La renuncia a la diferencia y la justicia

No es lo mismo la equidad que la igualdad

El individuo ha tenido un papel central por demasiado tiempo. Si bien esta centralidad puede rastrearse tan atrás como el surgimiento de la idea de un alma individual que ha de encontrar su propia salvación, la forma del individualismo que más nos toca es la que se desarrolla a partir del entronque de estas nociones con la industrialización. El capitalismo, de hecho, tiene en el individuo su célula casi sagrada. Cualquier cosa que tenga un ligero aroma a crítica de este preciado punto de partida se toma como un ataque a la libertad y a todos los valores que se vinculan con él.

La palabra individuo, por otra parte, nos indica esa unidad que resulta precisamente indivisible. Cuando algo no puede reducirse más, cuando se llega a su expresión esencial de manera que restarle un elemento resulta en su desaparición, entonces nos topamos con el individuo. De aquí que valga la pena pensar que tal condición nada dice ni asegura con respecto a la singularidad, es decir, que la condición de individuos nos es común, es la base para la construcción de una unidad, de un uno irrepetible. La renuncia a la diferencia nos lleva de vuelta a ese fundamento que es el individuo, la expresión mínima de algo que pierde sus rasgos singulares. De aquí quiero derivar dos preguntas: ¿Cómo sabemos cuando hemos llegado a esa unidad indivisible? ¿Cuándo es viable la renuncia a la diferencia?

Renuncia a la diferencia y justicia

Hemos topado con una interesante paradoja: lo que nos lleva a la unidad indivisible es también un acceso a una cierta comunidad. Lo esencial del individuo, en efecto, es un conjunto de elementos que son compartidos y que, por tanto, generan un fondo común que debe ser protegido y garantizado. Lo individual, pues, no es una masa pero tiene en sí lo que caracteriza en general a un conjunto de individualidades. Es un elemento que nos iguala a todos sin por ello perder nuestra condición de uno. Esto se da porque la unidad es pensada no como contrario a lo compuesto, sino en contraposición a lo divisible. El individuo, en efecto, es una amalgama que no puede dejar de serlo, un conjunto indivisible y no una esfera aislada y monocromática, por decirlo de alguna manera.

El individuo es una unidad indivisible, no una unidad monocromática. - tuitéalo    

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Pero, ¿cómo es que determinamos los elementos que componen esta unidad indivisible? ¿Cómo sabemos que estamos en efecto ante un individuo? La composición debe ser justa, es decir, respetar una proporción donde nada de lo indispensable falte. El problema está en acordar qué es lo que realmente merece la etiqueta de indispensable. - tuitéalo     Alain, filósofo francés, afirmaba la inexistencia de la justicia que, de hecho, “pertenece al orden de las cosas que precisamente hay que hacer porque no existen”. Establecer el compuesto mínimo y esencial que defina al individuo, por tanto, implica un ejercicio, una acción que concrete la justicia. Esto es imposible si de entrada se renuncia a la diferencia, pues es claro que distinguir lo accesorio de lo indispensable es ya un acto discriminador que allana el camino a la justicia.

Justicia y equidad

Para lograr la igualdad se supone una renuncia a la diferencia, pero aquella no se alcanza sin un primer paso por ésta. Cuando decimos que todos somos iguales ante la ley apelamos precisamente al reconocimiento de esta base mínima que nada sabe de las singularidad de carácter, condición social o económica. Los bienes materiales o una determinada predisposición de ánimo no son elementos esenciales de un individuo, no pueden formar parte de esa base común que nos iguala. Éstas son más bien accidentes o posibilidades que, en un contexto de justicia, deberían ser igualmente accesibles a todos. La cara jurídica de la justicia, la ley, es precisamente la que se encarga de resguardar este territorio común a través de enunciados que son ciegos a la diferencia para alcanzar la universalidad.

Todos somos iguales ante la ley, pero las diferencias pueden desenmascarar a una ley injusta. - tuitéalo    

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Pero la experiencia nos muestra con demasiada frecuencia que el enunciado universal, la ley, no siempre resiste la tentación de levantar un poco la venda para poder ver al juzgado. En otras palabras: cuando un enunciado es reconocido como ley es porque suponemos en él el elemento de justicia y nos sometemos a la imparcialidad que este valor supone, pero lo universal no siempre se lleva bien con lo particular y esto es algo que no puede desatenderse. Ya el mismo Aristóteles hablaba de la necesidad de la equidad como correctivo para un enunciado que ha encontrado en los casos particulares un excepción importante: “Tal es la naturaleza de lo equitativo: ser un correctivo de la ley, allí donde la ley deja de estatuir por su generalidad”, nos dice en la Ética a Nicómaco.

La perversidad detrás de la renuncia a la diferencia

La justicia, entonces, tiene que hacerse. No hay nada que nos sea dado por naturaleza, sino que el individuo está siempre comprendido en su contexto social donde justicia y equidad son dos rostros de una misma moneda. Pero ésta es una que se encuentra siempre en el aire, que no deja de ponerse en juego para garantizar la universalidad y la imparcialidad jurídica por un lado y, por otro, mantener el impulso moral ante las diferencias que se vuelven evidentes en el caso por caso, esas que llaman a ajustar el enunciado legal. No hay justicia eterna ni perfecta en este mundo, de ahí que el diálogo constante entre lo general y lo particular, el ajuste de las injusticias generadas por la humana imperfección, sea una muestra de buena salud en una sociedad.

Para restaurar la base común no puede aceptarse una renuncia irracional a la diferencia. - tuitéalo    

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La renuncia a la diferencia se da ante la flagrante injusticia, cuando el individuo se ve amenazado en la base común y esencial que le constituye. Es también en este momento donde aparece una amenaza perversa, a saber, la de introducir en lo esencial un accidente, un elemento contingente de manera que se construye una falsa universalidad. Poco a poco el discurso se irá convirtiendo en uno que pone precisamente en ese elemento el centro de todo hasta pretender reparar una injusticia (un falta a la igualdad) con otra injusticia. Se dirá que la reparación, si bien injusta, al menos será respaldada por una mayoría (una falsa universalidad), pero bien sabemos que la mayoría no garantiza bondad ni justicia. Sacrificar a un individuo porque la mayoría así lo decide no deja de ser un crimen masificado.

Es por eso que la justicia requiere siempre del faro de la razón que debe ser todavía más intenso cuando alguien pide que se renuncie a la diferencia. Reconstituir la base común, denunciar que la generalidad está asfixiando a la particularidad, es algo justo y necesario. Pero al hacerlo hay que saber que en la brújula coexisten la justicia con la equidad, lo universal con lo particular. El equilibrio entre estas fuerzas evitará quimeras que se hagan pasar por una unidad cuando en realidad enmascaran una perversa voluntad de imposición que nada tiene que ver con la igualdad y la justicia. Esta última, como ya vemos, supone siempre el debate, la tensión, la posibilidad de construir diferencias desde una base común. El debate es saludable, la renuncia a la diferencia que pone la fuerza de una falsa universalidad como argumento es síntoma de una grave enfermedad y puerta a las más grandes injusticias.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby   •  

    Dice la sabiduría popular: Quien hace la ley, hace la trampa.

    Por otra parte, en la era de Internet, ¿cuál es nuestra individualidad digital?

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón. La tarea del legislador es de verdad complicada. Atinar al equilibrio entre lo particular y lo universal no es para nada algo que pueda resolverse sin que el error se cuele en la ley. Lo que habría que hacer es cuidarse de que se trate de eso: un yerro humano y no una equivocación calculada.

      Por otro lado, la pregunta que haces contiene ya la respuesta: está en los dedos. No hay dos manos que escriban igual. Por eso, en una época que parece reproducir las máscaras sin control, la individualidad es como el demonio: está en los detalles. ¡Abrazo roedor!

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