Tres relatos sobre los límites de la razón y las trampas de la mente

Tres figuras capitales del relato y de la exploración de lo humano

Nada como la literatura para explorar las posibilidades de lo humano. Un auténtico laboratorio social situado en la mente del escritor y entre las líneas de sus libros. Se puede lanzar una pregunta, la que sea, y ensayar posibilidades sobre el papel para dar forma a fantásticos personajes que resuelven en su vida ficticia la duda verdadera y profunda. ¿Resuelven? Sí, pero dentro del conjunto de variables que el autor determina, en el marco del mundo hecho para que la historia se desarrolle y muestre lo que tiene que mostrar. Claro que, dado que todo ensayo sobre lo humano sigue estando al mismo tiempo dentro de lo humano, lo que se muestra suele ser más de lo buscado o, al menos, abierto a lecturas desde ángulos diversos que amplifican su alcance.

Ahora que para realizar este tipo de exploraciones no hacen falta extensos tratados. Hay que recordar aquella frase atribuida a Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, aunque la brevedad es un arte difícil de desarrollar. No hay espacio para los excesos, la precisión es la norma y eso requiere de una maestría, es decir, de un verdadero arte al momento de ejecutar la tarea. Hoy acudimos a tres figuras que tienen precisamente esta virtud y que han dejado su huella más allá del ámbito de la literatura. En primer término tenemos al originario de Königsberg, E.T.A Hoffman, que como parte del movimiento romántico alemán nos regaló potentes relatos de suspenso que exploran la psique humana como pocos. Es tal su importancia que se reconoce su influencia en el segundo maestro de maestros: Edgar Allan Poe. Poco se puede decir para un autor que no necesita presentación, su presencia aquí es ineludible dada la capacidad del americano de atrapar con sus relatos y retratar las profundidades de lo humano. Misma calidad que encontramos en el escritor francés Guy de Maupassant que nos sirve para cerrar esta trilogía de grandes escritores que exploran los límites de la razón y las trampas de la mente.

“El hombre de arena”, lo siniestro se revela ante la mirada

El relato publicado en 1817 cuenta la historia del amor de Nataniel por Olimpia, la misteriosa hija de su profesor que termina siendo el objeto que detona su profundo malestar psíquico. Para contarla Hoffman se vale de tres cartas que un conocido de Nataniel pone a nuestra disposición y que nos brindan el contexto para después terminar contándonos cómo se desencadenaron los hechos que culminan con la lamentable muerte del personaje. Si hay un motivo clave en el relato ese está en los ojos que marcan la infancia de Nataniel por la leyenda del hombre de arena que su nodriza le relata y que estarán presentes una y otra vez en el desarrollo de la historia. Son sus ojos infantiles los que presencian la muerte de su padre, son los ojos de Olimpia los que ruedan por el suelo, los ojos de Coppelius y Coppola que encarnan para Nataniel al verdadero y terrorífico hombre de arena. Una muestra magistral de que no todo lo que nos muestra la mirada es confiable, pues la fantasía se involucra y puede hacer que la razón termine extraviándose. Clara, la prometida de Nataniel, nada puede hacer para que éste se enamore de una autómata y termine arrojándose al vacío presa del terror ante la presencia de lo siniestro. De hecho, este relato sirvió precisamente para que Sigmund Freud elaborara su concepto de lo siniestro o Unheimlich. Un clásico de la literatura que nos muestra lo fácil que es caer en la trampa de la mente y extraviarse en los laberintos de la propia fantasía.

“El hombre de arena” es un relato que ilustra magistralmente lo siniestro. - tuitéalo    

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“El corazón delator”, la conciencia que deja todo a la vista

El narrador y protagonista de la historia lanza una brutal pregunta al lector: “¿No les he dicho que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos?”. Un haz de luz revela el molesto ojo de la víctima, el latido del corazón se acelera haciéndose audible para el victimario y el torbellino de emociones termina en el asesinato. La narrativa de Poe es impecable. Imposible no notar que la respiración se acelera ante la descripción del homicidio, como si tuviéramos frente a nosotros al mismísimo depredador que despierta en nosotros un sentimiento de criatura, es decir, de profunda fragilidad. La agudeza de los sentidos se mantiene y el latir del corazón estará presente hasta convertirse en el insoportable sonido que termina arrancándole la confesión. Pero la misma agudeza se mantiene a tal grado que confunde los cuidados para deshacerse del cadáver con una muestra de la ausencia de locura en su persona. La precisión de su trabajo ocultó todo a la vista, pero falla al intentar ocultárselo todo a la mirada de la conciencia que, con los sentidos agudizados, seguía escuchando el latido implacable del corazón ya con la presencia de tres policías dentro de la habitación del ahora difunto. El alegato entero para defenderse de la acusación de locura nos eriza la piel y nos muestra con maestría la delgada línea entre la realidad y la fantasía. Una exploración de la conciencia en sus oscuras posibilidades y en su irremediable tendencia a salir a la luz. Aunque ello implique entregar un sereno relato donde la conciencia reconoce sus momentos de inconsciencia.

Poe es un maestro de la narración, alguien que sabe el poder de un corazón que late. - tuitéalo    

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“El horla”, lo invisible que nos toca

La fantasía se apodera del mundo. Los relatos fantásticos surgen aquí y allá mientras el psicoanálisis explora con entusiasmo nuevos niveles de la consciencia. El relato de Maupassant nos cuenta la historia de un burgués que comienza a sentirse perseguido por una presencia intangible. Extraños sucesos comienzan a desatar el miedo hasta que finalmente la vista alcanza a distinguir la silueta del ser al que llamará el Horla. Lo que estaba dentro termina manifestándose fuera de sí (aunque por una sugerente mediación del espejo), expresión que suele designar esos momentos en los que la conciencia (entendida como mesura y buen comportamiento) se apaga para dar paso a todo lo demás. Se dice a sí mismo el protagonista: “Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible”. Ante los límites siempre se buscan los recursos para dotar de sentidos, aunque esto significa dar rienda suelta a la fantasía. Pero perder el asidero del límite, es decir, no atar bien la cuerda al muelle de la realidad, puede derivar en un extravío del que es casi imposible volver. Es así como se consuma esa inversión freudiana en la que el yo no es más amo en su propia casa: “Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo”. Estas son las palabras del protagonista atormentado por el roce de lo invisible que muestra otra dimensión de las trampas de la mente.

“El horla” muestra la exteriorización de un miedo que expulsa al yo de su dominio. - tuitéalo    

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Hasta aquí la recopilación que simplemente busca abrir el apetito y dar pistas para los interesados en este tipo de lecturas. Se trata de autores que ha sido recuperados por otros campos del saber –particularmente el psicoanálisis– para ilustrar lo que intentan mostrar desde sus teorías. El conocimiento, al final de cuentas, funciona a través de peculiares fusiones de elementos y herramientas. Cuando se trata de explorar los límites de la razón, insisto, nada como la literatura para jugar libremente con las hipótesis. Además de que la lectura de estas obras es un auténtico deleite de recursos para despertar en el lector las emociones de los desafortunados protagonistas. Aquí, como siempre, lo importante es el diálogo que enriquece. Así que te pregunto: ¿qué otros relatos destacarías en esta línea?

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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