Fragmentos de “Hojas secas”, poema de Manuel Acuña

Las hojas que caen en el otoño son una imagen poética

Vuelvo con la poesía. Nunca puedo distanciarme demasiado de ella, así que mejor no me resisto y me dejo llevar por sus encantos. En esta oportunidad te voy a invitar a visitar fragmentos de un poema maravilloso. Se trata de una obra del poeta mexicano Manuel Acuña que, lamentablemente, estuvo en este mundo apenas veinticuatro años. Una dosis de cianuro de potasio acabó con su vida un 6 de diciembre de 1873. La leyenda dice que la sustancia maldita acabó en sus entrañas por desamor. Sí, te he traído a un romántico en toda regla que es capaz de renunciar a la vida si en ella su corazón no se entrelaza con el de su amada. Pero, insisto, eso cuenta la leyenda. Mejor será juzgar a partir de estas sus Hojas secas.

Su obra más conocida es justo la que nos narra su desamor: Nocturno a Rosario. En esas líneas habla de manera desgarrada a Rosario de la Peña, el amor imposible que le roba el sueño. Ama como sólo un artista puede hacerlo: encaprichado, rabioso, obcecado ante la potencia del ideal del que se ha enamorado. No se descansa, no hay respiro para el que quiere el beso de quien se presenta ante sus ojos como la encarnación de la belleza. El poeta ama y se tira al río de la desesperanza. - tuitéalo     Lo sabía bien Dante: quien cruce esta puerta que pierda toda esperanza… y el poeta cruza. Emergen entonces los cantos, las alabanzas que son como bengalas de un náufrago que espera rescate. Pero no le vale cualquier embarcación: el enamorado no espera a ningún Virgilio, sólo se sacia con la presencia de quien es objeto de su amor. Aquí las primeras líneas del famoso poema:

I

¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

Poesía y nostalgia

Pero vamos más allá de esta obra. Te invito a visitar otros fragmentos de un poema que es igualmente desgarrador, igualmente cargado de esa furia creativa. El magma del poeta enamorado no cesa. Vive con un subsuelo que no deja de emitir sus pulsaciones: tambor de una voluntad con hambre perenne. No hay nada más que hacer, el ritmo de la necesidad le hace danzar sin remedio. Parece entonces que vuelve la mirada atrás, mira lo que va dejando en el camino y entonces agrega a su baile el canto que narra la batalla. El poema es siempre una crónica de los vaivenes del alma. - tuitéalo     Encierra dentro una historia en forma de semilla: sólo aquel que sabe procurarle los mimos adecuados será capaz de ver su desarrollo, disfrutar del aroma de su flor y deleitarse con el gusto de su fruto. La hojarasca estará marcada entonces por la nostalgia, por todo lo que se ha podido disfrutar en el proceso. Aquí las primeras líneas de Hojas secas:

I

Mañana que ya no puedan
encontrarse nuestros ojos,
y que vivamos ausentes,
muy lejos uno del otro,
que te hable de mí este libro,
como de ti me habla todo.

El poeta es consciente del tiempo que vive, sabe que se está despidiendo y deja detrás un dardo envenenado con recuerdos. El libro hablara de él, pero el mundo entero, el mundo del poeta, habla de ella. Sólo una pequeña porción queda en el objeto en el que plasma su firma. Deja constancia ahí de su dolor, de la pena que impulsa su ágil pluma sobre la hoja seca que es mudo cómplice de quien escribe. Esa pálida compañera ahora queda empapada, tiene una nueva vida y una inmensa tarea: la del símbolo que debe dar cuenta de todo lo que contiene un instante. La historia sigue hablando de esa colección de detalles, de un otoño que no es sino álbum de recuerdos barrido por el viento.

II

Cada hoja es un recuerdo
tan triste como tierno
de que hubo sobre ese árbol
un cielo y un amor;
reunidas forman todas
el canto del invierno,
la estrofa de las nieves
y el himno del dolor.

Creencia y desencanto

El amado pasa por un veloz proceso de canonización. Ni el más apremiante de los intereses de la Iglesia ha logrado santificar tan rápido como el corazón humano. Cada uno de nosotros, casi sin saberlo, ha hecho inimaginables milagros en aquellos que han lanzado sobre nosotros las redes del amor. No hay divinidad que pueda rivalizar ante el efecto narcótico de la emoción que no conoce medidas. - tuitéalo     Los pedestales de la memoria, no obstante, van quedando en remotos rincones. Hablamos de santos efímeros que, además, parecen resistirse a los ritos de celebración que les traen de vuelta a la vida cada cierto tiempo. Así que poco a poco no queda nada más que la canción, el rezo, la estampa que adorna un calendario. Leves gestos de lo que fuera un potente catalizador de las emociones.

IV

En Dios le exiges a mi fe que crea,
y que le alce un altar dentro de mí.
¡Ah! ¡Si basta no más con que te vea
para que yo ame a Dios, creyendo en ti!
[…]
Yo quiero oír latiendo
tu pecho junto al mío,
yo quiero oír qué dicen
los dos en su latir,
y luego darte un beso
de ardiente desvarío,
y luego… arrodillarme
mirándote dormir.

Pero acontece la caída: el ángel destronado de los cielos por razones misteriosas. El misterio no es sino el murmuro de lo divino. - tuitéalo     Esas cosas que son un rumor entre el coro de los ángeles y que nos llegan como brisa que sólo unos cuantos pueden escuchar. Inspirados les llaman, profetas capaces de advertir lo que está por venir. Pero el amante es sordo, escucha sólo el eco de sus propio latidos. Por eso cae una y otra vez en la trampa y grita y llora para sacarse la amargura de la boca. Busca una nueva dosis de amor que le ayude a llegar al siguiente día, se vuelve un mendigo con un profundo rencor ante lo que siente como la injusticia del mundo. Ahí está la deuda, ahí está la culpa. El dolor es el tesorero del desamor.

X

Las lágrimas del niño
la madre las enjuga,
las lágrimas del hombre
las seca la mujer…
¡Qué tristes las que brotan
y bajan por la arruga,
del hombre que está solo,
del hijo que está ausente,
del ser abandonado
que llora y que no siente
ni el beso de la cuna,
ni el beso del placer!

XI
¡Cómo quieres que tan pronto
olvide del mal que me has hecho,
si cuando me toco el pecho
la herida me duele más!
Entre el perdón y el olvido
hay distancia inmensa;
yo perdonaré la ofensa,
pero olvidarla… jamás.

Despedida

Hasta aquí los fragmentos del poema de Manuel Acuña. Espero que en ellos encuentres pretextos –nunca mejor dicho– para acercarte a este autor que no duda en mostrarnos la carretera de emociones que corre por sus venas. Un enorme talento lleno de los bríos de la juventud, además de una inteligencia envidiable. Te dejo entonces con unas últimas líneas que rompen la continuidad hasta ahora seguida. Pero es que como te vi con esos ojos tan atentos a las líneas del poema, pensé que sería un buen momento para recordarte lo que ellos pueden decir de nosotros.Ya nos despedimos, pero que sea con expresivas miradas.

Aún más que con los labios
hablamos con los ojos;
con los labios hablamos de la tierra,
con los ojos del cielo y de nosotros.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

3 comentarios

  1. martinapescadora.blogspot.com   •  

    Carlos . te lo iba a agregar por fb pero ya te regalé una poesía hoy , esta no es necesario que la publiques sólo léela … yo la publique hace semanas
    Hojas Secas .- ANTONIO PLAZA … es preciosa !!!

    Tú despertaste el alma descreídadel pobre que tranquilo y sin ventura,
    en el Gólgota horrible de la vida
    agotaba su cáliz de amargura.

    Indiferente a mi fatal castigo
    me acercaba a la puerta de la parca.
    Más infeliz que el último mendigo,
    más orgulloso que el primer monarca.

    Pero te amé; que a tu capricho plugo
    ennegrecer mi detestable historia…
    quien nació con entrañas de verdugo
    sólo dando tormento encuentra gloria.

    Antes que te amara con delirio
    viví con mis pesares resignado;
    hoy mi vida es de sombra y de martirio;
    hoy sufro lo que sufre un condenado.

    Perdió la fe mi vida pesarosa;
    sólo hay abismos a mis pies abiertos…
    quiero morir… ¡feliz el que reposa
    en el húmedo lecho de los muertos!…

    Nacer, crecer, morir. He aquí el destino
    de cuanto el orbe desgraciado encierra;
    ¿qué importa si al fin de mi camino
    voy a aumentar el polvo de la tierra?

    ¿Y qué la tempestad? ¿Qué la bonanza?
    ¿Ni qué importa mi futuro incierto,
    si ha muerto el corazón, y la esperanza
    dentro del corazón también ha muerto?…

    ¿Sabes por qué te amé?… Creí que el destino
    te condenaba como a mí, al quebranto,
    y ebrio de amor, inmaterial, divino,
    quise mezclar mi llanto con tu llanto.

    ¡Ah!… ¡coqueta!… ¡coqueta!… yo veía
    en ti de la virtud excelsa palma…
    ¿ignoras que la vil coquetería
    es el infame lupanar del alma?

    Di, ¡por piedad! ¿qué males te he causado?
    ¡Por qué me haces sufrir?… Alma de roble,
    buscar el corazón de un desgraciado
    para jugar con él, eso es… ¡innoble!

    ¿Me hiciste renacer al sentimiento
    para burlarte de mi ardiente llama?…
    Te amo hasta el odio, y, al odiarte siento
    que más y más el corazón te ama.

    Fuiste mi fe, mi redención, mi arcángel,
    te idolatró mi corazón rendido.
    Con la natura mística del ángel,
    con el vigor de Lucifer caído,

    que tengo un alma ardiente y desgraciada
    alma que mucho por amar padece;
    no sé si es miserable o elevada,
    sólo sé que a ninguna se parece.

    Alma infeliz, do siempre se encontraron
    el bien y el mal en batallar eterno;
    alma que Dios y Satanás forjaron
    con luz de gloria y lumbre del infierno.

    Esta alma es la mitad de un alma errante,
    que en mis sueños febriles reproduzco,
    y esa mitad que busco delirante,
    nunca la encontraré: pero… ¡la busco!

    Soy viejo ya, mi vida se derrumba
    y sueño aún con plácidos amores,
    que en vez del corazón llevo una tumba,
    y los sepulcros necesitan flores.

    Te creí la mitad de mi ser mismo;
    pero eres la expiación, y me parece
    ver en tu faz un atrayente abismo,
    lleno de luz que ciega y desvanece.

    No eres mujer, porque la mente loca
    te ve como faceta de brillante
    eres vapor que embriaga y que sofoca.
    aérea visión, espíritu quemante.

    Yo que lucho soberbio con la suerte;
    y que luchar con el demonio puedo,
    siento latir mi corazón al verte…
    ya no quiero tu amor… me causas miedo.

    Tú me dejas, mujer, eterno luto;
    pero mi amor ardiente necesito
    arrancar de raíz; porque su fruto
    es fruto de dolor, fruto maldito.

    Quiero a los ojos arrancar la venda,
    quiero volver a mi perdida calma,
    quiero arrancar mi amor, aunque comprenda
    que al arrancar mi amor, me arranque el alma.

    • Carlos Girón   •  

      Pero cómo no va a quedar publicado si es muy lindo. Muchas gracias por la aportación para cerrar esta semana con un diálogo poético de este tipo. Aunque habrá que darle espacio a otras voces para compensar estos amores tan cargados de pasión. Me pondré a buscar algo que ayude a completar el cuadro. ¡Un abrazo!

  2. Pingback: Los poemas de amor también hacen reír

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