Dallas Buyers Club, una puerta para la transformación

Notable su trabajo y la transformación

Si pudiera definir en una sola palabra esta película sería esta: transformación. Algo que se da en tres niveles principalmente. Por un lado, la que ocurre en el físico de los protagonistas para dar vida a sus personajes. Por otro, lo que cambia dentro del espectador al presenciar la cruda historia de quienes son etiquetados socialmente por un diagnóstico médico como el del VIH y, finalmente, la denuncia de una transformación urgente del mecanismo a través del cual se desarrollan los medicamentos.

Matthew McConaughey y Jared Leto dan vida a Ron Woodroof y Rayon, respectivamente. El primero es un vaquero de rodeo, un auténtico semental del estado de Texas entregado al sexo, las drogas y el alcohol. Parece increíble, pero la película se desarrolla en 1985, tan sólo veintinueve años atrás. Lo que tenemos ante los ojos es una historia reciente, es una herida todavía abierta en la humanidad. El virus de la inmunodeficiencia humana fue descubierto en 1983, aunque el sida tiene su fecha de nacimiento dos años atrás cuando algunos casos de neumonía se combinaron con la presencia de sarcoma de Kaposi. Los pacientes tenían en común una cosa: eran homosexuales.

Una historia sobre la herida de la humanidad todavía abierta. - tuitéalo    

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Uno de los nombres que se propuso para la recién aparecida enfermedad fue el de GRID o Gay-related immune deficency. Así, desde la medicina, se contribuía a dejar una huella de discriminación que es precisamente a la que se enfrenta Woodroof tras ser diagnosticado. El sida, entonces, nace ya como una etiqueta en la que se incluye una especificación sobre las preferencias sexuales. Algo que no era fácilmente aceptado en un ambiente como el del rodeo en Texas. Es así como el protagonista termina encontrándose en un medio muy distinto al que acostumbraba, aunque uno en el que la lucha por vivir y la dignidad se hacía cada vez más apremiante. Rayon, transexual, será quien le enseñe que cuando se trata de la vida poco importa lo que te gusta hacer en la cama.

McConaughey y Leto se transforman por completo. Algo que, como ya ha quedado claro, le encanta a la Academia. Aunque hay que decir que ambos dan notas muy altas en el film y retratan de excelente manera la terrible experiencia vital de un paciente que sabe que la muerte está muy cerca. Hay pocos momentos para compadecerse, pues la historia nos muestra el espíritu de lucha ante una industria que todavía hoy sigue respondiendo más al sonido del dinero que al clamor de los enfermos. Lo más nauseabundo de la película es ese personaje de muchos rostros y poca ética: las farmacéuticas. De aquí que el viaje vital de Woodrof no quede nunca libre de obstáculos del tamaño de la FDA (Agencia de Alimentos y Medicamentos).

Una enfermedad con un devastador colorante moral. - tuitéalo    

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Imposible no sentirse indignado y conmovido por la lucha de un grupo que, además del dolor físico, han tenido que padecer del aislamiento social. De aquí el espíritu de transformación que sobrevuela toda la trama. Estamos ante un club que nos hace preguntas directas a la cara, que nos muestra sin tapujos lo acontecido en el turbulento nacimiento de una enfermedad que nunca se salva de la compañía de un colorante moral igualmente devastador. Encomiable por eso la labor de los protagonistas que, dentro del espíritu de lucha, muestran el humor con el que se pueden enfrentar tan desafortundas circunstancias. Humor que, como no podía ser de otra manera, juega con el absurdo.

Estamos ante una excelente película donde los protagonistas: Woodrof, Rayon, la industria farmacéutica y el sida, retratan un problema que hoy sigue buscando una salida. Por eso, al aparecer los créditos, no queda sino preguntarse cuántos años faltarán para transformar ese perverso sistema que lucra con la salud de los seres humanos. Y los grandes capitales detrás de este negocio, ¿duermen tranquilos? No me cabe la menor duda de que así es. Pero para eso tenemos este tipo de obras, para eso están las historias que nos llaman a despertar para inquietar el sueño de los sin-vergüenza. Película recomendada, sin duda alguna. Ah, y ni hablar DiCaprio, será para la próxima.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

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