Hannah Arendt, el amor y el nacimiento

Hannah Arendt y el concepto de amor en san Agustín

Un texto es siempre huella de nuestro paso por el mundo. Es, en el contexto de estas líneas, un acto de amor al mundo que se despliega en una acción que a su vez hace mundo. Escribir es una acción que se despliega en el mundo y que, al mismo tiempo, lo recrea. Esto implica que en toda acción de escritura vamos dejando algo de nosotros, algo de nuestra esencia se impregna en todo inicio de una acción que no es sino esfuerzo de emergencia, de nacimiento, de reconexión con el origen. Para explorar la idea nos remitimos al pensamiento de una de las figuras más importantes del siglo XX: la filósofa Hannah Arendt.

Me enfocaré en el texto que en su momento permitió a Arendt doctorarse en filosofía: El concepto de amor en san Agustín. Un libro cuyo capitulado podríamos describir de la siguiente manera: el primer capítulo contendría la descripción de la estructura del anhelo como una que privilegia la anticipación, esto es, la dimensión del futuro y la muestra de que tal concepción resulta insuficiente. El segundo corrige la postura existencialista anticipatoria de la muerte postulando que el punto final es en realidad una vuelta al punto de partida, al origen, de tal manera que no es el futuro, sino el pasado, no es la muerte, sino el nacimiento, lo que debe ser pensado como definitorio de la existencia. En el tercer capítulo, finalmente, se presta oídos a una pregunta que retumbaba ya en el interior de la autora al final de cada uno de los capítulos anteriores: ¿y el otro?

Hannah Arendt: el amor y el anhelo

Es en esta preocupación por el otro, por la vida en común y la dimensión política, esta que en la magna obra de Heidegger quedaba perdida en el das Man, en donde se manifiesta la voz propia de Hannah Arendt. En la consideración del prójimo se pasa de la corrección y la crítica al maestro a la propuesta de la vía a seguir en la reflexión. La preocupación, sin embargo, es también una manifestación del amor. En este caso, y siguiendo el sendero agustiniano, el amor se vinculará con el anhelo. De ahí que Arendt realice un análisis mismo de estos dos elementos, es decir, del amor como un afecto que se basa en un futuro anticipado.

Doble posibilidad del anhelo: deseo de tener y temor de perder. - tuitéalo    

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El amor como anhelo pone en el horizonte un bien no poseído, es esa su meta y, en tanto no poseído, es una que se desliza en el futuro. Ahora bien, cuando se llega a la posesión, nos dice Arendt con Agustín, adviene la amenaza de la pérdida. Tenemos, con ello, una doble posibilidad del anhelo: el deseo de tener y el temor de perder. Puede adelantarse desde aquí que esta doble posibilidad se mantiene en la medida en que el objeto del anhelo se encuentre en el mundo, esto es, mientras se anhelen cosas temporales y perecederas. El amor por este tipo de objeto será denominado como cupiditas.

En la medida en que sólo puede desearse lo que ya conocemos el anhelo no sólo es un apuntar a un lugar futuro, sino un “remitir retrospectivo” (evidente uso de la terminología heideggeriana). Dentro de esta doble estructura lo que se juega es la felicidad. El deseo de tener y el temor de perder se dan dentro de este peculiar juego del anhelo en donde el futuro es el tiempo preeminente. Lo que deseamos es la vida, el bien, y lo que amenaza es la muerte o el mal. Estar en posesión de lo deseado es un estado de bienestar, pero cuando la fugacidad de los objetos de nuestro anhelo se hace presente por la muerte nos ponemos frente a la experiencia del mal. En la felicidad, por lo tanto, “lo que está en juego no es que falta la posesión, sino la seguridad de la posesión”. Retengamos de esta frase la palabra seguridad en la que podríamos encontrar ya un elemento que se filtra desde el amor agustiniano hasta el análisis político de Arendt.

Caritas: el amor eterno

Pero todavía dentro de la estructura del anhelo cabe destacar que la preeminencia del futuro hace que éste destruya al presente. Este presente sin futuro no es otra cosa que la eternidad, el bien absoluto (súmmum bonum) que, a diferencia de la cupiditas, es el objeto del amor como caritas. Lo que surge luego en un horizonte problemático es que todo lo que aparece en el mundo es un medio que debe ser usado para alcanzar la eternidad; de lo contrario el peligro es dispersamos en la mundanidad. Pero, ¿el prójimo es algo que debe ser usado también? La respuesta nos la da la misma Hanna Arendt:

En el orden del amor no está incluido todo, sino sólo lo que mantiene alguna relación conmigo. Y esta relación se establece en la comunidad (societas) de todos los que, como yo mismo, sólo pueden alcanzar la felicidad en referencia a Dios y «al bien supremo», y que por ello son «los más próximos a mí» (proximi), mis verdaderos prójimos. […] Lo que está junto a mí y próximo a mí, yo mismo y mi prójimo, no está para ser «usado» ni para ser «disfrutado».

Se marca con esto el amor a lo celeste y el amor a lo terrestre, pero entre la ciudad terrena y la ciudad celeste se constituye y se efectúa la vita socialis. Con esto podemos ver cómo desde las herramientas heideggerianas se hace una exploración de la concepción agustiniana y, al mismo tiempo, se va apuntando ya a una reflexión propia. Pero pasemos ahora al momento correctivo, al punto en que Arendt arregla cuentas con esta traición en la que se lleva a cabo su formación.

El nacimiento y la memoria

La memoria, en efecto, tiene una fuerza positiva que actualiza lo que ya no es o está y lo hace de nuevo posible, le hace posibilidad en el futuro. La preeminencia de este último y su constante impulso hacia delante llevan, por el contrario, a un olvido de la fuente primigenia, a un olvido del origen del ser. “Y en la memoria encuentra la noción de «vida feliz», que coincide con la de su propio ser y que es como tal la quintaesencia de su propio ser. El futuro absoluto resulta ser el pasado último, y el modo de alcanzarlo requiere la rememoración”. Hannah Arendt parece gritarle a cada línea a su maestro: ¡recuerda Martin! ¡Recuerda!

La memoria saca su gran potencial (vis) del hecho de que el pasado no esté perdido para siempre y de que el recuerdo pueda devolverlo al presente. Lo que da unidad y totalidad a la existencia humana es la memoria y no la expectativa (no la anticipación de la muerte, por ejemplo, como en el planteamiento de Heidegger), pues a nuestras expectativas y deseos los impulsa lo que recordamos […] Al hacer presente el pasado y el futuro –o sea, a la memoria y a la expectativa que de ella se deriva– y al mantenerlos presentes, es el presente en que coinciden lo que determina la existencia humana.

Este es un llamado a la cordura para alguien que se pierde en la proyección de posibilidades. Proyectarse constantemente hacia el futuro es olvidar el origen, el punto donde todo nace que es, para Arendt, lo que realmente importa. Lo fundamental, en pocas palabras, es no perder la relación con el origen: “el hecho decisivo definitorio del hombre como ser consciente, como ser que recuerda, es el nacimiento o la «natalidad», o sea, el hecho de que hemos entrado al mundo por el nacimiento”. Aquí se marca ya el punto de quiebre de la filósofa de Linden con respecto a sus maestros.

Proyectarse constantemente hacia el futuro es olvidar el origen. - tuitéalo    

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Esta corrección, por otro lado, desata en Hannah Arendt la reflexión propia, a saber, que el hecho de que la vida inicia (y no el énfasis en que ésta acaba) hace del hombre un ser capaz de iniciar él mismo la acción, su historia: “El hombre es capaz de actuar como iniciador y capaz de incoar la historia de la Humanidad porque puede conocer su «comienzo» u origen, porque puede hacerse consciente de él y recordarlo”. En el devenir histórico, por lo tanto, lo fundamental es la posibilidad de mantener la unidad. La unidad de la existencia no se da, entonces, con la consumación de las posibilidades ni con la anticipación de este momento, sino a través de la capacidad de recordar, de sacar del olvido el origen para hacerlo presente. En pocas palabras, Heidegger se ha equivocado.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby   •  

    Redactar es algo más que escribir. Porque el red-actor se hace presente en la red y con ello, abre toda una serie de posibilidades de relaciones insospechadas.

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón. Me encanta el concepto de red-actor, algún día habrá que escribir algo en torno a eso tomando como referencia los textos que tanto te gustan con respecto al escenario. 🙂 Por lo demás hay que atender también la idea de nacimiento como dar a luz algo nuevo pero desde la memoria. ¡Abrazo roedor!

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