente y visible. Merleau-Ponty - tuitéalo    

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Ante el espejo, entonces, acontece el enigma y, con él, viene la misma pregunta que ante el cuadro del sevillano: ¿estoy siendo mirado? No podía haber expresión más afortunada, sobre todo si nos movemos en la jerga heideggeriana, pues somos proyección constante de una imagen que está siendo mirada, esa que nos constituye y acompaña como sombra inseparable. Ante esta imagen el otro reacciona, reconoce y, claro está, se busca. Y es que sí, siempre estamos siendo mirados y mirando, somos mirada que carga detrás la imagen especular de un yo idealizado buscando proyectarse y reconocerse (traer de vuelta a sí) en la interacción con el otro que, a su vez, está siendo mirado. La experiencia del estar-siendo se cifra entonces en el sentido corporalmente situado. Esto quiere decir que el mirar no es la acción que ese doble invertido del espejo me devuelve, sino la experiencia misma que mi cuerpo vive al descubrirse mirando. Nos dice de nuevo Ponty: «Él se ve viendo, se toca tocando, es visible y sensible para sí mismo». De aquí que podamos decir ahora que situarse frente a “Las Meninas” es estar frente al cuerpo mismo de Velázquez hecho pintura, es ese estar siendo mirado que nos da la experiencia del cuerpo propio a través del estar siendo mirado de otro que el pintor ha inmortalizado. Es por ello que la mirada y su juego especular dotan de sentido a la fantástica intuición merleaupontiana: «el hombre es espejo para el hombre».

Primera parte

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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