“El exorcista”: un clásico que nos enseña el horror

Una tierna sonrisa antes de la transformación

Volviendo un poco sobre los clásicos te invito a visitar a este viejo conocido del cine de horror. El exorcista es una de esas películas de referencia, una joya de la historia de este arte y una ineludible dentro de su género. La historia de Regan (Linda Blair) y el Padre Karras (Jason Miller) ha acompañado las pesadillas de muchas generaciones, a pesar del avance en los efectos especiales que hace que las apariciones del rostro del demonio, por ejemplo, no sean ya demasiado impactantes.

Pero más allá de los efectos visuales, la apuesta y el verdadero terror está en el corazón mismo de la historia. Hay un elemento central y quizá imperceptible que nos hace removernos en la butaca desde el principio: el mal encarnado en una figura inocente de una niña. Este elemento es que el que hace posible todo el juego de contrastes, el que nos identifica con el sufrimiento de la madre y que también nos acerca a la desesperación de Karras que no encuentra un sentido en la posesión de un ser inocente. Pero vamos poco a poco recordando y pensando de la mano de este clásico del director William Friedkin.

El mal radical y la infancia, un contraste fundamental para el film de horror. - tuitéalo    

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Después de secuencias que nos van adentrando en la circunstancia de cada uno de los personajes, nos centramos en la dulce Regan y Chris MacNeil (Ellen Burstyn), su madre. Asistimos, entonces, a la lenta transformación de la niña en demonio. En un principio todo es cuestión de lenguaje y comportamiento: malas palabras, agresividad y aparentes problemas de sueño. Los médicos recomiendan fármacos y, antes su poca eficacia, comienzan con estudios dolorosos que nos llevan a compadecernos de Regan. De manera paralela podemos ver la historia del Padre Karras quien pierde a su madre y parece caer en un estado de desesperación. Sabemos que las historias se cruzarán, pero será hasta que la ciencia baje los brazos y se rinda ante la falta de evidencia somática.

La posesión diabólica hace que la transformación vaya dándose a pasos agigantados. De una escena donde Regan interrumpe la fiesta de su madre orinando sobre la alfombra a una impactante escena donde se introduce un crucifijo en el área de la vagina mientras grita “let Jesus fuck you!”. La culminación de la escena está en el ya mítico giro de cabeza que todavía hoy pone los pelos de punta. Una memorable (por el horror) secuencia que marca el punto de quiebre para que entre en escena Karras que, como psiquiatra que es y dada su reciente pérdida, comienza con una actitud escéptica ante los hechos que le narran. El contraste entre la personalidad demoniaca y el cuerpo infantil descolocan a cualquiera. Esto es algo que el cine de horror japonés explota muy bien, pues genera una especie de horror moral que llega a revolver el estómago. En otras palabras, la incoherencia entre el discurso, la acción y la persona juegan con nuestros esquemas para despertar el sentimiento de horror, que no es lo mismo que el espanto. De hecho, las películas de nuestros días pueden dar mejores sustos, pero se han olvidado muchas de ellas de cómo generar auténtico horror.

El horror no es mero terror, es una profunda aversión anímica. - tuitéalo    

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El horror es algo que emana de uno mismo, es un reacción anímica ante algo: lo horroroso que eriza la piel. No es nada más un miedo intenso (esto sería el terror), sino una profunda aversión ante lo que tenemos frente a nosotros. Es por ello que la posesión de una niña es fundamental para generar el potente efecto. De hecho, éste comienza desde los personajes mismos que se ven sobrepasados por la situación. La desesperación de Karras es tal que, tras la muerte del Padre Merrin (Max von Sydow), termina golpeando el cuerpo de la niña (otro momento chocante y horroroso) para forzar al demonio a poseerlo a él y acabar así con el horror. Su acción es un sacrificio muy propio de una actitud religiosa, es decir, sacar el pecado del cuerpo a través del sacrificio: redención tras la turbulenta experiencia por la muerte de su madre que, ademas, permite redimir al mundo concentrado en la esfera de los personajes involucrados. Así los círculos se cierran y la vida retoma su curso normal. Aunque las cicatrices permanezcan tanto a nivel físico como psicológico y nosotros quedemos de nuevo sorprendidos por la intensidad del film.

Una importante lección para quien quiera aventurarse en el género. Claro que hay otras líneas y otros elementos. La fotografía, la iluminación, la música, la relación entre ciencia y religión… todo sumado para generar un auténtico clásico del cine que cualquiera puede disfrutar. Aunque no le guste saltar de vez en cuando del sofá y tener algunos malos sueños. Las secuelas del film no han corrido con tanta suerte, lo cual muestra la dificultad de encontrar una fórmula mágica para el éxito. Pistas las hay, pero después es necesario el ingenio de cada uno para llegar a despertar el horror.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

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