Cultura y producción o sobre arte y mecenazgo

Hay que pensar las relaciones entre cultura y producción

La difusión de la cultura es una tarea fundamental para alimentar un espíritu crítico en la sociedad. Difícilmente podremos negar que una multiplicidad de estímulos culturales favorece un ejercicio del juicio poniéndonos más cerca de comprobar la vecindad entre ética y estética en nuestro día a día. Pero para difundir se supone que esos estímulos están ya ahí previamente, es decir, que antes de la difusión está la producción. Es aquí donde la figura del mecenas adquiere relevancia, pues las actividades culturales no se distinguen por su rentabilidad en términos económicos. Cultura y producción, además, son términos que podrían parecer como agua y aceite.

De aquí se agradezcan profundamente textos como los que la Fundación Arte y Mecenazgo nos ofrece en su cuadernos. La cuarta edición titulada Los cauces de la generosidad es una verdadera joya que fomenta la reflexión en torno a estos temas y que, evidentemente, es una acción que ya forma parte de la difusión de la cultura. En este caso se cuentan con colaboraciones de Francisco Calvo Serraller, Victoria Camps, José Antonio Marina y José Luis Pardo. Personajes que no necesitan mayor presentación y que desde su particular óptica ofrecen elementos para pensar la relación entre el arte y el mecenazgo. De manera particular me gustaría detenerme en la perspectiva de Victoria Camps en su texto Ética y mecenazgo porque es ahí donde me parece que podemos ver con mayor claridad esta importante relación entre cultura y producción.

Cultura y producción: la cuestión de la utilidad

¿Para qué sirve el arte? La pregunta puede hacerse más general hasta abarcar todos los ámbitos que generalmente vinculamos a la cultura. El asunto es que este para qué no necesariamente cuestiona fundamentalmente el sentido, sino que esconde más bien un prejuicio o estructura de pensamiento (como gustaría decir al estructuralismo) que da al para qué un sentido muy particular, a saber, el de la utilidad que se mide cuantitativamente a través de un valor económico. Camps rescata pertinentemente las palabras de Antonio Machado: «Sólo el necio confunde valor y precio». ¿Para qué un cuadro, una partitura o una novela? Para recrear estéticamente la existencia, para producir un placer estético que solo es posible en esa sana dimensión del ocio, para abrir un ventana en un sala donde la toxicidad del aire aumenta peligrosamente.

Sólo el necio confunde valor y precio. Antonio Machado - tuitéalo    

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La utilidad, por tanto, puede relacionarse con distintas escalas. Una obra de arte es un producto, es decir, es la culminación de un proyecto que ha sido llevado adelante por parte de un sujeto creador. Su utilidad no se puede medir en función del precio que obtiene en el mercado, pues el placer estético, la fruición, no encuentran aquí un rasero que permita una medida inequívoca y mucho menos uno que sirva para calificar la obra. Podríamos añadir entonces un concepto muy cercano al de utilidad: el interés. La pregunta entonces sufre una interesante variación: ¿qué interés hay en la producción de obras culturales? Esto sin duda permite entrar de mejor manera en esa vecindad que ya insinuamos, a saber, la que existe entre ética y estética.

El interés del mecenas

Habría que aclarar que no se trata de plantear aquí un perspectiva demasiado purista que condene todo tipo de cercanía con el mercado y el precio en tanto que modo de expresión de un tipo de valor. De hecho, es aquí donde encuentro uno de los puntos importantes del texto de Camps: no es el interés económico mismo el que puede desvirtuar la relación entre cultura y mercado sino los actos deshonestos que se esconden detrás de una supuesta generosidad o búsqueda de protección de un valor cultural. Dicho en palabras de la autora: “El valor del arte se desvirtúa cuando lo comercial prevalece sobre el valor intrínseco”. Todavía más si el interés comercial se traduce en prácticas inmorales e ilegales que buscan en la filantropía una tapadera. Es precisamente aquí donde se pone de manifiesto que ahí donde se busca fomentar aquellas actividades de valor estético no cabe el dar la espalda a los valores éticos. 

Creo que el ejercicio del mecenazgo sólo es claramente inmoral cuando incurre en prácticas delictivas, como el blanqueo de dinero. Comprar y vender arte, patrocinar cultura, como parte de un negocio no es una práctica contraria a la ética. Sencillamente, desvirtúa el valor de la cultura a la que se pretende proteger. Victoria Camps, p. 31

Aquí hemos dado por sentado que la producción de arte requiere de un patrocinio o protección económica en la medida en que no es una actividad que puede recibir una remuneración como lo haría cualquier otro oficio. El tiempo y trabajo que se puede dedicar a una sola obra no es comparable con lo que un obrero produce en una jornada. El mecenas, protector, patrocinador o sponsor es precisamente el que demuestra un interés por ayudar a que se mantenga a flote esta actividad que difícilmente se sostiene por sí misma en un contexto de mercado. Su interés se transforma en un desinterés si es que el dinero es lo único que importa. Perspectiva interesante para entender mejor que el desinterés económico no es necesariamente una renuncia a cualquier otro tipo de interés. - tuitéalo     Aunque aquí queda por destacar un elemento que apenas y se toca en el texto de Camps: ¿cuál es la relación entre el interés del mecenas y el del creador o autor de la obra?

Cultura y producción: la libertad y el poder

Sabemos bien que el ideal está en la relación de mecenazgo donde la libertad impera: el artista puede hacer lo que le venga en gana con su obra. Lo cierto es que entre mecenas y autor se establece una inevitable relación de poder. - tuitéalo     Lo decisivo está en si el dinero se utiliza (este sí que tiene una utilidad concreta e inequívoca) para ejercer una coacción sobre forma y fondo de la obra o si se deja ahí sin más como auténtica moneda de cambio para recibir a cambio un producto cultural que se traduzca en mayor estatus o que simplemente se done al conjunto de la sociedad. Poner bajo la lupa este elemento es, me parece, algo fundamental para acercarnos más a un círculo virtuoso donde el interés ético del mecenas se refleje cabalmente en la producción estética del artista.

El micromecenazgo abre una interesante ventana para la producción cultural. - tuitéalo    

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Las plataformas de crowdsourcing y el micromecenazgo abren una oportunidad para que los creadores realicen con libertad sus proyectos adquiriendo un compromiso directo con el público y no con una figura o corporación que le patrocina. Este sería un campo en el que cultura y producción se vinculan desmitificando la necesidad de una especie de héroe millonario que patrocine las actividades culturales. La base social misma sería capaz de soportar y promover la producción cultural siempre y cuando cuente con las herramientas necesarias para organizarse. Valdría la pena detenerse a reflexionar y pensar en términos ético-políticos la pertinencia y valor de estos espacios. Otro tanto podría decirse desde la estética si nos detenemos a valorar lo que ha sido posible gracias a estas plataformas. Esto, sin duda, es un tema pendiente y todavía en proceso.   

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby   •  

    Lamentablemente, la mayor parte de la cultura suele ser el escaparate de la política.

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón. Creo que elementos como el micromecenazgo nos permiten tomar el escenario para llenarlo de un coro ciudadano. Las herramientas de la red todavía tienen mucho que decir al respecto. ¿No crees? ¡Abrazo roedor!

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