Fármaco para la felicidad o sobre las píldoras de la filosofía

Nietzsche nos acompaña para establecer el fármaco de la felicidad

Dice Nietzsche en su prólogo a la La gaya ciencia que espera todavía a ese médico filósofo que lleve a la culminación una de sus grandes sospechas. Pero no hay médico que pueda obviar al cuerpo en su labor. El fármaco para la felicidad no se encuentra en un potaje físico, sino en la consideración filosófica del cuerpo que vive y que sufre. El cuidado o tratamiento de un médico filósofo tiene entonces la peculiaridad de dar un giro a su mirada para prescribir la dosis apropiada de esas píldoras de filosofía. Vamos a ver entonces en qué puede consistir este enfoque desde una perspectiva  vital.

La frase de Nietzsche nos dice lo siguiente:

Sigo estando a la espera de que un médico filosófico en el sentido excepcional de la palabra -alguien que tiene que perseguir el problema de la salud global de un pueblo, de una época, de una raza, de la humanidad- tenga alguna vez el coraje de llevar a su culminación mi sospecha y osar esta frase: en todo filosofar no ha sido hasta ahora, de ningún modo, cuestión de la “verdad”, sino de otra cosa, digamos de salud, futuro, crecimiento, poder, vida… F. Nietzsche, La gaya ciencia

El diagnóstico, por tanto, tiene que ver con esa obsesión por la verdad. El primer ingrediente del fármaco para la felicidad sería entonces un camino alternativo al de la búsqueda desesperada de lo verdadero. ¿Cuánta verdad soporta el hombre?, se pregunta el filósofo alemán. Como bien sabía Paracelso: el veneno está en la dosis. Puede emplearse aquí un magnífico relato llevado a la pantalla grande, a saber, La vida de Pi. La veracidad de la historia pasa a segundo plano cuando se abre la posibilidad de estar frente a una estrategia vital. ¿Qué importa lo verdadero cuando la vida está en riesgo? La mente es capaz de hacer realidad una mentira con tal de no perder sus frágiles equilibrios.

El fármaco para la felicidad: hechos e interpretaciones

La verdad, entonces, enmascara la búsqueda de otra cosa. Preguntarnos por lo que es la verdad nos lleva de nuevo a la perspectiva nietzscheana que es tajante cuando de historias humanas se habla: “No existen hechos, solo interpretaciones”. Algo fundamental cambia cuando abandonamos la identificación entre realidad y verdad, es decir, cuando se asume que los hechos no representan punto de llegada alguno sino que son ellos punto de partida para una multiplicidad de interpretaciones. Ese cambio se da a nivel psíquico: dejamos de centrarnos en la búsqueda del origen para mirar en profundidad los detalles de la historia, es decir, de las interpretaciones en juego.

No existen hechos, solo interpretaciones. F. Nietzsche - tuitéalo    

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Puesto en términos más cercanos a nuestro día a día: dejamos de buscar el hecho que demuestra la culpa para empezar a preguntarnos por las razones que nos llevan a ver culpa en los hechos. Se trata, en suma, de un ejercicio de introspección que abandona la comodidad de esa acción tan humana: señalar hacia fuera. Si los hechos son siempre sujetos de interpretación y no verdades últimas, entonces hemos de asumir una responsabilidad compartida con aquellas circunstancias que interpretamos como desfavorables. Esto no significa que se niegue la realidad de los hechos, es decir, que lo que ha pasado en concreto es real. El fármaco para la felicidad consiste en ejercitar la capacidad de separar lo acontecido de lo interpretado para ganar en opciones vitales.

La realidad del dolor y la oportunidad de aprendizaje

No se niega en ningún momento la realidad del dolor. Los hechos están ahí, pero no son sino una base para construir un relato, una historia. Esa llamada, ese mensaje, esa partida dolorosa, existen y están ahí fastidiando profundamente la existencia. La diferencia está en que el fármaco para la felicidad invita a dejar de ver el peso del hecho para comenzar a trabajar en un campo donde sí que podemos marcar la diferencia: el de las interpretaciones. El dolor, por tanto, es una oportunidad de preguntarse por las razones por las que los hechos se transforman en eventos dolorosos para nosotros.

Sólo el gran dolor, ese dolor prolongado, lento, que se toma su tiempo, en el que nos quemamos como con leña verde, nos obliga a nosotros, filósofos, a descender a nuestra profundidad última, a deshacernos de toda confianza, de toda mansedumbre, encubrimiento, indulgencia, medianía en la que quizás hubiéramos depositado antes nuestra humanidad.F. Nietzsche, La gaya ciencia

Los hechos que nos sacuden vitalmente nos hablan de nuestro esquema de interpretación y son, por tanto, una oportunidad para aprender. Se trata de ir en profundidad para encontrar fortaleza, crecimiento, poder o vida, de acuerdo a las mismas palabras de Nietzsche. Pero eso significa armarse de valor para mirar a la cara a la fuente del dolor y, sobre todo, para determinar lo que aportamos nosotros desde el campo de la interpretación para tener como resultado esa experiencia. El fármaco para la felicidad, de hecho, está precisamente en este punto que permite ajustar la interpretación hasta estar en condiciones de cambiar el resultado.

El fármaco, los hechos y el cuerpo

Las sabias palabras de Paracelso de las que hablamos antes hacen cierto eco de la etimología misma de la palabra fármaco. El phármarkon griego hace referencia a toda sustancia que altere al cuerpo y su natural equilibrio. Si dicha alteración es negativa, es decir, conduce a una pérdida del equilibrio, entonces estamos ante un veneno. Una misma sustancia puede ser la causante de recobrar el equilibrio y el veneno que lleve al cuerpo a la enfermedad. Idea que bien podemos aplicar a los hechos entendidos todavía como la realidad última: demasiada realidad puede ser un veneno que lleva al cuerpo a estados de malestar. Recuperar la salud dependen entonces de relativizar esos hechos entendiéndolos como la base de una interpretación que bien puede ser distinta.

Ya no creemos que la verdad siga siendo verdad si se le quita el velo; hemos vivido demasiado para creerlo. Hoy es para nosotros una cuestión de decencia no querer ver todo en su desnudez, no querer estar presente en todo, no querer comprender y “saber” todo.F. Nietzsche, La gaya ciencia

¿Significa esto que nos estamos engañando a nosotros mismos? No, y precisamente para eso está el cuerpo. El dolor, la angustia y la depresión tienen una dimensión corpórea innegable. Aplicar el fármaco de la felicidad, es decir, la justa dosis de realidad e interpretación, debe entonces tener su efecto correspondiente en el cuerpo. El anhelado equilibrio entre cuerpo y alma se pone en juego cuando el dolor nos pone ante la oportunidad de conocernos mejor. Lo cual implica saber reconocer lo que es mejor dejar fuera del conocimiento. Así, el malestar se traduce en oportunidad vital. La clave, desde este punto de vista, está en abandonar la ilusión de una verdad como aquel tesoro perdido que encierra el secreto de nuestra felicidad. Más que la verdad a toda costa habría que hablar del mejor ajuste en el diálogo de interpretaciones. Así, comprendiendo las ideas del otro en cada caso y circunstancia, es como dosificamos estas píldoras de filosofía.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby @ratonbloguero   •  

    En una época de posverdad, las preguntas son más importante que las respuestas. Porque la verdad se puede distorsionar, pero las preguntas dependen de nosotros.

    • Carlos Girón   •     Autor

      Querido ratón, sin duda las preguntas son siempre un elemento que hay que tratar con mucho amor y cuidado para abrirnos los mejores caminos. Aunque a veces hay preguntas que preferimos no hacer porque intuimos ya que la respuesta no nos favorece del todo. Por eso las buenas preguntas suponen también una gran valentía. ¡Abrazo roedor!

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