El porvenir del planeta de los simios

El planeta de los simios se mantiene vigente por las ideas que expresa

Hace una semanas que quería hablar de El planeta de los simios, pero la trágica noticia de la muerte de Robin Williams y el anuncio del Studio Ghibli de su pausa en la producción me habían obligado a posponerlo. Pero aquí estamos, ya que ha pasado la euforia del estreno de la última de las entregas derivadas de lo que ya es una auténtica franquicia, podemos abordar de manera desapasionada lo que ha sido de esta historia desde su primer contacto con el público cinefilo en 1968. Hay un largo camino recorrido ya con mejores y peores momentos, aunque lo que aquí nos interesa son las ideas fuerza que mantienen vida la historia.

El ser humano es un sujeto de horizontes. - tuitéalo     Disfruta imaginando el porvenir, los escenarios que podrían esperarle en ese futuro del que muy poco o nada se sabe. Para ello hay dos grandes posibilidades: imaginar el paraíso o plantear un escenario apocalíptico donde lo peor de la humanidad termina generando una catástrofe. Pierre Boulle, el autor de la novela que da auténtico origen a El planeta de los simios, optó por lo segundo para dar forma a su historia. Nada más propio de alguien que ha vivido de manera directa los estragos de la guerra y que sabe, por tanto, lo que el lado siniestro de lo humano es capaz de hacer. Utopía contra distopía, en ese planeta de los simios se da una muestra de lo segundo. - tuitéalo     Lo importante, como siempre, está en cómo se llega a ese indeseable escenario.

La bestia humana en el planeta de los simios

Esta misma semana surgió por aquí el nombre de Charlton Geston, quien encarna a George Taylor en la primera película de El planeta de los simios. El personaje es el líder de una expedición espacial que busca demostrar la relatividad del tiempo en su viaje a la velocidad de la luz. La empresa suena de entrada algo curiosa: quien sube a esa nave sabe que no volverá al mundo del que está partiendo. ¿Quién lo haría y por qué? La soledad y la desilusión están detrás de la apariencia dura y segura de Taylor. El personaje sirve para dar una muestra de que la línea en la que avanza la humanidad ya tiene tintes oscuros y resulta muy poco esperanzadora. 2006 años después (el tiempo que transcurre en la Tierra mientras que para ellos transcurren 18 meses de viaje) el aterrizaje se realiza en un escenario que corroborará sus presentimientos. Se trata, por tanto, de un despertar para encontrarse que la pesadilla se ha vuelto realidad.

El año de estreno de El planeta de los simios está marcado por la guerra y la violencia. - tuitéalo    

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El resto del film de 1968 se dedica a mostrarnos el reverso de la moneda en la relación humano-animal no humano. Esto, visto desde nuestros días, resulta bastante interesante: el planeta de los simios sirve para hacer visible lo relativo de los parámetros para medir la inteligencia en las especies y la crueldad con la que se les trata basándose en la ausencia de una capacidad expresiva. Pero esto no es necesariamente lo que se buscaba mostrar en el film. Es una auténtica paradoja que el año 68, el año del asesinato de Martin Luther King y John F. Kennedy, el noveno año de la Guerra de Vietnam y el de las revueltas estudiantiles, fuera declarado por la ONU como el Año Internacional de los Derechos Humanos. Valga este periplo para mostrar el contexto de un espectador de El planeta de los simios: la humanidad daba signos de crisis por todos lados y en la pantalla se daba cuenta de un futuro donde se pagaba muy caro el camino elegido.

Todo lo conseguido por la humanidad puede cuestionarse ante el desolador panorama que se presentaba en ese año. Una sombra en forma de pregunta se posa sobre nosotros: ¿para qué? Dicho con esa burda simplificación que niega la animalidad que nos constituye para construir una dicotomía: si nos matamos entre nosotros como animales, ¿qué podemos esperar del futuro? La aniquilación, la pérdida del trono de la especie dominante para pasar a ser dominados por los simios que han desarrollado la capacidad del lenguaje y se constituyen como una réplica de los primeros estadios de la humanidad. Una especie de vuelta al inicio remarcando una nueva paradoja: avanzamos en el tiempo más de tres mil años para volver al inicio, a un estadio primitivo donde, no obstante, no estamos en la cúspide de la pirámide. El trato que recibe el astronauta Taylor nos ofrece, entonces, esa doble lectura que depende del tiempo en el que vemos la película: el debate con respecto a los derechos humanos y el porvenir de la especie en un contexto bélico o el que se centra en los derechos del resto de las especies hoy excluidas y maltratadas con fundamento en argumentos bastante discutibles.

Pero, ante todo, la humanidad

La guerra muestra la bestia negra de lo humano. Cimbra la confianza y la esperanza dejándonos nada más que la fe en una bondad a veces empañada por la furia y la avaricia. El problema es que el efecto es inconmensurable. Una sola bomba, un virus, el más más mínimo exceso y la fragilidad humana emerge a la superficie. Pasada la sorpresa de los restos de La libertad iluminando al mundo (Estatua de la Libertad) en una playa del mundo postapocalíptico, lo que queda es preguntarse cómo fue posible llegar hasta ahí. Sí, pasamos de largo la propuesta de remake de Tim Burton, que tantas críticas levantó, para ponernos de lleno sobre la nueva saga cuya última entrega acabamos de recibir con El amanecer del planeta de los simios.

La relación entre simio y humano muestra que bondad y maldad no son exclusivas de una especie. - tuitéalo    

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Lo que estamos viendo es el intento de respuesta a esa pregunta por el cómo. Los pasos que se dieron en la Tierra mientras los astronautas viajaban a la velocidad de la luz. Aunque se plantea que esta es una variante muy distinta de la historia que comenzó con el film del 68. Aquí lo que tenemos es un virus descontrolado, el exterminio de la raza humana y el nacimiento de una raza de simios con una inteligencia desarrollada gracias a un suero. Pero hay una historia germinal en la relación entre humanos y simios: la de Will y César. En ella recae la responsabilidad de mostrar los valores, la importancia del afecto y los sentimientos cuyo rostro no es exclusivamente humano. Se trata, evidentemente, del rostro de la bondad, el lado amable que nos encanta vincular con la especie entera a pesar de que se vea constantemente empañado por su contrario. Lo que podemos ver en las dos últimas entregas de la franquicia del planeta de los simios es una línea argumental que muestra que la catástrofe no está en algo inherente a las especies, sino que se trata de un problema de decisiones. Si lo bueno no es exclusivo de lo humano, tampoco lo es el lado de la desconfianza y el rencor.

La libertad, la bondad y, por supuesto, la maldad, no se esconden en el código genético ni son producto de un laboratorio. Los valores y sus contrarios se dejan ver en los resultados de la acciones que empiezan por una decisión: el punto de arranque está en la voluntad y no en una predisposición de corte biológico - tuitéalo    . Vemos temor y resentimiento en ambos tipos de primates: los humanos y los no humanos. La diferencia está en otra parte y la guerra entre ambos estalla por razones bien distintas a las biológicas. Así, seguimos viendo de frente al planeta de los simios que es, en efecto, nuestro planeta.  Marcado ahora por la pregunta por los límites éticos del avance de la ciencia y el riesgo de explorar ciertas áreas de la biología. Pero el escenario no ha cambiado y la intención de generar horizontes tampoco. El simio y el hombre siguen juntando los rostros en recordatorio del profundo parecido entre ellos. Mientras tanto continúa la pregunta por el porvenir, por el dónde de la desembocadura de nuestros pasos. Algo que esta franquicia sigue explotando con bastante éxito y al parecer no tiene intenciones de dejar de hacerlo.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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