“Shine”, la música que brilla en la adversidad

La historia del pianista David Helfgott

Uno de los actores que más disfruto en la pantalla grande es Geoffrey Rush. Su versatilidad para pasar de ser un villano a un cómico es realmente notable. Recuerdo perfectamente cuándo fue la primera vez que aprecié su trabajo de manera completa, los detalles y matices que ponía en el personaje, así como la capacidad de dar la nota justa de acuerdo a lo requerido por la historia. Fue en 1996 con la película que significó un salto completo en su carrera: Shine. Contar la historia del pianista autraliano David Helfgot le valió a Rush todos los premios imaginables como reconocimiento a su extraordinario trabajo. Sin duda resultado de la unión de dos tipos de genio en una misma obra.

Un niño con talento para la música es criado por un padre severo, lleno de remordimiento hacia el mundo y la vida. Cuenta una y otra vez la historia de cómo tuvo que ahorrar para comprarse un violín que, a pesar de los esfuerzos, terminó siendo destruido por su padre. Eres un chico afortunado David, dilo, eres un chico afortunado. Muletilla que justifica una idea en su cabeza: permitirle a su hijo dedicarse a la música es un privilegio que no todos pueden tener. Una manera de compensar sus propios sueños rotos. Pero no por eso se escapa al afán de control y a una posición completamente cerrada que se afirma como cabeza de familia y se rehusa a soltar las riendas. Es él el que sabe lo que es mejor para David porque nadie lo querrá tanto. Permitirle la música tiene un precio: su vida entera. - tuitéalo    

La vecindad del genio y la locura

Parece una regla general: quien tiene un talento desmesurado pierde la cordura. El talento puede más que el cuerpo, la pasión no puede ser contenida por una cabeza acostumbrada a sumar dos más dos. Mucho tendrá que ver la presión a la que se somete al individuo: hay que ganar, hay que ganar, de lo contrario papá estará enojado. El talento se pone al servicio de un tirano amoroso. - tuitéalo     De esos a los que hay que vencer en su propio terreno. Si es oro lo que quieren, inundar sus palacios con él hasta que la avaricia le consuma. Si es amor incondicional y perenne tributo, hay que romper las cuerdas del instrumento con Rachmaninov para que con ellas quede atrás el maleficio. Pero todo tiene un costo. El desgaste de la carrera es muy alto y la explosión de talento se lleva también al propio artista. Una práctica constante, día y noche moviendo los dedos al ritmo del Concerto No.3 mientras en la cabeza gira sin parar la idea de que la excelencia es el pasaporte que permite el regreso al hogar.

El genio y la locura son una pareja que solemos encontrar tomándose la mano. - tuitéalo    

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No queda muy claro si es la posesión musical o la pérdida del propósito, pero David, el de carne y hueso, se desvanece mientras sus dedos dan forma a un formidable acto de prestidigitación. Queda entonces la música, la ejecución precisa y apasionada que no requiere ya de las partituras. La melodía está ya tatuada en las manos del pianista robándoselas, haciéndolas bailar sobre esa pista bicolor que es ahora el único lugar donde el sujeto puede hilar sus ideas. Fuera de ese espacio el discurso es azaroso, precipitado, repetitivo. Se ha entregado la vida a la música y sólo a través de ella puede hablarse con claridad, es el único vínculo con un mundo que no sabe qué hacer cuando atestigua el desbordamiento de la normalidad. A eso le llamamos locura y le condenamos al aislamiento, cuando lo que necesita un sujeto que se ha desmoronado es justo lo contrario.

La compasión de las estrellas

Es el talento mismo el que se va abriendo camino para sacar a David de su prisión. De esa impuesta por los demás, porque el matrimonio con el arte es indisoluble, el encierro interno en donde sólo se escucha lo que las musas dictan es ya irrevocable. Pero algo llega de ese susurro musical, algo se escapa hasta las manos inquietas del protagonista. Es así que alguien reconoce al que cautivó con su interpretación, al gran pianista que se derrumbó ante la ola de aplausos por su gran victoria. Primer atisbo de compasión que se topa con el problema de la paciencia. David es un niño, pero también es un hombre. Necesita cariño en todas sus dimensiones, requiere, en suma, ser tratado como una persona a pesar de estar perdido dentro de la tormenta de notas que cae en su interior.

Acontece entonces el encuentro definitivo: un piano y un público. El talento vuelve a dar señales de vida, le permite conectar de nuevo con el mundo a pesar de las limitaciones evidentes. Una auténtica sorpresa la música en ebullición dentro de un extraño y desorientado personaje. - tuitéalo     Es así como se le reconoce y se le recuerda, que es lo mismo que restituirle el sitio que había dejado libre en el conjunto social. Tiene problemas, pero es un gran pianista. Está un poco chiflado, pero deberías escucharlo tocar. Bien decía Hölderlin que en el peligro está lo que salva. La entrega a la música le sume en un abismo y es también la escalera que le permite volver a asomar la cabeza. Al hacerlo se da el temido encuentro en una magistral escena por parte de ambos actores: la felicidad se desploma, David vuelve a hacer un niño temeroso ante la presencia de su padre en la puerta. El viejo sigue repitiendo las mismas historias, su hábitos están demasiado arraigados como para darse el lujo de cambiarlos. Por eso el encuentro tiene que ser una despedida.

La entrega la música condena al artista, pero también le salva. - tuitéalo    

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Después de eso el ciclo se cierra. El adiós hace posible una bienvenida a la esperanza, al cambio que no es sino forjarse un camino propio. Es necesario consultar con las estrellas, esas que los pitagóricos pensaban como esferas musicales, para que David tenga la oportunidad de cumplir otro rito de aceptación en el entramado social. Pero la verdadera reconciliación está en el escenario, ahí donde una vez perdió la batalla. La conmovedora escena final muestra justamente eso. El artista vuelve a su hogar, regresa para reclamar el alimento del aplauso que le arranca unas lágrimas genuinas. Él se divierte con el piano, habla con él, mientras que el público agradece de pie esa perfecta mezcla entre lo lúdico y lo bello. Un cierre fantástico para una película de interpretaciones brillantes: la de Rush como David y la de David como vehículo de las musas. No puedes perderte la oportunidad de disfrutar este espectáculo o, si ya la viste, de recordarlo.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. Bolboreta Papallona   •  

    Esta mariposa no alcanzará el dominio de ninguna técnica ni de ningún arte, porque prefiere ir de flor en flor, tomar néctar de aquí, llevar polen por allá… un poco de todo y un mucho de nada…

    • Carlos Girón   •  

      Esa técnica del vuelo constante, del salto que florece, es una de tus mayores virtudes querida mariposa. Si los pitagóricos podían escuchar la música de los astros, ¿por qué no podemos nosotros escucharla en el vuelo inquieto de una mariposa? Como dice la canción: tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir. ¡Abrazo lepidóptero!

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