“El gran hotel Budapest”, la comedia de un mundo que se desvanece

Una de las estrellas que participa en la película

Wes Anderson es un director que posee ya un estilo, tiene una estética particular que acompaña a su singular manera de contar historias. Esto último es algo que se se agradece siempre: lograr contar una historia es tener la mitad del camino recorrido en un arte que juega con imagen, sonido y tiempo. No es que esto sea lo único, pero sí que se trata de un elemento que, si se ausenta, debe ser bajo la red de seguridad de un conjunto de elementos que den soporte a la obra.

Anderson no tiene estos problemas. Narra y lo hace con maestría al agregar su color, su ritmo y, sobre todo, su peculiar humor. “El gran hotel Budapest”, su último film, es una muestra de la madurez que va alcanzando este estilo y de la gran habilidad del director para conjuntar verdaderos talentos. El reparto, encabezado por un brillante Ralph Fiennes, incluye a Mathieu Amalric, F. Murray Abraham, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Jude Law, Bill Murray, Edward Norton, Tom Wilkinson y Owen Wilson. El joven Tony Revolori, perfecto contrapeso de Fiennes, merece una mención especial por su destacado y preciso trabajo. Un nombre menor, sin duda, entre un envidiable reparto, pero que sin duda se ganará la simpatía de todos a través de la pantalla.

Tony Revolori es una auténtica revelación a un lado de Fiennes. - tuitéalo    

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La película nos cuenta la historia de cómo Mr. Moustafa (Abraham) se ha hecho del hotel Budapest. Pero esto no sin establecer un triple salto inicial que nos lleva de una fiel seguidora que se dispone a leer el libro de quien diera cuenta de esta historia. Es decir, la película bien podría ser la reproducción imaginaria de un lector que visualiza al autor contándole la historia. El salto de una capa a otra nos pone en una mesa donde el joven escritor (Law) comparte la mesa con Moustafa que, a su vez, le hace participe de la historia de Gustave (Fiennes). Nada más dar cuenta de esta travesía de la historia es ya una muestra de lo que el director propone mezclando líneas o, mejor dicho, alterando la linealidad con la que usualmente se cuenta una historia. Además de ser una muestra de cómo el pasado puede mantenerse vigente en la memoria a través de las distintas formas narrativas.

Una vez centrados en Gustave y el joven Zero (Revolori), se nos descubre un mundo completamente anacrónico. Una serie de costumbres profundamente arraigadas, todo un modo de hacer y de moverse en el mundo, situadas justo en un momento de cambio inminente. La convulsión de la guerra (insinuación de la Segunda Guerra Mundial) y una muerte inesperada son los catalizadores que sacan a Gustave de su reino en el hotel Budapest y desatan la aventura. La sucesión de hilarantes episodios no tienen desperdicio. Eso sí, hay que advertir que el humor puede ser un poco negro y quizá no del agrado de todos, aunque más allá de eso uno se descubre de pronto deshilvanando el intrincado mundo de los conserjes de hotel. Un recurso que no hace sino reproducir en una pequeña esfera el reflejo de un mundo mucho más grande.

La película bien podría ser la reproducción imaginaria del lector ante su libro. - tuitéalo    

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No hay que olvidar que la película está basada en las obras de Stefan Zweig, escritor austriaco de origen judío que terminaría suicidándose en 1942. De aquí que la historia no carezca de un fundamento teórico o literario. Dice Gustave: “Ya ves, todavía hay algunos resabios de civilización en este matadero bárbaro que conocíamos como humanidad. De hecho es eso lo que nosotros brindamos en nuestra propia, modesta, humilde, insignificante… ah, al diablo con esto”. Potentes ideas culminadas con una línea cómica, lo cual no quita el primer señalamiento en torno a lo que podía llamarse humanidad. ¿Cómo hablar de humanismo frente a la barbarie de la guerra? ¿Qué es lo que queda de la viejas y buenas costumbres tras el horror de la masacre? El conserje de un hotel y su discípulo nos muestran una divertida faceta de la humano a manera de respuesta. Son ellos los últimos guardianes de la discreción y el decoro en un contexto sombrío.

Una comedia diferente plagada de buenos actores y disparatados escenarios. Sin duda recomendada para pasar un buen rato y llevarse un par de notas a casa para pensar en aquellos tiempos en los que el honor y el prestigio tenían un peso diferente. No es que haya dejado de ser del todo así, simplemente ha cambiado. Aunque bien vale la pena revisar estos cambios y pensar en esas pequeñas acciones que, sumándose, hacen del mundo un lugar ligeramente mejor. Es poco, pero es algo. Por lo pronto se agradece la sonrisa con la que nos deja Anderson, que, de alguna manera, es una forma de ayudar a ver el mundo con otro color, uno singular y amable incluso en la más radical de las adversidades.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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