Hans Jonas y el principio de responsabilidad

Ideas sobre el principio de responsabilidad de Jonas

En la palabra principio resuenan diversos sentidos. Tenemos la noción de principio como ese primer momento de la existencia de algo, el punto de partida en el tiempo. A esta idea temporal de la palabra podemos agregar, por supuesto, un sentido espacial: el principio como punto en donde inicia la extensión de algo, ese que sirve de arranque o de base. Finalmente, y de forma casi metafórica, puede hablarse de principio como la causa de algo o bien como una norma que rige la conducta. Se trata de un fundamento, del punto de apoyo que sirve de referencia y, por tanto, como elemento de orientación.

Desde esta polisemia de la palabra principio podemos acercarnos a a los fragmentos en los que se expresan algunas de las ideas del filósofo alemán Hans Jonas. Nuestro compañero de viaje es el concepto de responsabilidad –central en la reflexión ética que nos propone– que queda definida como una capacidad humana, como un poder hacer o “facultad ontológica del hombre para elegir, consciente y deliberadamente, entre alternativas de acción”. Se ve así que la responsabilidad misma tiene su principio, es decir, un punto de apoyo y fundamento en un elemento de corte antropológico: el ser humano como agente capaz de realizar una acción que ha sido ponderada y, a partir de ello, elegida.

En el principio fue la responsabilidad

De aquí que, parafraseando al texto bíblico, diremos: en el principio fue la responsabilidad. Retomamos un par de sentidos más para poner sobre la mesa el hecho de que la responsabilidad así entendida estaría en el origen de la acción, que ésta es el punto de partida de un elemento que podemos medir si vamos desde el inicio del hacer hasta las consecuencias del mismo. La acción, en efecto, se emprende y encuentra su final, su consumación, en el efecto generado. Ahora bien, si la responsabilidad está en el origen, entonces suponemos que toda acción es elegida de manera consciente y deliberada a partir de alternativas. A esto bien puede agregarse –de manera muy kantiana– que lo que encontramos es que la responsabilidad en realidad acompaña de principio a fin y nos pone en una situación muy particular: la capacidad de dar cuenta de la acción emprendida.

La elección consciente implica la posibilidad anticipar el fin en el principio mismo. - tuitéalo    

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Emprendemos una acción y ante sus consecuencias (los efectos en otros) podemos ser llamados a cuentas. La capacidad de responder está dada, entonces, porque en el principio estuvo la ponderación y la elección consciente. La responsabilidad abre y fundamenta la acción y, al mismo tiempo, hace posible el dar cuenta de la misma, permite responder por ella, es decir, por sus consecuencias. En este valor se anudan, por lo tanto, dos órdenes temporales: el presente (principio) y el fin (futuro). Que en el principio sea la responsabilidad significa que tenemos cierto conocimiento de lo que puede venir después de superar la etapa de inicio. Ser responsables de nuestras acciones implica que hay una cierta pre-ocupación por el porvenir, por el desenlace de lo que estamos por elegir. Practicar la responsabilidad es, pues, un situarse en el presente sin dejar de mirar el futuro. - tuitéalo    

El principio que mira al futuro

Resultaría pertinente señalar aquí que si hemos partido de una consideración ontológica con respecto al hombre, bien valdría la pena realizar algo similar con respecto al futuro que aparece ahora como un elemento importante. En este sentido, habría que dar cabida a un cuestionamiento: ¿cómo ocuparse de algo que, ontológicamente hablando, todavía no es? El futuro, en efecto, se sitúa en el horizonte del no-ser, de lo que promete llegar a ser pero que, precisamente por su carácter de promesa, es aún indeterminado e incierto. ¿Vale la pena ocuparse de lo incierto o resulta mejor limitarse a lo que ya está aquí, es decir, a la seguridad de lo presente?

La responsabilidad implica un compromiso con el futuro, con lo que puede ser. - tuitéalo    

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Poco podría decirse en contra del estatuto ontológico del futuro, pero es necesario distinguir aquí dos planos de la cuestión. Por un lado, es cierto que el presente tiene un mayor grado de certidumbre en un sentido ontológico, pero esto es válido y sólo puede serlo para los presentes, es decir, que hay que incluir dentro de esta esfera temporal y ontológica del presente a aquellos seres que le habitan –a los que se hacen presentes dentro de él. El futuro, por lo tanto, es el espacio de los posibles presentes que merecen tanta certidumbre como los que habitan hoy aquí. De aquí la separación de planos que obliga a distinguir entre un argumento ontológico y un compromiso moral y ético.

En este contexto, el principio de responsabilidad nos obliga a ponderar y a elegir entre las acciones que se decantan por un resguardo del presente seguro o bien por incluir en la decisión a los posibles presentes, entre atender a la pura ontología o abrir las puertas a un compromiso ético-moral con lo que todavía no es-aquí.

No hay acción sin escenario

Se da por supuesto que la elección de un determinado curso de acción acontece en libertad, es decir, que hay un sujeto que pondera y decide esto o aquello sin coerción alguna. Esto explica que la responsabilidad no aparezca sino en forma de imperativo, de un mandato que, aunque es posible ignorar o dejar de seguir, queda manifiesto como recordatorio de lo que pudo haber orientado la acción. Tenemos tres formulaciones posibles, de acuerdo a Jonas, que ilustran lo que aquí se está esbozando: 1) “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”; 2) “No pongas en peligro las condiciones de la continuidad indefinida de la humanidad en la Tierra”; 3) “Incluye en tu elección presente, como objeto también de tu querer, la futura integridad del hombre”.

El principio de responsabilidad supone siempre un escenario para la acción: la Tierra. - tuitéalo    

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Aquí estamos en condiciones de invertir el orden de la palabras para hablar de la responsabilidad como principio, es decir, de aquella como norma que guía y orienta a la conducta. Pero en esta particular noción de Jonas no deja de resonar la polifonía del principio, puesto que en las formulaciones del imperativo de la responsabilidad puede verse cómo el principio de la conducta, esto es, lo que hace posible cualquier conducta o decisión futura, es la conciencia del lugar concreto y material en el que se postula el mismo imperativo: la Tierra. En efecto, para que exista acción humana debe haber terreno o escenario para la misma, por lo que parece ineludible considerar dentro de nuestro querer las posibles consecuencias con respecto al suelo que hace posible concretar dicha querencia. Dicho en otras palabras, si el principio de responsabilidad puede ser formulado es porque, en principio, hay un sujeto y un lugar que lo permiten. La continuidad de la humanidad en la Tierra son otra forma de mostrar cómo presente y futuro se anudan de una manera que resulta complicado y peligroso pensar su disociación.

Una fuerte razón para atender al principio de responsabilidad, al imperativo arriba señalado, está en el temor a que dejen de ser posibles los actores o el escenario (siempre íntimamente ligados). El compromiso ético y moral con el futuro parece sustentarse más en el temor al mal supremo futuro que al deseo de mantener un presente. De manera que si deseamos seguir haciéndonos presentes en la Tierra bien vale la pena atender al temor de ya no estar aquí, a ese estribo que da poder al imperativo que manda incluir en nuestro querer el resguardo del futuro. Pero, ¿será el temor la mejor fuente de para la responsabilidad? ¿Es aquí donde encuentra esta su fundamento? ¿No es este temor a la propia desaparición un punto de arranque demasiado egoísta? Las ideas de Jonas no hacen sino apuntar el inicio de un complejo e interesante debate.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

4 comentarios

  1. #Jerby   •  

    Paradójicamente, el principio está en el fin. Hasta que no tenemos un fin claro, no empezamos a caminar.

    La Tierra no es algo que está fuera de nosotros sino que somos nosotros mismos. No somos más que un hilo de su trama. Destrozando la Tierra, nos destrozamos a nosotros mismos.

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón, es peculiar hablar de conexiones de este tipo desde una plataforma que permite la conexión del ayer con el hoy y generar una sensación de gran comunidad. Quizá uno de los mejores modos de percatarnos de la relación entre principio y fin, nosotros y la Tierra, está justo frente a nosotros. ¡Abrazo roedor!

  2. Edgar Chavarría Solano   •  

    En el principio era la responsabilidad? La Responsabilidad es resultado de la posibilidad de ponderar y valorar, es decir, de la libertad que implica realizar actos voluntarios. Cuando la voluntariedad es limitada o nula, la libertad es menguada y la responsabilidad podría disminuir o desaparecer. No deberíamos decir entonces que “en el principio era la libertad”?

    • Carlos Girón   •  

      Saludos Edgar, muchas gracias por el comentario. Las interacciones entre valores son siempre interesantes y necesarias. Claro que ponderar y valorar implica no solamente la libertad, sino que ese mismo acto abre la posibilidad de dar cuenta de lo que se realiza. En otras palabras, ponderar y valorar son ya en sí mismos muestras de responsabilidad. No se trataría de encontrar lo que es primero para generar una especie de escala, sino de mostrar la importancia de poner los valores en el punto de partida de nuestro hacer. ¡Más saludos!

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