Elegir el mal, notas sobre la condición humana

La libertad implica la posibilidad de elegir el mal

El mal es de esos temas que parece que tenemos perfectamente definidos y controlados pero que, como en una pesadilla, se nos escurren entre los dedos en cuanto intentamos mirarlos con atención. Las estrategias de definición no están muy lejos de las que encontramos cuando pensamos en el concepto de bien: podemos hablar directamente de lo que es (vía positiva) o bien llegar a él por una vía negativa (el bien como ausencia de mal o viceversa). En cualquier caso el mal, como el bien, adquiere realidad y presencia a través del rostro humano. Es esto precisamente lo que que aquí interesa resaltar.

El mal, en efecto, es una realidad, un elemento palpable en la conducta y en el hacer humano. Hay algo que nos dice: esto no es lo que debería hacerse, esto no debería ser así. Pero estamos ya ante un conjunto de invitados que nos alejan de la definición del concepto central: conducta, hacer humano, deber… La constelación se va haciendo complicada y despejar la incógnita es cada vez menos intuitivo de lo que parecía. He aquí que damos con una palabra clave: intuición. ¿Distinguir el mal es algo que nos viene ya dado o por el contrario responde a una determinación externa que hemos de aprender? El tufo del relativismo nos asalta ante esta pregunta y es ante él que tenemos que estar prevenidos.

El mal nos pone al desnudo

La reflexión sobre estos temas es necesaria, pero lamentablemente no es suficiente para detener esa realidad de las manifestaciones del mal de las que hablamos antes. De ahí que realizar una toma de postura suela ser apremiante y sin duda siempre indispensable. No solamente por la presencia del mal a gran escala con sus devastadoras imágenes de guerra, hambre y discriminación (entre otras tantas), sino porque también en el día a día nos enfrentamos a la necesidad de calibrar bien la brújula de nuestra conducta. ¿Qué podemos esperar de los grandes problemas si somos impotentes e indiferentes ante aquellos más cotidianos?
Hablar sobre el mal implica desnudar las propias ideas y convicciones. - tuitéalo    

Powered by Vcgs-Toolbox

Pero acercarse al tema implica comenzar a poner sobre la mesa todo un conjunto de creencias y presupuestos hasta desnudar por completo la estructura que sustenta nuestros comportamiento. Esta es una operación que no siempre se soporta o se tolera. La menor observación sobre posibles inconsistencias, por no decir absurdos, termina por convertir la discusión en una defensa de la propia perspectiva o, lo que es lo mismo, a llegar a afirmar lo relativo que es el tema. La perspectiva como argumento es la renuncia a la tensión del pensamiento. - tuitéalo     Se abandona la posibilidad de tomar partido de manera decidida, de poner a prueba las propias convicciones dejándolas a salvo e intactas. Es preferible asumir que todo vale antes que arriesgarse a demostrar que nuestra propia perspectiva no tiene sustento.

El mal y la vía divina

Pero, ¿qué otras opciones nos quedan ante el mal como problema? Aquí simplemente se destacaran un par de posibilidades de abordaje. La primera tiene que ver con una vía que nos orienta mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Se trata, por supuesto, de la vía divina, es decir, de la búsqueda de un principio ajeno a este mundo que sirva de garante de verdad y validez de lo que se define por el bien o por el mal. Se pone al responsable en otro lado ya sea en su versión luminosa o en la más siniestra. El mal, entonces, es obra de una entidad perversa que pone tentaciones en el camino, que rige y gobierna en la cara oscura del valor. Mientras que, por otro lado, hay una divinidad que ha dictado claramente leyes que nos mantienen en el recto camino.
Ante la necesidad de elegir el relativismo clama por una autoridad externa. - tuitéalo    

Powered by Vcgs-Toolbox

Seguramente más de alguno dirá que esto está muy lejos de su pensamiento. Pero cuando abrazamos la relatividad del mal lo que hacemos es renunciar también a la posibilidad de una autoregulación, es decir, estaríamos muy cerca de aceptar que la cuestión es tan complicada que se requiere de un tercero absolutamente objetivo para dirimirla. Seamos sinceros: no hay moral particular, la cuestión del mal se decide también en un contexto social y compartido por más que pueda tener su origen en una decisión personal. Lo que es más, es precisamente este último punto el que haría indispensable un conocimiento profundo de uno mismo para determinar las propias posibilidades de hacer el bien o de hacer el mal. En otras palabras, cuando no renunciamos a la tensión del pensamiento y nos ponemos de cara al problema estamos más cerca de descubrir nuestro propio rostro maligno: única manera de hacer algo con él.

Gnóthi seautón y las posibilidades del mal

Esto abre la segunda de las vías que aquí quiero delinear. Se trata del camino que nos heredaron los griegos con su invitación al autoconocimiento. El punto de partida es completamente contrario al del relativismo que enmascara la necesidad de una autoridad trascendente. Dicho en palabras de Rüdiger Safranski: “El bien es accesible para el hombre, y éste puede realizarlo por sus propias fuerzas. Se requiere a este respecto una comprensión de lo posible para el hombre, no una gracia trascendente”. De lo que se trata, por tanto, es de poner la responsabilidad en el ser humano mismo que es el único lugar donde el bien y el mal toman forma: es él quien elige uno u otro camino en función de sus posibilidades. Razón por la cual es indispensable un conocimiento de sí mismo.

El autoconocimiento es la vía de la verdadera autonomía. - tuitéalo    

Powered by Vcgs-Toolbox

El primer esfuerzo, la primera manifestación de fuerza hacia el bien, es precisamente el no renunciar a la reflexión, no dar la espalda al pensamiento que busca indagar con respecto a la propia condición. Tomar con coraje en las propias manos la cuestión del mal es ponerse de cara a la posibilidad de hacerlo y, de hecho, de haberlo realizado ya antes. El criterio de verdad y de bondad, en este caso, estaría entonces en concretar un cambio, una mejora del hombre a partir del reconocimiento del mal camino andado. Dada la armonía que asumían los griegos (particularmente en la línea platónica) entre el alma y la ciudad, esta mejora tendría su eco inevitable en el ámbito público. Renunciar al propio conocimiento, por tanto, es ya una manera de elegir el mal y perpetuarlo también para los otros.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby   •  

    No achaques a la maldad lo que pueda ser explicado por la estupidez.

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón, esta es otra de las posibilidades en la línea que se centra en las capacidades humanas. Esa “maldad” sería precisamente la versión que hace del mal un personaje fantástico, mientras que la estupidez sería una de las posibilidades de lo humano sin más. Autonomía contra dependencia de un criterio externo. ¡Abrazo roedor!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.