“Pantaleón y las visitadoras” o de Vargas Llosa y el eufemismo

Premio Nobel de Literatura 2010

Mario Vargas Llosa, escritor peruano, cumplió ayer 78 años. El nacido en Arequipa nos ha regalado inolvidables historias siempre marcadas por el aroma de su país. Claro que la literatura no se queda en una región, por lo que las letras de Vargas Llosa cubren elementos en los que Latinoamérica entera se ve reflejada. Además, la peculiar perspectiva del autor, siempre con un cariz de crítica social y política, hace que sus personajes puedan acercarse a cualquiera en cualquier rincón del mundo. Es, en pocas palabras, un auténtico literato: capaz de hacer jugar lo universal con lo particular en una historia.

No es ningún secreto que el Premio Nobel de Literatura en 2010 ha sufrido en carne propia y sin éxito, afortunadamente para sus lectores, la tentación del poder. Y es que arte y política son esferas que no parecen llevarse muy bien, aunque nunca están nunca del todo desvinculadas. De hecho, los motivos por los que se hizo acreedor al mentado premio dicen: “por su cartografía de las estructuras de poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”. Sin duda aspectos fundamentales, que no los únicos, de la obra del peruano. Un artista que en su materia prima lleva ya la impronta de lo político.

Mario Vargas Llosa y su cartografía de las estructuras de poder. - tuitéalo    

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Ya que es fin de semana quiero rescatar uno de los libros de este escritor que más me ha hecho reír: Pantaleón y las visitadoras. Un risa ante lo absurdo-posible. Me explico. El libro, publicado en 1973, es una oda al eufemismo, esa herramienta de políticos que ocultan en el discurso el verdadero rostro de sus acciones. En esto no hay institución que se salve. Ahí donde están las estructuras de poder está también la posibilidad del abuso, se abren laberintos donde la verdad se disocia de las intenciones para encontrarse de nuevo sólo al final, cuando ya los hechos son inevitables. En esa enredada madeja hay lugar para todo tipo de personajes. La mayoría de ellos se pretenden zorros astutos capaces de alcanzar el centro más rápido que cualquier otro. Para ellos está el complemento ideal, el rostro visible que encubre sus más enrevesadas estratagemas: el noble y bondadoso sirviente.

Pantaleón Pantoja, recién ascendido capitán del Ejército peruano, es justo este personaje que destaca por sus cualidades morales y marcado sentido del deber. Una máquina de precisión, un soldado ejemplar que destaca por su organización y eficiencia. El perfil perfecto para una delicada tarea que se le presenta a la máxima institución de seguridad del Perú: ofrecer un servicio de prostitutas a las tropas que, víctimas de los efectos del trópico y el ambiente salvaje, han comenzado a encender las alarmas con ataques sexuales hacia las mujeres de las localidades cercanas a Iquitos. Ya desde esta descripción se puede ver el tono que juega con la seriedad de un reporte militar para arrancar una sonrisa.

“Pantaleón y las visitadoras”, el cómico reporte de un militar. - tuitéalo    

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Las virtudes de Pantoja hacen del servicio de visitadoras todo un éxito. Algo que atrae los curiosos ojos de “El Sinchi”, un periodista local decidido a conocer la verdad, es decir, a buscar la oportunidad de recibir un poco de dinero por no hablar del servicio que el Ejército ofrece a sus tropas. En la historia atendemos al desmoronamiento de la integridad del capitán Pantoja. En ello juega un papel fundamental la aparición de “La brasileña”, Olga Arellano, que encarna la figura de manzana prohibida en la novela. No quiero revelar demasiado de la historia, pero será una mezcla del amor y las formas militares lo que termine por derrumbar la exitosa maquinaria de lo que se conocería también como “Pantilandia”.

En la historia, como puede verse, todos saben lo que pasa, pero deciden llamarlo con otro nombre. Los intereses para que así sea son diversos, el eufemismo es común a todos. Vargas Llosa ofrece una comedia tan sencilla como desternillante. Risas acompañadas de una crítica a las instituciones que velan por valores como la seguridad y la integridad de los ciudadanos. Pero también una muestra de las dudas que carcomen justamente esa integridad al interior de un individuo que, con el cumplimiento de su deber como objetivo fijo, termina desviándose en el laberinto para encontrarse con la verdad cuando parece ser demasiado tarde. Un libro que no tiene desperdicio. ¿Te lo apuntas a la lista? Ven y cuéntame cuando lo leas. Ya verás qué risas.  Ah, por cierto, hay una versión en cine con la bellísima Angie Cepeda. Pero, como de costumbre, mejor pasar primero por el libro.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

3 comentarios

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