Símbolo y analogía: unas palabras de Yeats sobre el arte

Yeats nos ofrece una perspectiva sobre el símbolo y la analogía

Al atender al movimiento artístico denominado como Simbolista parece inevitable detenerse a pensar en el concepto que le da nombre: símbolo. Un concepto que además no es exclusivo de este movimiento, sino que se ve irremediablemente ligado al arte en general. No obstante, el símbolo no resulta presa fácil para las redes conceptuales del pensamiento, por lo que la estrategia de la comparación con algún elemento similar o cercano puede resultar de gran ayuda en la tarea. En este sentido, el poeta irlandés, William Butler Yeats, nos brinda algunas líneas interesantes para fomentar la reflexión e intentar aclarar así el papel de este elemento en toda manifestación artística.

Dicho punto de apoyo para la comparación es la analogía. De esta manera, en la relación entre ambos conceptos Yeats nos dice que el símbolo “le daba voz a las cosas mudas y cuerpo a las cosas sin forma; mientras que la otra daba un significado –al que nunca le había faltado voz o cuerpo– a algo visto u oído, apreciado menos por su significado que por sí mismo”. De lo que se trata, entonces, es de una distancia en términos del objeto, es decir, el símbolo es voz y cuerpo de algo que encontrándose sin tales elementos busca la manera de expresarse. La analogía, por su parte, juega con lo ya dado, con lo que teniendo ya una voz y un cuerpo busca resignificarse o ser dicho de otra manera. En otras palabras, el símbolo trae a presencia mientras que la analogía se recrea en lo ya presente. - tuitéalo    

El valor del símbolo en el arte

Desde esta perspectiva puede entenderse que un arte que se quede en la mera analogía no sea tan valorado como uno que alcance el estatuto de lo simbólico. Podría pensarse, incluso, en un imperativo simbólico (de clara inspiración platónica) para el arte: has de traer a presencia todo aquello que, careciendo de voz y cuerpo, clama por ello. Pero, ¿qué es aquello que, aunque carece de voz, clama por ella? ¿Cuál es este objeto al que el símbolo da voz y cuerpo? Sin duda que para responder a estas preguntas no puede iniciarse la búsqueda en las cosas de este mundo. No es haciendo un catálogo o inventario como daremos con el objeto que clama sin voz ni cuerpo. En otras palabras, no es en el juego analógico, en el imperio del es como… donde destella este objeto enigmático. Busquemos en el arte, en su historia, pero recordando que el arte no es recreativo, no es mera historia:

Todo arte que no es mero relato de una historia, o un simple retrato, es simbólico y tiene la misma intención que aquellos talismanes simbólicos que hacían los magos medievales con colores y formas complejas, ordenando a sus pacientes que meditaran cada día sobre ellos, teniéndolos delante y luego guardándolos con sagrado secreto; porque lleva consigo en colores y formas complejas una parte de la Esencia Divina.

El primer esbozo de respuesta no podría presentarse de manera más enigmática y misteriosa. Lo que tenemos ante nosotros en un arte genuinamente simbólico es una especie de talismán que da voz y cuerpo a lo que ahora se denomina como “Esencia Divina”. Esta pista, no obstante, se encuentra en la línea de lo dicho anteriormente: la respuesta no está en las cosas de este mundo. El símbolo, por tanto, es más bien una suerte de engarce entre la dimensión divina y este mundo, es voz y cuerpo de algo que no pertenece a este orden pero que parece tener una voluntad de comunicación con él. Con esto se clarifica un poco lo relacionado con el objeto, aunque éste, claro está, permanecerá siempre en la sombra del misterio.

El misterioso objeto del arte

El objeto de “Esencia Divina” carece de cuerpo y de voz, por lo que nosotros, a su vez, carecemos de una representación previa del mismo. Es por esto que la analogía no puede hacer uso de su juego de resignificaciones para alcanzar a este objeto misterioso: no halla nada en el mundo que pueda recombinar o reconfigurar para dar cuenta de él. La analogía es impotente ante esta tarea. Pero entonces, como un niño fascinado frente a un mago, debemos preguntarle al símbolo: ¿cuál es el truco? ¿Qué es lo que opera en él que puede llevar a cabo esta inverosímil empresa?

El auténtico objeto del arte escapa al juego analógico del mundo. - tuitéalo    

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La magia no tiene otro nombre que el de evocación. En efecto, al carecer de representación previa del objeto, no queda sino remitirse a las emociones como única noción posible que explique el tipo de noticia que podemos tener de este misterioso objeto del símbolo: evocar para mirar dentro, intuir en la emoción provocada la presencia del objeto y atender a su clamor. Los símbolos, entonces, evocan emociones, sugieren que, además de las cosas, hay algo que reclama una voz, que pide un cuerpo.

El símbolo y la tarea del arte

Esta es la gran tarea y capacidad de lo simbólico: señalar, apuntar, sugerir, evocar la presencia de la “Esencia Divina” que escapa a nuestro proceder regularmente analógico. El arte simbólico, por tanto, no es sino ventana evocativa de lo que está más allá de este mundo de presencias en constante significación. Dicho de otra manera: la analogía recicla significados, el arte los crea y dota de sentido al mundo con ello.

La analogía recicla significados, el arte los crea y dota de sentido al mundo con ello. - tuitéalo    

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Ahora bien, Yeats habla de dos tipos de símbolos: los emocionales que sólo evocan precisamente emociones y los intelectuales que evocan tanto ideas como ideas entremezcladas con emociones. Lo determinante aquí es la capacidad evocativa, el poder de conmover para señalar hacia algo más que el objeto presente. De aquí la importancia que cobra el efecto para el arte y lo fundamental que resulta el encontrar la forma adecuada para lograr el mismo. Tal efecto es el de la elevación del alma que “se mueve entre símbolos y se manifiesta en símbolos cuando el trance, la locura o la meditación profunda le han privado de todo impulso que no sea el propio”. Los símbolos, así, hablan el lenguaje del alma, de aquella “Esencia Divina”. Son capaces de evocar emociones cuya fuente se encuentra más allá del mundo y sus cosas. Yeats, en la línea simbolista, piensa que este lenguaje es canto, es decir, tiene forma musical. El arte es canto de “Esencia Divina” evocando en las almas emociones y formando con ellas comunidades de contemplación: religación.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby   •  

    En cierto modo, la analogía va dirigida a la razón y el símbolo al corazón.

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón, esa definición me parece que la firmarían los simbolistas sin problemas. Aunque más de alguno podría acotar que es válida siempre y cuando tengamos en cuenta que las tinieblas también tienen corazón. ¡Abrazo roedor!

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