Velázquez y el juego de la mirada, a propósito de “Las Meninas” I

Sin duda la obra más conocida de Velázquez

La visión del mundo es, en su sentido más literal, una proyección constante hacia el frente. Panorama que carga permanentemente con la sombra de un atrás cuya idea sólo puede ser elaborada a partir del recuerdo, la conjetura, la sospecha o la imaginación. De nada sirve volverse, pues el atrás deviene frente y el frente es ahora atrás, recuerdo que pone en suspenso lo que estaba ante los ojos y ahora es ante mi memoria. El paradigma visual dominante, entonces, tiene un límite intrínseco inmortalizado por Velázquez en Las Meninas: el ojo retrata siempre lo que está ante él y el atrás no se hace presente sino a través del artilugio del espejo.

Un cuadro lleno de elementos para la interpretaciónEn esta obra el pintor parece mirarnos, contemplar lo que en el cuadro está, al menos a primera vista, ausente. Ya Michel Foucault resaltaba cómo esta falta permite un infinito cambio de modelo: Velázquez parece pintar cada vez a alguien distinto, a cualquiera que cruce su mirada con el autorretrato que se apresta a pasar el pincel sobe un lienzo cuya cara nos está oculta. El pintor sevillano es en este cuadro la representación perfecta del ojo del que nos habla Merleau-Ponty en su texto El ojo y el espíritu: «el ojo es eso que se ha conmovido por cierto impacto del mundo y lo restituye a lo visible por los trazos de la mano». Ante esta conmoción del ojo del pintor acontece que somos protagonistas de una escena en la que la falta nos involucra, nos llama irremediablemente.

Al menos esto es así hasta que se nos hace evidente la peculiaridad del objeto en el fondo de la escena, un cuadro notablemente más luminoso. Pero antes de ello la mirada del pintor –del representado en el cuadro– nos atrapa, nos observa como el “impacto del mundo” que somos ante su ojo (¡nuestro cuerpo no es sino “impacto del mundo” presto a ser restituido a lo visible!), nos observa y escudriña invitando a imaginar lo que plasmará de nosotros en el lienzo que nos resulta completamente invisible. Así, nos dice Foucault, el espectador «ve que su invisibilidad se vuelve visible para el pintor y es traspuesta a una imagen definitivamente invisible para él mismo». (Foucault, Las palabras y las cosas)

Quedémonos con esta nuestra invisibilidad que aparece siempre ante la mirada del otro. Sentirse por un momento el modelo del pintor pone de relieve el hecho de que en ese instante nosotros mismos representamos un papel ante el cuadro, es decir, no sólo contemplamos la representación que se nos ofrece, sino que nos vemos envueltos por ella hasta el grado de inmovilizarnos un poco adoptando la pose deseada para ser transferida a la tela invisible. En este sentido, hablamos de nuestra invisibilidad porque en este juego no podemos estar presentes en el cuadro, es decir, el retrato y el retratado resultan incompatibles, no pueden coexistir en el mismo marco: ¡fantástica paradoja del pintor! Con su autorretrato, esto es, haciendo visible su propia invisibilidad, Velázquez hace evidente la peculiar dinámica de la mirada que sólo está cuando no está, que es en la ausencia. Lo cual se sostiene, claro está, siempre y cuando se acepte que la mirada y el que mira sean dos y no uno y el mismo.

En “Las Meninas” Velázquez hace visible su propia invisibilidad. Es el juego de la mirada. - tuitéalo    

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Pero siguiendo en esta línea, por lo pronto, puede decirse que este cambio constante de modelo del que hablamos se da porque lo único que puede haber “realmente” delante de Velázquez es un espejo que le permita el autorretrato acompañado de una escena que no es sino montaje que invita al espectador (objeto al mismo tiempo del pintor representado como espectador) a posar, a ser parte del juego, a representar él mismo un papel. En esta infinita variación del modelo, lo que se vuelve patente es que Velázquez ha inmortalizado su propia mirada, esa que nos aprisiona, nos atrapa dejando en claro que somos invisibles siempre a nosotros mismos, pero no a la mirada del otro. Aunque al mismo tiempo rompe con esta imposibilidad en la medida en que Las Meninas no es sino la mirada del pintor mostrándose a sí mismo mirándonos y dejando en el aire la pregunta por la distancia entre el pintor representado y el pintor representando, entre las palabras y las cosas, entre el yo que piensa y el yo que existe.

Ahora bien, decíamos que todo lo anterior se sostenía en la medida en que pasaba desapercibido el pequeño rectángulo luminoso del fondo de la escena: el espejo con el reflejo de los verdaderos retratados, a saber, el rey Felipe IV y su esposa Mariana. Pero si el rey y su esposa quieren verse (conocerse) realmente –al menos el aspecto del cuerpo que acompaña su mirada– no necesitan un retrato, sino un espejo. El retrato es la mirada del pintor representado y Las Meninas, decíamos, no es el autorretrato de Velázquez, sino la mirada de éste –jugando a ser la mirada de Felipe o de Mariana– hecha cuadro, inmortalizada. Y es que si mi propio cuerpo es “impacto de mundo”, el único verdadero retrato es el que le experimenta, es decir, la mirada de otro distinto o distante de ese impacto que es mi cuerpo. El pintor, entonces, da cuenta de sí mismo y con ello nos dice que ser visto es siempre ser visto por otro. Punto en que de nuevo nos asalta ese momento donde la propia mirada es la que se encuentra a nuestra imagen, ese en el que el otro y yo, frente y atrás, se encuentran haciendo posible la alienación del yo. Pero esto lo tendremos que desarrollar la próxima semana.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

3 comentarios

  1. Iaura   •  

    Me recuerda un poco a BerkeIey y eI probIema de que si Ias estreIIas siguen existiendo cuando dejamos de contempIarIas o también eI comentario de Machado , eI ojo no es ojo por que Io ves sino porque te está viendo., Me impresiona más Io que nos ve que Io que veo,,.. Mis sentidos me pueden engañar, pero Io que tiene “consciencia” de mí me pone Ios peIos de punta, me inquieta eI panóptico de FaucauIt y otras cosas,..,.,

    • Carlos Girón   •  

      ¡Saludos Laura! Muchas gracias por tu comentario. En efecto algo hay del problema del empirismo, aunque lo que más me interesa resaltar es el papel de la mirada en la construcción de una identidad. En la misma línea de lo que comentas, lo interesante es cuando ese que te ve eres tú mismo ante el espejo. Yo y otro son entonces lo mismo, es decir, que ese rostro que normalmente no vemos sino que imaginamos se enfrente a sí mismo ante el espejo. Esa mirada es fundamental y Velázquez juega con ella en el cuadro. Espero que la segunda parte deje un poco más claro este asunto. ¡Gracias por pasar por este rincón!

  2. Pingback: Velázquez y el juego de la mirada, segunda parte

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