Mallarmé o de la renuncia a la realidad

Poeta francés que también gustaba de la reflexión

Paul Valéry, poeta francés, hablaba de la ética del artista, de su necesidad de un trabajo constante y arduo para ofrecer una obra capaz de generarse su propio auditorio. Stéphane Mallarmé, uno de los grandes poetas del siglo XIX, bien puede ser el mejor ejemplo de esta ética que se define con la siguiente máxima o propósito:

someter a la voluntad reflexiva la producción de una obra, sin que esta condición rigurosa, deliberadamente adoptada, altere las cualidades esenciales, el encanto y la gracia que debe tener y propagar toda obra que pretenda seducir a los espíritus con los goces del espíritu.

En esto parece plantearse la necesidad de conjugar armónicamente la reflexión y la bella forma, de fondo y contenido hasta que ambos estén en tal relación que uno resulte del otro. Para cumplir este propósito de buena manera se requiere de un trabajo al que nunca le falta la inspiración. Ésta es entendida por Valéry como “la formación espontánea en alguien de discursos o bien de ideas que le parecen maravillas, de las que se siente naturalmente incapaz”. No obstante, no debe confundirse esta especie de asistencia que recibe el artista con la extrema facilidad que implicaría hacer de la ética del trabajo algo completamente prescindible. Hay que atender a esta voz de las musas, a esta espontánea formación de discursos, pero para decantar de todo lo que nos viene de ella lo que realmente vale la pena transmitir: “Es necesario tratar toneladas de blenda para obtener una partícula de sustancia activa”.

No basta entonces con el talento para aferrarse a la pluma y dejar correr la inspiración, al menos ya no para Mallarmé. El poeta se impone una búsqueda que implica una enorme dedicación: decantar, llevar a la expresión más pura, volver al punto cero del lenguaje para arrancar de nuevo desde ahí y hacer que de las palabras nazcan ideas. Ir deshaciendo capa tras capa la historia de la poesía para encontrar lo esencial, lo que habla del espíritu y desde él, es decir, el punto en que el encanto y la gracia se encuentran armónicamente con la capacidad reflexiva y, en libre juego, llenan el alma de bellas formas e ideas.

Volver al punto cero del lenguaje y hacer que de las palabras nazcan ideas. - tuitéalo    

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Es por esto que el papel del lenguaje debe replantearse, debe recuperarse un sentido en apariencia perdido tras la blenda en la que hay que zambullirse para encontrar la anhelada partícula: “La lengua se convierte así en un agente de «espiritualidad», es decir, en transmutaciones directas de deseos y emociones en presencias y potencias del tipo de las «reales», sin que intervengan medios de acción físicamente adecuados”. La realidad entrecomillada habla mucho de la brújula que sirve de método de orientación a la ética del artista. En efecto, en la misma formulación ética hay ya un tono que pone en lo espiritual el magnetismo encargado de hacer girar la aguja. Lo espiritual es el Norte a partir del cual nos orientamos en el mundo, y lo que permite encontrar en la historia los fragmentos que de mejor manera logran esta traducción de lo «espiritual» a lo «real».

El empeño de Mallarmé es el de encontrar la forma que expresa de la manera más simple la presencia de este magnetismo espiritual, “aquellas cuya simplicidad permite al lector sobrevolar con el ojo la línea y saber de qué se trata, sin percibir el lenguaje mismo, no más de lo que se percibe el timbre de una voz que nos habla de negocios”. Renuncia al ornato para beneficiar la expresión pura del lenguaje, que no es lo mismo que realizar la expresión fácil para el lector. De hecho, las formas adoptadas limitan el número de lectores, pues atender a lo espiritual sin dejar que la voluntad reflexiva domine es también una tarea que el lector debe emprender, es decir, que la costumbre de buscar un significado en cada frase al leer choca con la labor del poeta que deja en libertad al lenguaje buscando mostrarle en su pureza. La metafísica que orienta a la ética del artista debe ser compartida por el lector, pues de lo contrario se topará con un lenguaje críptico y sin sentido: oscuro y estéril.

La metafísica que orienta a la ética del artista debe ser compartida por el lector. - tuitéalo    

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La expresión pura y directa tiene como consecuencia, entonces, la renuncia al ornato, pero esto no significa renunciar al empleo de metáforas, figuras y tropos, sino que éstos sean “propiedades sustanciales de la obra; el «fondo» no es ya causa de la forma: es uno de sus efectos”. Es esta la consumación de la inversión y el punto clave para comprender la metafísica orientadora de la que hablamos: renunciar a encontrar significados en las frases de manera constante para dejarse embelesar, dejarse llevar por una forma de la cual mana el fondo, es decir, permitir que de las palabras nazcan ideas y no permitir que las propias se impongan nublando la experiencia estética.

Puede decirse en términos fenomenológicos que la poesía mallarmeliana nos plantea un reto, nos conmina a suspender los juicios, a poner entre paréntesis la experiencia previa para atender a una nueva en la que seamos capaces de ver que

Cada verso llega a ser una entidad que tiene sus razones físicas de existencia. Es un descubrimiento, una especie de «verdad» intrínseca arrebatada al azar. En cuanto al mundo, el conjunto de lo real no tiene otra excusa para ser que ofrecerse al poeta para jugar con él una partida sublime, perdida de antemano.

Renuncia a la verdad ontológica por atender a la verdad señalada (construida) por la experiencia estética. Abordar la balsa de la poesía como forma de atravesar el Aqueronte, descender a los infiernos hasta que, en el punto más profundo, aparezca la luz celestial y la experiencia quede consumada con la caída de las formas anquilosadas del lenguaje. Románticamente hablando: en el peligro está lo que salva, en la renuncia a la realidad está el acceso a la libertad… aunque ésta sea (po)ética.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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