“Elegía”, Roth y el lamento de una vida cualquiera

Una densa pero interesante novela de Roth

El autor elige para su libro el título Elegía y ya desde ahí los sonidos del lamento se escuchan por toda la sala. Una, dos, tres paletadas de tierra a la tumba del protagonista. El arranque no puede ser más claro: la muerte estará presente en todo momento y la elegía, el lamento por la pérdida paulatina de la vitalidad, será el tono en el que se moverá la historia. No asistimos a la edificante historia de una vida ejemplar, sino a la descomposición y lenta resignación de un hombre que poco a poco ve cómo la vida le abandona. Un tono desencantado, denso, pero no por ello resulta menos fascinante.

Hagamos una corrección a lo dicho: el autor no ha elegido ese título para su obra. Philip Roth, escritor norteamericano, pone por título al libro Everyman. Quien traduce nos propone ya una perspectiva con respecto a lo que el autor quiere contarnos. Decisiones como esta, no obstante, condicionan hasta cierto punto la lectura haciéndonos pasar por el libro con una idea en la cabeza. La elección de Roth destaca lo ordinario de la historia de este publicista que se ha casado tres veces, tiene tres hijos en los que encuentra tanto desprecio como compasión. Sí, no hay nada nuevo, nada extraordinario sino la simple vida de un hombre cualquiera que va decreciendo y acercándose al final. De hecho ni siquiera llegamos a conocer el nombre del protagonista, gesto que nos hace poner, en efecto, un rostro cualquiera en la historia. La maestría del novelista está en que de lo fortuito extrae elementos de una agudeza abrumadora. Pongamos que estamos frente al mar, contemplando y nada más. De pronto, en una escena como esta, aparece la pregunta:

¿Durante cuánto tiempo podía mirar el subir y bajar de la marea sin recordar, como le sucedería a cualquiera que se sumiera en una ensoñación ante el mar, que la vida le había sido dada, como a todo el mundo, al azar, de una manera fortuita, pero una sola vez y sin ninguna razón conocida o conocible?

Lo gratuito de la existencia, la carencia de sentido tan sensible para alguien que carece de una fe concreta, se hace patente rompiendo lo poético. No es un mero lamento, es una observación que hace evidente un problema que nos angustia y ante el que estaremos obligados a reaccionar tarde o temprano. El protagonista, a sus setenta años, se recluye en asilo en Nueva Jersey y desde ahí repasa las acciones de su vida. Intenta mientras tanto recuperar una vieja pasión por el arte, lo que se complementa con recurrentes visitas al cementerio. La muerte, en efecto, está siempre presente, siempre rondando, a pesar del vano intento por alejarnos de ella, por hacer que se olvide de nosotros. Pero en el recuento no dejan de aparecer los encuentros cercanos, las visitas al hospital, la desaparición de los padres y el lento pero imperturbable trabajo de doña muerte llevándose a los seres cercanos.

La muerte está siempre rondando, a pesar del vano intento por hacer que se olvide de nosotros. - tuitéalo    

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La infancia en los barrios judíos de Nueva York y otras tantas coincidencias entre el personaje y el autor permiten pensar en una especie de ejercicio de reflexión. Roth se enfrenta con el tema de la muerte a través de su texto intentando, quizá, ganarle la partida como el personaje de El séptimo sello de Bergman. Aunque en lo particular no soy partidario de estas lecturas que buscan en la vida del sujeto creativo las explicaciones de sus creaciones. Es inevitable que algo de la propia vida se refleje en la obra, pero ésta tiene una vida propia y alcanza dimensiones que no se pueden imaginar ni explicar a partir de lo que el autor es o hace. Así, no se trata de intentar ver arrepentimiento, miedo o alguna búsqueda de reconciliación. Suspender el juicio para atender a la meditación de un hombre en el tramo final de su vida, reconociendo y asumiendo los pasos que le han llevado hasta el sitio donde se encuentra sin caer en los pesados cajones de lo bueno o lo malo.

Porque la fuerza más intensamente turbadora de la vida es la muerte. Porque la muerte es muy injusta. Porque una vez que has saboreado la vida, la muerte ni siquiera parece natural.

Un libro que no es precisamente ligero. La vida de un hombre cualquiera nos inquieta, nos hace preguntarnos por el sentido de la vida en general de manera casi imperceptible. Eso no significa que el poético lamento de Roth deba sumir a quien le lee en la miseria. Es precisamente por eso que resulta necesario saber que nos hablan de una vida cualquiera, porque es entonces cuando es posible darle una respuesta propia, una que dé un sentido a lo que parece no tenerlo. Distancia o acuerdo, la opción no está determinada de antemano. Por lo que no queda sino visitar al publicista y ver cómo su vida entera le pasa ante los ojos. Algo que puede pasarle a cualquiera, pero que demanda de quien le lee una reacción. Un gran libro del norteamericano perfecto para aquellos que gustan de una lectura que les lleve a la reflexión.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. jony   •  

    Interesante artículo. Mira que normalmente no suelo leer crónicas de libros, pero mehas obligado a leerlo entero y eso es por algo :).
    Un saludo!

    • Carlos Girón   •  

      ¡Muchas gracias por el comentario! Me alegra que te haya servido para acercarte a este gran escritor. Seguro que disfrutas del libro, así que ya me contarás tus impresiones. ¡Saludos!

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