De la singularidad escondida en lo evidente

El anonimato en público es la constante

Salgo a pasear, la calle está repleta de gente con lenguas de lo más variado. Ahí van los de ojos rasgados que parecen intimidarse al primer cruce de miradas. Pero son también los más agradecidos cuando, por casualidad, encuentras la manera de indicarles el camino. Una, dos, tres reverencias mientras articulan un gracias y esbozan una sonrisa.

De pronto me topo con una pareja de cabello rubio y ojos azules. Caminan con seguridad, la cabeza siempre levantada. Un cierto aire de dominio acompaña sus pasos. Sus preguntas son concretas y de inmediato asumen que compartes su idioma. Los americanos agradecen la información de esa manera cordial que no alcanza a tener una temperatura corporal. El agradecimiento es una formula, una convención más que engrandece al que la sigue sin que ello termine en un vínculo con ese otro del que se olvida el rostro a los pocos pasos.

El rostro es un libro singular que por evidente pasa desapercibido. - tuitéalo    

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Al final de eso está llena la calle: de rostros. Y quien dice rostro dice historia, exactamente igual que esas de los libros. Sí, el rostro y el libro comparten destinos: cuentan historias que pasan desapercibidas para la mayoría de quienes pasean por el mundo. Georg Christoph Lichtenberg, el alemán que se atrevió a ningunear a Goethe, dijo: “En la Tierra no hay superficie más interesante que el rostro humano”. Islas como podría pensar Sloterdijk, parte visible de una esfera singular y propia que se abre a través de sus manifestaciones, de su hacer.

No deja de ser irónico que esta interesantísima superficie sea siempre visible (con excepciones de índole cultural y marca religiosa), salvo cuando se trata de la propia. Nuestro propio rostro es para nosotros mismos un efecto de memoria, nada más que un recuerdo materializado por el espejo, la foto o el video. Pasar demasiado tiempo frente al propio rostro puede ser incómodo hasta para uno mismo, nos descubre como otros, como esa materia que somos además de la subjetividad que solemos confundir con el alcance de la mirada. Encontrar el gusto en la autocontemplación es censurado con las etiquetas de vanidad y narcisismo.

Nuestro propio rostro es para nosotros mismos un efecto de memoria, nada más que un recuerdo. - tuitéalo    

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¿Qué haces frente al espejo? Descubro los entresijos de mi propio laberinto, busco la letra pequeña de mi propia historia. Pero es mucho más sencillo encontrarse con el rostro del otro, leer en él las horas llenas de risa, llanto, regocijo y hastío. Para Lichtenberg no hay como el rostro para dar un vistazo al alma. Llevamos, por tanto, el alma por delante. Es una coqueta que sonríe al extraño, una indiscreta que llora frente a todos, una impresentable que va revelando a todos lo más íntimo de nosotros. Aunque quizá sea también la más lista, la más perceptiva. Mientras la señora razón nos roba la atención con los pensamientos, el alma, que es más que puro raciocinio, se entretiene haciendo guiños a extraños, a otros rostros que algo de gracioso o inquietante le cuentan. Quizá ella sabe, conjuntando gusto y sapiencia como sólo puede saber el alma, que la atención nunca se centra en lo evidente, que la ceguera no es nada más la incapacidad de ver, sino también el olvido de la mirada atenta y auténticamente entregada al otro.

Ahí van las historias, perdidas como botellas en los mares de rostros de las calles. Aunque siempre con la peculiaridad de que el rostro más fantasioso, el que es producto de una continua ensoñación por no tener un referente real constante, es el nuestro. Puede que por ese motivo nos sea tan difícil atender al rostro del otro, que sea por ello que preferimos imaginar, inventar, escribir sobre el papel impreso en lugar de prestar atención a lo que tenemos ya de frente. Habría que pugnar entonces por una ética de la atención, por un comportamiento que tienda hacia el otro sin determinarle desde la propia fantasía o desde el propio contexto. Se trataría, por tanto, de realizar un esfuerzo por encontrarle sentido a ese recinto de nuestra propia singularidad expuesto al mundo y, precisamente por ello, sitio que es ignorado por otros y siempre fantaseado por nosotros. Damos de nuevo la palabra a Lichtenberg:

El alma es casi imperceptible si no se distinguen los rasgos faciales en que se asienta. Se podría decir que los rostros de una enorme asamblea son una historia del alma humana escrita con caracteres chinos. […] Mientras más detenida es la observación de los rostros, más y más aspectos individuales se distinguen en las caras consideradas “insignificantes”.

Transformar lo insignificante en la claridad encarnada. Hacer de los surcos y marcas –o de su ausencia– las líneas que dan cuenta del camino recorrido. Ser conscientes, por tanto, de las propias líneas, de lo que dicen de nosotros. Verse a la cara unos y otros, y también uno mismo, sabiendo que no hay nada que esconder para quien asume la vida con los ojos del hermeneuta de almas. Algo que nos dice que la singularidad, eso que nos hace realmente distintos, no es una propiedad tan intangible como se cree. Está en la piel, está en ese yo invisible que somos para nosotros mismos, pero con el que el otro se hace patente en cada cruce, en cada paseo por la calle. La tarea es la de hacer pausas en la vida ajetreada y mirar con atención el rostro de quien nos habla para escuchar de verdad lo que dice y un poco más. Una ética, en suma, que incluya al cuerpo sin obviarlo, sin dejarlo pasar como lo evidente.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

3 comentarios

  1. Josefa Jurado Aragon   •  

    Sobre la singularidad escondida en lo evidente me gustaría plantear algunas cuestiones ¿Desde qué criterio efectuamos la lectura del rostro? ¿El lenguaje puede traducir el rostro? ¿Por qué limitar la lectura al rostro? Gracias por el artículo, muy interesante.

    • Carlos Girón   •  

      ¡Saludos Josefa! Muchas gracias por tu comentario e interesantes preguntas. Si entiendo bien el sentido en el que las planteas creo que podría decirse lo siguiente: El criterio está ineludiblemente en el intérprete o lector y aquí destacaría dos elementos, a saber, el conjunto de variables culturales propias de quien lee y un elemento de corte heideggeriano que nos diría que el lector está siempre en una disposición afectiva que determina o modula su lectura. Esto por dar una primera pauta de aproximación a una respuesta. Con respecto a la segunda pregunta habría que decir que sí. Asumo que al preguntar por el lenguaje te refieres al que entendemos por verbal/escrito, es decir, este en el que nos estamos comunicando ahora. Es posible hacerlo, aunque se trata siempre de una traducción y no de “La” traducción, es decir, es muy probable que la traducción no agote lo traducido o, si se quiere decir de otro modo, que resulte insuficiente. Finalmente, el rostro ha sido un punto de partida por su “evidencia”, pero claro que esto puede continuar y hacerse extensivo a otras partes del cuerpo. Seguiré explorando el tema e intentaré profundizar en las preguntas que planteas en otra entrada del blog. ¡Muchas gracias de nuevo!

  2. Pingback: Un diálogo imposible de aforismo a aforismo

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