Enseñar la prudencia en el siglo XXI

Enseñar la prudencia a través del ejemplo de Sócrates y su discurso veraz

¿Es posible enseñar la prudencia? La pregunta podría ser incluso más amplia y abarcar a cualquier otro valor o virtud. ¿Cómo se enseña una virtud? No es una pregunta novedosa en la historia del pensamiento, pero he vuelto a ella gracias a mi hermana que no deja de prepararse y que ha descubierto ahora una pasión por la enseñanza que me llena de alegría y orgullo. El hecho de que el problema se presente de esta manera dice ya bastante sobre el tema: enseñar la prudencia, o cualquier otra virtud, no es un asunto que competa en exclusiva al docente, sino que recae también en el círculo familiar y sigue su camino hasta implicarnos a todos. Es, además, algo que no se hace sin un esfuerzo práctico que en este caso se concreta en el diálogo. Reproduzco aquí algunas de las ideas que me ha dejado precisamente este diálogo entre hermanos.

La prudencia, para empezar, es una de las virtudes cardinales del mundo antiguo. La lista de las mismas se completa con el coraje, la templanza y la justicia. Este cuadrilátero constituye una base sólida para la formación de un sujeto virtuoso que es también, al menos en potencia, un buen ciudadano. Esto al menos desde la perspectiva de un griego antiguo. La era cristiana, por su parte, se encargará de proponer su particular triada de virtudes teologales: fe, caridad y esperanza. Su orientación está más bien dada hacia la relación del individuo con la divinidad. Seguirlas, sin duda, tiene una resonancia en el ámbito de la comunidad terrenal, pero sus repercusiones en este espacio no serán nunca tan claras y directas como las virtudes del mundo antiguo. Aquí interesa seguir una parte del camino griego con la pregunta por la posibilidad de enseñar la prudencia.

Pero, ¿qué es la prudencia?

Los griegos la llamaban phronesis (prudentia para los latinos) a una especie de sabiduría práctica. Estamos ante un ejercicio de la inteligencia que da muestra en los hechos de la capacidad de discernimiento entre buenas y malas acciones. En ella se ponen a prueba las intenciones, se dejan ver en su verdadera dimensión mostrando que el mundo puede llenarse de cosas que parecen buenas pero que, en la práctica, no lo son tanto. Capacidad de juicio que se muestra en la correcta elección, en una buena acción que puede ser sopesada en lo real y no nada más en el fuero interno del sujeto. Una competencia envidiable, es decir, un elemento deseable para ser parte del carácter de cualquiera. El aprecio que le tenían los griegos queda constatado en las palabras de la Epicuro  en su Carta a Meneceo:

El principio de todo esto y el bien máximo es el juicio, y por ello el juicio [léase prudencia]-de donde se originan las restantes virtudes- es más valioso que la propia filosofía, y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con prudencia, belleza y justicia sin ser feliz. Pues las virtudes son connaturales a una vida feliz, y el vivir felizmente se acompaña siempre de la virtud.

El mismo Epicuro nos da una importante noción de prudencia en sus Máximas capitales: “Ningún placer es malo en sí mismo; pero lo que hay que hacer para obtener ciertos placeres causa mayor cantidad de quebrantos que de placeres”. La ciega búsqueda de un placer, solo por el hecho de ser tal, puede traer consigo mucha más desventuras que los beneficios inmediatos o aparentes. De ahí la necesidad del buen juicio, de la reflexión que apela a la inteligencia sin entregarse de manera inmediata a saciar lo que le manda el deseo. Puede pensarse esta máxima como una expresión del necesario balance, de algo que debe sopesarse antes de emprender algún curso de acción. La actitud de mesura, el freno a la pulsión que abre paso a la razón, es el núcleo de la prudencia como muestra de fuerza de carácter, como virtud.

El coraje de la prudencia

No habría que confundir la prudencia con un mero acto de precaución, con un frío cálculo que poco o nada resuena en el carácter de una persona. El buen juicio del que nos habla Epicuro es una virtud que marca el camino para la justicia y la belleza. Se trata, por tanto, de encausar la fortuna, de tomar las riendas de las propias acciones, determinar el camino y recorrerlo tirando de los caballos de la virtud. La prudencia supone el coraje y la valentía aunque es, sobre todo, la capacidad de distinguir lo que se debe enfrentar y lo que es mejor dejar pasar. El buen juicio determina el camino de la justicia y la belleza, pero para que esto se concrete debe aparecer el coraje de seguirlo, la fuerza de ánimo que dé clara muestra de la presencia de un sujeto prudente. La omisión de acción es también una muestra de prudencia y, por tanto, de esa suma de buen juicio y coraje.

Buen juicio y coraje, la fórmula de la prudencia como virtud. - tuitéalo    

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Cicerón en De las leyes habla de la prudencia como una virtud que es al mismo tiempo un prever y un proveer. Coquetea con la paciencia, pero también sabe ponerse en marcha en el momento adecuado. Se detiene a sopesar, pero también determina el momento para elegir. Se trata de una manera de habérselas con la realidad, con sus obstáculos y circunstancias, intentando ejercitar el buen juicio de manera que la virtud impere en nuestros actos. La prudencia es la capacidad de prever las consecuencias para proveer el presente con nuestras mejores acciones. Esto, por supuesto, requiere de la valentía y el valor de llevar a cabo lo que es mejor a la luz de la virtud porque, lo sabemos bien, esto no siempre será lo mejor para uno mismo. ¿Cómo entonces enseñar la prudencia?

Enseñar la prudencia con Sócrates

Al hablar de una sabiduría práctica habría que considerar el ensayo y error como un modo de acceso privilegiado al aprendizaje de la prudencia. La educación y la cultura juegan aquí un papel esencial. El cúmulo de experiencias que la humanidad acumula debe transmitirse, socializarse, ponerse en común. Toda forma cultural transmite experiencias pasadas y, en esa misma medida, puede salvaguardar un horizonte de futuro. De aquí que, como decíamos en un inicio, desde la formación escolar hasta el núcleo familiar participan en este intercambio de ensayos y errores de lo humano. Ahora bien, esto no significa que todo lo pasado es valioso o, por lo menos, lo es en la medida en que impide que partamos de cero y nos invita a un diálogo crítico para desde ahí comenzar a ejercitar nuestra capacidad de juicio.

La información nos sobra, lo que falta es el valor para reconocer lo que no sabemos. - tuitéalo    

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Una de las figuras ejemplares del diálogo crítico es, sin duda, Sócrates. Podríamos ver en él una especie de mártir de la verdad: fue condenado a la muerte por defender sus convicciones, por apostar por un discurso veraz por encima de cualquier cosa. Pero, ¿es esta una actitud prudente? La respuesta puede quedar insinuada en la lectura que hace Michel Foucault de esta peculiar figura: su actitud, su intemperancia ante la muerte, se sustenta en que su misión primordial se orienta a realizar un llamado a lo que el francés denomina el cuidado de sí. Para ello no emprende una tarea donde no se limita a transmitir sin riesgo alguno una especie de saber, sino de tener el coraje de mostrarle a los demás lo que no saben y, por lo tanto, lo mucho que necesitan ocuparse de sí mismos. Se verá, entonces, lo molesto que puede resultar una figura socrática ante individuos que creen que lo saben todo (al menos en lo que a su oficio respecta).

No hay que llenar con datos el aula, sino saber generar vacíos que estimulen la introspección. - tuitéalo    

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Esto me da pie a una conclusión bastante provisional y algo apresurada: enseñar la prudencia en el siglo XXI tiene mucho que ver con rescatar esta tarea socrática. Las aulas hoy están llenas de información. Los alumnos tienen al alcance de la mano más datos de los que cualquier profesor puede tener en sus presentaciones o, por supuesto, en la memoria. Si el docente se empeña en aportar más y más datos entrará en una competencia inútil y seguramente con actitudes como la arrogancia, la falta de atención o la indiferencia ante meros argumentos de autoridad. La tarea, por lo tanto, está en tener la capacidad de generar un vacío en el aula. Hacer un silencio de información para mostrar lo que Internet no puede: la capacidad de juicio, el saber práctico que permite discriminar entre lo verdaderamente valioso y lo secundario. Mostrar lo que el alumno no sabe (que no tiene que ver con datos) para que entonces pueda ver lo mucho que tiene por aprender y emprenda el camino del cuidado de sí, es decir, del ejercicio del buen juicio y el coraje de la virtud.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

5 comentarios

  1. Antonio Ibañez Gallego   •  

    Fantástico artículo. Ciertamente es imprescindible recordar las 4 virtudes cardinales: Prudencia, Valentía, Moderación y Justicia. Y como no, el viejo Sócrates viene a recordarnos que no sabemos nada, en la era de la información. Ya que el ser humano
    Se encuentra ante dilemas morales atemporales.

    • Carlos Girón   •  

      Muchas gracias por tu comentario Antonio. Los dilemas morales, en efecto, poco entienden del tiempo y se presentan hoy como lo hacían ayer. Con sus matices, sin duda, pero esencialmente no cambian mucho. Por eso figuras como Sócrates pueden hablarnos y guiarnos todavía si sabemos prestarles un poco de atención. ¡Saludos!

  2. #Jerby   •  

    El aula y la vida se tienen que llenar de información y relación.

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón. La información parece que llega aunque no la inviten, al menos en estos días. Por eso me gustaría hacer énfasis en la relación (sin por ello olvidar el otro elemento) que nos lleva a hacer un ejercicio del buen juicio. Sin diálogo, sin relación, sin un poco de vacío es más complicado darse cuenta del camino que hace falta recorrer, de lo que no se sabe… que ya es mucho saber. ¡Abrazo roedor!

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