De la silenciosa presencia de la muerte

La presencia de la muerte pone siempre en tensión al pensamiento

Podríamos culpar a la estación, sí, puede que esta presencia de la muerte sea culpa del otoño. Una época en cuyo nombre resuena la madurez del año, el momento en que el fruto se prepara para la despedida con promesa de retorno. La luz se esconde más temprano y el aroma del adiós está por todas partes. La tentación nietzscheana se dibuja en la boca y es imposible contener las palabras de su Zaratustra: “La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso“. El otoño ese ese bello remanente de luz que en su último y sublime aliento anuncia el final del día. - tuitéalo    

Patrick Harpur, en su libro La tradición oculta del alma, hace una de esas observaciones que no dejan de dar vueltas en la cabeza, que inquietan los sentidos poniéndote en alerta como si se esperara un acontecimiento detrás de su enunciación: “Tal como afirmaban los griego, la muerte no es lo opuesto a la vida, sino al nacimiento”. Siguiendo con la metáfora de las estaciones podríamos decir que lo contrario sería tanto como pensar que el otoño es el anuncio del fin del mundo, que la vida que ahora se despide no volverá a poner pie sobre esta tierra. Bien sabemos que en toda puesta de sol hay cierta incertidumbre porque la experiencia nos dice que a toda noche sigue un amanecer, pero la experiencia no es la ley del mundo, de manera que con el ocaso no podemos sino suponer que habrá de amanecer. ¿Sucede lo mismo con la muerte y el nacimiento?

La presencia de la muerte en el tiempo

La filosofía, en su faceta de protectora de lo evidente siempre tan injustamente ninguneado, enunciaba desde Platón que el lugar del muerte está en el cuerpo (Gorgias, 492e-493a). La muerte, esa bella dama, es una devoradora de carnes, un auténtico sarcófago que diluye lo que previamente había estado presente. Tránsito y ocaso, veíamos con Nietzsche, la mortalidad es el signo del movimiento, del trance o del avance de una forma de vida hacia su decadencia. La ecuación se despeja sola: un objeto en movimiento es la forma que tenemos de percibir el tiempo. Por eso pensamos en la muerte como el contrario de la vida, pero cabe siempre la pregunta: ¿el fin del movimiento es también el fin del tiempo?

El morir del otro da cuenta de la presencia de la muerte en el tiempo sin que por eso se detenga. - tuitéalo    

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Resulta evidente que vida, tiempo y muerte son conceptos demasiado amplios. Tenemos en ellos grandes sacos donde se coleccionan los casos particulares, pero sin caer en el error de tomarlos como algo accesorio: son estos casos los que nos dan la experiencia del concepto. El problema, como bien sabían las escuelas del periodo helenístico, es que la experiencia de la muerte es inenarrable. La única experiencia que tenemos es la de la ausencia del otro, de su morir como un fin de su temporalidad. Es el morir ajeno el que da cuenta de la presencia de la muerte en el tiempo. - tuitéalo     Para nosotros, como decía Epicuro en su Carta a Meneceo, la muerte “no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación”. El morir como caso particular pone fin al tiempo del otro, pero no al tiempo en general, ni a la vida.

Contra el dolor de la presencia de la muerte

Habrá quien como Jean-Luc Nancy piense lo siguiente: “No hay “la muerte” como una esencia a la que estuviésemos abocados: hay el cuerpo, el espaciamiento mortal del cuerpo, que inscribe que la existencia no tiene esencia (ni siquiera “la muerte”), sino que solamente ex-iste”. Pero ni siquiera aquí se puede hablar del fin de la vida, no es este un argumento en contra de aquella observación que nos pone en el horizonte el hecho de que el verdadero contrario de la muerte es el nacimiento y no la vida. Tenemos una idea contraria a una consecuencia que se puede intuir en lo que venimos diciendo: que si la muerte no es el fin del tiempo y de la vida hay entonces algo más después de ella. En incluso un poco más: que ese después es en realidad la verdadera vida.

La metafísica es el discurso que responde al dolor de la finitud. - tuitéalo    

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No enfrentamos a un problema de disociación entre planos que nos cuesta pensar por separado cuando se trata de nosotros mismos, a saber, el tiempo y el espacio. Si morir no es lo contrario a la vida y el cuerpo es el lugar de la muerte a la vez que nuestro más propio espacio, entonces el final de nuestro tiempo, el fin de nuestra sensación, tiene abierta la puerta a una continuidad en una vida personal. Estamos aquí frente a ideas con aroma de esperanza, estrellas que se fijan en el firmamento que está más allá del campo físico. Se trata, por tanto, de hablar de metafísica donde el espacio pierde gran parte de su fuerza y prevalece la eternidad como jardín infinito del tiempo. Puede que, como señala Safranski, esto no sea sino una respuesta al profundo dolor que el morir deja en la sensación que permanece en ese nudo de tiempo y espacio que es el cuerpo:

Existe la metafísica porque la física de la vida conlleva dolor, miedo y muerte. La metafísica explica la realidad en la que sufrimos como superficie, como apariencia, y propone echar un vistazo al fondo, a la esencia, de lo real, donde descubre un orden con el que conciliar nuestro pensamiento. La metafísica encuentra cobijo en un mundo extraño y amenazante cerciorándose de la existencia del verdadero mundo. […] La metafísica es una protesta contra la monstruosa frialdad del espacio vacío y la materia móvil. La metafísica cree en la legibilidad del mundo, en un código secreto que permite descifrar su sentido.

La presencia de la muerte y la poesía

Pero pensar la relación entre vida y muerte como un ciclo no es necesariamente apostar por una vida más allá de la muerte. Se trata, más bien, de atender a lo evidente no como un consuelo sino como una forma de suprema humildad. El otoño anuncia el ocaso, vendrá entonces el invierno para dar paso a la primavera. El cuerpo es el lugar de mi muerte, pero hay otro cuerpo más allá de los límites de mi piel donde la vida sigue. En la medida en que participamos de este devenir lo hacemos también de su eternidad. El resto es silencio y misterio. La silenciosa presencia de muerte es el prólogo de la recreación, de la poesía. - tuitéalo     Como siempre, el poeta Paz lo dice de inigualable manera:

Entre la piedra y la flor, el hombre:
el nacimiento que nos lleva a la muerte,
la muerte que nos lleva al nacimiento.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby   •  

    Esto me recuerda a un cuento que estoy escribiendo sobre los límites del universo y sus agujeros de ratón. La metafísica sería lo que se encuentra al otro lado del universo. Al menos, el de este conocido.

    • Carlos Girón   •  

      Saludos mi querido ratón. Pues ese cuento tiene muy buena pinta. La metafísica roedora debe ser bastante peculiar y quizá nos dé luz para mejorar la humana. Pero eso ya lo dejo en tu hábiles manos narradoras. ¡Abrazo roedor!

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