Semiótica de la cultura: más allá de la naturaleza

Pensamos la relación entre cultura y naturaleza desde la semiótica de la cultura

Una segunda etapa en esa reflexión sobre la semiótica de la cultura. El texto es su propio textor y, por ende, el texto es el que es. Esta afirmación de referencia bíblica no apunta a una especie de “monoteísmo semiótico” en el que el texto se erija como único señor. El texto configura un espacio semiótico limitado y fuera de él encontramos espacios alosemióticos. No obstante, estos espacios no son sino otros espacios semióticos, otros espacios con-texto independiente que han de encontrarse y generar dinámicas de traducción o intercambio de códigos entre ellos. De esta manera, si pensamos en términos teológicos, Lotman sería una especie de politeísta semiótico.

En el Olimpo lotmaniano tenemos una pluralidad de textos que conviven de manera no siempre armoniosa entre sí. Esta pluralidad explica la diversidad de culturas, la diversidad de códigos enfrentándose en diálogo constante. Así, tenemos una pluralidad de culturas y no una Cultura madre. Aunque esto no deja de ser una petición de principio en la medida en que no se da cuenta de cómo se ha llegado a ese “estado cultural”, esto es, en la medida en que lo cultural no es cuestionado en su origen sino asumido como una realidad dada y examinada en su funcionamiento interno.

Cultura y naturaleza

Una perspectiva usual en este problema con respecto al origen de la cultura está en la separación de ésta con respecto a la naturaleza. Mientras la primera es identificada con el orden de la libertad, la imaginación y la capacidad simbólica, la segunda es el ámbito de la necesidad, la realidad y la relación unívoca entre la cosa y su significado, esto es, la imposibilidad de significar más allá de lo que se es: las cosas no tienen palabra. Pero, ¿qué puede decir con respecto a esta distinción una perspectiva como la de la semiótica de la cultura que derivamos de los planteamientos de Lotman?

Tradicionalmente la cultura es el ámbito de la libertad que no se da en la necesidad de lo natural. - tuitéalo    

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Para desarrollar este punto acudamos al texto de Erwin Panofsky “Los antecedentes ideológicos del Rolls-Royce” que inicia con un interesante recuento sobre el arte de la jardinería en Inglaterra. Justamente, la jardinería se presta a la reflexión en tanto que el jardinero, como el pintor, el músico o el poeta, tiene una materia prima para su trabajo que, en su caso, es directamente la naturaleza. Panofsky nos dice:

El estilo «formal» de jardinería, que alcanzó su climax en el Versalles de Le Nôtre, había impuesto orgullosamente a la infinita e irregular naturaleza la limitación y el orden de un pequeño universo concebido por el hombre –un universo recortado de (y desde) los grandes espacios y organizado racionalmente en un modelo geométrico de avenidas, más adecuadas para el avance majestuoso de los carruajes y las cabriolas de los jinetes que para paseos solitarios–: parterres diseñados según la moda de las alfombras orientales, árboles y setos podados en formas estereométricas, «laberintos» que plantean esmerados problemas a la topología, y masas de agua disciplinadas en los contornos regulares de estanques y canales.

La jardinería nos muestra, entonces, una interesante perspectiva de la relación entre cultura y naturaleza, a saber, la configuración de un espacio significativo, es decir, un acto de texo que consiste en entrelazar los elementos naturales desde códigos estéticos, matemáticos e hidráulicos para poner límites a un gran espacio ilimitado de suyo: el espacio natural. Esto posibilita dos preguntas: si la jardinería es un arte que impone límites a lo natural, ¿es entonces la naturaleza libre y la cultura limitada? Y, ¿es la naturaleza mera materia prima e inerte que se deja manipular al libre arbitrio del jardinero?

Semíotica de la cultura: diálogo con la naturaleza

Una serie de planteamientos estéticos se juegan detrás de estas preguntas. En primer término, tenemos un problema que contradice la concepción planteada en un inicio en torno a la diferencia entre el ámbito de la libertad de la cultura y el de la necesidad de la naturaleza. En efecto, la descripción de Panofsky nos hace pensar en que es la naturaleza la que se extiende libremente y es el jardinero, desde un determinado con-texto cultural, el que impone límites dando luz, así, a un nuevo espacio.

El diálogo con la naturaleza es la puerta de a la creación.  - tuitéalo    

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Pero la segunda pregunta nos brinda una perspectiva diferente, pues la materia prima del jardinero tiene ya dentro de sí ciertos límites, es decir, el jardinero no puede hacer lo que le plazca, dicho llanamente. Efectivamente, los códigos matemáticos que posibilitan la configuración de «laberintos» deben dialogar con las posibilidades de éste o aquel tipo de árbol o arbusto para dar pie a un nuevo espacio. En pocas palabras, las formas y posibilidades inherentes a la materia prima constituyen elementos de diálogo con los que el jardinero debe trabajar para tejer –para crear y realizar texo– un nuevo espacio.

La naturaleza no es ni más ni menos libre que la cultura, la naturaleza tiene sus propios códigos y su propio sentido, y, en tanto tal, representa un espacio semiótico dialogante con respecto a otros espacios semióticos. De esta manera, podemos ver que la pregunta por el origen de la cultura que se busca responder por la vía de la distinción del ámbito natural no es tan sencilla como parece. El texto natural es uno al cual nos enfrentamos constantemente y el cual, de vez en vez, nos interpela da manera dura.

El vestido de la naturaleza

Ahora bien, este aspecto revelado por una lectura de la jardinería desde la semiótica de la cultura puede ser cuestionado de la siguiente manera: ¿no es la concepción de texto de Lotman una manera de decir que todo es cultura y, por ende, “culturizar” la naturaleza, es decir, ver a la naturaleza desde los ojos de la cultura? Esta pregunta tiene un par de elementos que deben desarrollarse, a saber, la problemática de la mirada que aquí, por razones de espacio, no podremos abordar, y la posición desde la cual se intenta abordar o dialogar con el espacio natural.

Al pensar la naturaleza hay que saber que la miramos siempre desde la cultura. - tuitéalo    

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Esta segunda cuestión puede ser entendida desde una perspectiva estética. Por ejemplo, asumir la definición kantiana de lo sublime como “lo que es absolutamente grande” y la interpretación romántica de esta idea kantiana, nos llevaría a admirar la fuerza interna y magnánima de la naturaleza, admirar el azar y repudiar la con-textualización de la naturaleza, es decir, la relación inter-textual entre la cultura y la naturaleza. Mientras que una perspectiva de corte clásico no disfrutaría tanto del azar del jardín natural como de la «naturaleza favorecida por el vestido», de acuerdo a la feliz expresión de Sir Joshua Reynolds. Ante esto nos dice Panofsky:

No obstante, aun cuando sea «favorecida por el vestido», la naturaleza sigue siendo naturaleza. El nuevo jardín inglés con sus céspedes ondulados, sus grupos de árboles, estanques y arroyos, en apariencia casuales aunque artísticamente dispuestos, y sus sinuosos senderos (Kent acuño el axioma de que la naturaleza aborrece las líneas rectas) mantiene y acentúa precisamente aquellos valores «naturales» que el jardín formal quería suprimir: las cualidades de variedad pintoresca, sorpresa, y aparente infinitud […] y, en consecuencia, el poder de apelar a las emociones en lugar de agradar al sentido del orden racional y objetivo.

Sentimiento u orden, razón o emoción, estas elecciones determinan la posición desde la cual se dialoga con lo natural. La constante es que se le considera un campo autónomo, un espacio con su propio texto que en el diálogo con otros se traduce en una variedad de emociones o en la sola idea de belleza. La jardinería es sólo uno de los ejemplos de este diálogo entre textos que Panofsky refleja de manera extraordinaria en su ensayo.

Para concluir

Resumiendo: 1) La pregunta por el origen de la cultura abordada desde una perspectiva de la semiótica de la cultura nos lleva a considerarla como una diversidad de espacios textuales que dialogan entre ellos; 2) Uno de esos textos es el de la naturaleza, que es reconocido como un espacio autónomo con sus propios códigos; 3) El que se piense de esta manera el espacio natural no implica necesariamente “culturizar” dicho espacio, sino que, como hemos dicho, se respeta su autonomía y lo que de ella pueda decirse depende del código al cual se realiza la traducción. Todavía hay muchos hilos por seguir en este discurso, pero habrá que tener paciencia para abordarlos y seguir reflexionado desde una perspectiva como esta que, sin duda, permite abrir interesantes campos de diálogo.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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