¿Cuántas pasiones caben en la punta de un alfiler?

Un alfiler es suficiente para despertar las pasiones

Cuando se narra la historia de reyes y guerreros pocas veces les acompaña en la gloria de los libros el nombre de su animal de compañía. Hay animales de leyenda, cierto, pero recordar el nombre propio respaldado en documentos y descripciones es todo un privilegio para esos fieles compañeros de aventuras. Bucéfalo, caballo de Alejandro Magno, es precisamente uno de ellos. Este equino tenía que estar a la altura del gran conquistador de la Antigüedad, por eso lo que ha llegado hasta nosotros, además de sus rasgos físicos que hacen honor a su nombre, es su carácter indómito que solamente Alejandro fue capaz de controlar.

Lo que nos cuenta la historia es que Bucéfalo tenía miedo de su sombra, cosa que empeoraba al intentar huir de ella de manera descontrolada. La astucia del rey de Macedonia le hizo percatarse del origen de esas pasiones desenfrenadas del animal, por lo que pudo dar con la manera de domar lo que parecía ser indomable. Poniéndole de cara al sol logró evitar la reacción violenta y montar al temible Bucéfalo. Esta historia le sirve a Alain, filósofo francés, para destacar la importancia de conocer el origen de nuestras pasiones no solamente para domarlas sino también para evitar hacerse una imagen equivocada del carácter de alguien que parece mucho más violento de lo que en realidad es.

El dominio de las pasiones

En efecto la historia tiene más de una posible lectura. No solamente se trata de mostrar la inteligencia del discípulo de Aristóteles que, como remarca Alain, “sabía ya que no tenemos ningún poder sobre nuestras pasiones en tanto no conocemos sus verdaderas causas”. Descubrir las causas, lenguaje muy aristotélico, implicaría entonces ponerse en una situación de dominio, en una posición de poder. Montar a Bucéfalo es entonces una imagen de este ponerse por encima de las pasiones apaciguando, domando y controlando hasta tomar las riendas de la situación. Pero esto supone, por supuesto, dos actores: el violento y el que se pone al mando.

Descubrir las causas implica ponerse en una situación de dominio. - tuitéalo    

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Pero la frase misma que aquí utilizamos está construida con un una intencionada ambigüedad: el dominio de las pasiones es también una manera de llamar al territorio donde éstas reinan. Entrar en este dominio parecería implicar un descenso a los infiernos, a un territorio de descontrol donde reina la violencia. La lectura entonces cambia en función del lugar donde recae el mayor poder y la intención está en hacer que el violento dominio de las pasiones pase a ser controlado por quien se adentra en él para ponerse al mando.

Pasión por las dicotomías

El conocimiento de las causas responde a una operación del intelecto y la inteligencia. Implica, como vemos, articular los elementos, ser capaz de narrar lo que se ve conociendo las motivaciones profundas de los actos. Hablamos de un lógos, de un discurso que da cuenta de algo tomando cierta distancia de eso mismo de lo que habla. Estamos, sin más, ante la razón como elemento que toma las riendas cuando las pasiones pierden los estribos. Pero esto no es sino una dicotomía que opera a nivel de imagen, es decir, que la historia de Bucéfalo y Alejandro se repite una y otra vez dentro de cada uno porque nosotros mismos somos ese dominio de la pasiones.

Somos una unidad dialéctica de razón y pasión. - tuitéalo    

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Lo que se deduce de aquí es que no hay tal cosa como una razón inmaculada, libre del efecto pasional. Pero tampoco hay pasiones sin cierta complicidad y acuerdo con la traviesa razón. El autoengaño es, de hecho, una de las formas más elaboradas del discurso. Somos tremendamente meticulosos cuando se trata de engañarnos a nosotros mismos o de justificar una reacción pasional. Un detalle mal planteado y las razones que nos damos se caen como un castillo de naipes. Pero es precisamente en estos diálogos internos donde la dicotomía clásica toma forma invitándonos a pensar como un diálogo entre ángeles y demonios lo que no es sino una unidad psíquica… y corporal.

Gimnasia para las pasiones

El mismo Alain nos dice lo siguiente: “Y la verdadera gimnasia, tal como los griegos la entendían, es el imperio de la justa razón sobre los movimientos del cuerpo”. Pensamiento en dicotomías donde hay un peso desmedido que cae sobre la razón. Es ese el polo deseable, el que marca el camino y las formas de esta gimnasia que no es sino un dominio del cuerpo. Pero, ¿por qué dominar? ¿Para qué conocer las causas? Otra de las imágenes de este filósofo francés es la del alfiler que molesta al niño provocándole el llanto. Ante la ausencia del habla, fiel indicador de la presencia de razón en el pensamiento clásico, la matrona debe descubrir las causas hasta dar con el alfiler. El objetivo, de nuevo, es apaciguar y dominar aquello que nos mueve con violencia.

En las dicotomías hay que recorrer el camino en los dos sentidos sin privilegiar sólo uno de ellos. - tuitéalo    

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Un alfiler es suficiente para hacernos perder los estribos. Algo tan insignificante como eso puede ser la llave que abra nuestra personal caja de Pandora dejando en libertad el infierno que nos habita. Pero ahí mismo, en el fondo, está también la esperanza de dar con las causas que no son sino las riendas que nos devuelven la calma. Parece entonces que hay un estado primigenio de tranquilidad que debemos reconquistar ante la presencia de la tormenta de las pasiones. Estas imágenes parecen invitar a una conquista por medio de la razón, a usar esta facultad para encontrar el alfiler y no enfrentarse entonces a alguien perdido en el dominio de las pasiones. Pero la pregunta persiste: ¿la razón no es nunca una fuente de miedo y angustia? ¿No es la gimnasia una forma de apaciguar desde el cuerpo la rueda infernal de los pensamientos? Sobre esto habrá que seguir pensando.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby   •  

    En mi caso, el animal de compañía soy yo mismo. Los ratones no podemos darnos el lujo de grandes pasiones porque tenemos que estar vigilando otras cosas…

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón, la compañía de un ratón tan distinguido como tú es ya en sí misma un lujo. Ahí donde pones el olfato es donde vale la pena mirar, así que no hay que perderte la pista en tus apasionadas y apasionantes vigilias. ¡Abrazo roedor!

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