“La especie humana”, el crudo relato de Robert Antelme

Un estremecedor relato de Antelme

Las guerras son episodios que han dejado una profunda herida en la historia de la humanidad. Espejo que refleja el deteriorado cuerpo de un Dorian Gray que no es sino el representante de la especie entera. Las posibilidades en la vida son amplias y al hablar de ellas se dibuja en la boca la tentación de decir la palabra infinito. Pero es que en lo que carece de fin también cabe el mal, la posibilidad de dar la espalda a los valores que, suponemos, iluminan el transcurso de la historia. La ausencia del bien, la elección perversa, la penumbra de lo humano o cualquier opción que te parezca mejor para denominar esta dimensión siniestra de la existencia.

Robert Antelme nació en en 1917, se casó con Marguerite Durás y junto con ella fue miembro de la Resistencia francesa que se oponía a la ocupación nazi. Esto le valió un paso por los campos de concentración. Afortunadamente para él y para todos nosotros, vivió para contarlo. Es esto de lo que habla su libro La especie humana, un título sugerente que nos interpela: sí, esto también es posible, esto es algo de lo que es capaz la especie. No es gratuita la elección. En estas líneas estamos lejos de todo ideal humanista, de todo discurso que busque una condición humana sobrepuesta o que sobrepase la “mera animalidad”. Antelme muestra la carne cruda, el animal que podemos ser si por ello entendemos a un ser que carece de esa vestimenta emocional y anímica con la que no gusta vestir a lo humano.

“La especie humana” narra el tiempo que Antelme pasó en los campos de concentración. - tuitéalo    

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Se trata de una experiencia abrumadora e inconmensurable. El paso por Ganderheim, el campo al que fue destinado, está lleno de espanto, es una auténtica caja de Pandora que pasa ante nuestros ojos trayendo el asombro y la nausea en su profundo sentido sartreano. Duras decía que después de la escritura del libro el tema ha quedado completamente cerrado y sellado para él. Nunca más hablaría de ello, como si en esas páginas hubiera realizado una cirugía a su memoria extirpando el horror, exorcizando los demonios de un tiempo en el que hablar de ausencia de la razón sabe a poco. Resulta difícil imaginar la situación, el cuerpo entero pide la creencia en que estamos ante un relato de ficción. Pero es imposible negarlo: esto es lo real, lo máximamente real. De hecho el campo de concentración es un mecanismo que anula el cuerpo, que le reduce a su mínima expresión borrando todo rasgo se singularidad, nada más que una “jaula de huesos” dejada a su suerte.

La jaula de huesos es débil, ya casi no tiene carne encima. En el centro ya sólo queda la voluntad, voluntad desolada, pero que es lo único que nos permite resistir. Voluntad para esperar. Esperar a que pase el frío. Ataca las manos, las orejas, todo lo que se puede matar de nuestro cuerpo sin hacernos morir. El frío, los SS. Voluntad para mantenerse en pie. Por lo menos uno no muere de pie. El frío pasará. No hay que gritar, ni rebelarse, ni intentar huir. Hay que dormirse dentro de él, dejarle hacer, como la tortura, después seremos libres.

Ahí, en el fondo de esa jaula, está el límite que no controla ningún SS, ahí permanece el fuego de la vida. Cuando la voluntad abandona al cuerpo, cuando la muerte abraza al que se entrega a ella en medio de la tortura, el verdugo pierde la batalla, pues la consumación de su actividad le pone de frente al límite de su poder. No hay ya vida que reducir o menospreciar, no hay nada más que un cuerpo inerte liberado del mecanismo de humillación del campo: el preso se ha liberado, se le ha escapado ahí a donde no puede ya perseguirlo. No es un consuelo, es la realidad que cae de golpe en un contexto en el que los valores poco tienen que decir. De hecho se trata de una auténtica inversión de valores donde hasta el más mínimo recuerdo de la vida antes del campo, de lo que era antes del cisma en el tiempo provocado por la guerra, quema en lo más profundo de las entrañas.

El infierno de la memoria funcionaba a pleno rendimiento. No había uno que no intentara recordar a una mujer, que no llamase a su puerta y no oyese al mismo tiempo el otro timbre, el que había desencadenado todo, cuando les había abierto la puerta.

Un libro que cae como una bomba en el estómago. No hay manera de abordarlo sin que las palabras suenen a metáforas. Es una historia en la que se expone la carne misma de la especie humana, en la que se logra sentir el olor que desprende al contacto con el fuego, el aroma de una carne que carece de alimento, de agua para lavarse, de manta para cubrirse. Un episodio tras otro la sorpresa sigue siendo la misma: ¿cómo sigue un día más? ¿Es posible hablar de esperanza? ¿Qué es lo que anima los pasos en un contexto desalmado? Toda la confortable realidad se ve trastocada, sacudida, vuelta al revés obligando a salir de la burbuja en la que nos hemos instalado. Sí, esto sucedió, hubo un tiempo y un espacio en el que a se negaba radicalmente a otros privándoles de la libertad, de todo rastro de humanidad, de su cuerpo.

Privado del cuerpo de los demás, privado progresivamente de su propio cuerpo, cada tipo tenía aún algo de vida que defender y que querer.

Las migas de la vida escondidas en los pliegues que todavía alcanza a conservar la piel. La especie humana es un libro fundamental para la memoria colectiva, un relato que obliga a la reflexión a pesar de que nos sume en una mudez acompañada de una presión en el estómago. Ante estos hechos poco que decir. Ante la posibilidad de su repetición hay que decirlo todo.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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