Espejito, espejito… el cuerpo entre cuentos y psicoanálisis

Un artefacto que nos fascina y que es fundamental para la propia imagen

La preeminencia de la mirada no es cosa nueva. El andar erguido del hombre ha hecho de la vista un sentido privilegiado (aunque no sea el animal más desarrollado en este sentido), máxime en un mundo que se define por lo que este bípedo tiene que decir sobre él. La producción de símbolos, o mejor, el revestimiento simbólico del mundo que va dando forma al amplio campo de lo cultivado, de lo cultural, pasa también por esta generación de imágenes ante los otros como espejos. Mi propia imagen, esa que asumo y con la cual me identifico, se genera en virtud de mi encuentro con el espejo que bien puede ser mi semejante. Espejo frente a espejo, el resultado sólo puede ser uno: infinita reproducción de imágenes. Algo que coincide con esa voluntad de saber que aborda al cuerpo generando saber tras saber sobre lo mismo pero otro.

De aquí que el espejo no sea mudo, es decir, que esta imagen que me devuelve el otro como espejo –devolución siempre invertida– me dice algo sobre mí mismo. Dos ejemplos para ilustrar este punto. El primero reside en el cuento de hadas recogido de la tradición germana por los hermanos Grimm, Blancanieves. La reina malvada del cuento genera una fantástica fórmula al espejo: “Espejito, espejito, ¿quién es en la Tierra la más bella de todas?” (Spieglein, Spieglein an der Wand / Wer is die Schönste im ganzen Land?) Y el espejo responde no sólo con la reflexión, sino de viva voz: “Tú, mi reina, eres la más bella de todas”. No basta, entonces, con la imagen, no es suficiente el yo sino que éste debe doblarse a fin de acompañar al reflejo con una sanción en voz de otro. Es el espejo el que responde, es en él donde está el saber, en el reflejo y no en lo reflejado. La enajenación es tal que cuando la reina de la historia deja de recibir de éste lo que esperaba, se desata una lucha a muerte por recobrar la identificación con la imagen de belleza deseada.

El cuento nos muestra que no es suficiente la imagen del espejo, hace falta la voz del otro. - tuitéalo    

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Esta “inocente” forma se repite en el diván del psicoanalista. El silencio imperante en la sesión de análisis constituye un hablar al vacío, a un otro que estando frente o detrás de mi no hace más que lo que haría mi propio reflejo. Cuando este otro habla es porque la formula del espejo mágico se ha pronunciado y es cuando llega el momento de responder, de devolver un saber ante el cual puedo identificarme o rechazar e iniciar la lucha a muerte. Es en el otro en silencio, el otro que me hace de espejo, en donde recae el saber.

Pero, ¿quién es la voz detrás del espejo? En el caso del análisis (y muy probablemente también en el del cuento) el retorno del discurso no es sino eso otro que se ha escuchado en lo mismo que he dicho. En otras palabras, es la devolución invertida de mi misma voz que ha pasado ya por el artilugio del espejo. Detrás de éste, entonces, hay un fondo opaco en el que se sitúa el inconsciente que, por un momento, emerge de la opacidad y le revela al yo un detalle de su imagen que le había pasado desapercibido. Eugenio Trías describe esta experiencia del análisis en los siguientes términos: «Delante suyo, el vacío, que sólo con sus narraciones va poblando. Detrás suyo, una presencia, la presencia del otro, una presencia invisible, un ojo que mira pero que no puede ser visto».

Es en el otro en silencio, el otro que me hace de espejo, en donde recae el saber. - tuitéalo    

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Este proceso coincide con el mecanismo de la confesión que Michel Foucault describe. En efecto, «la confesión es un ritual de discurso en el cual el sujeto que habla coincide con el sujeto del enunciado». Lo que acontece, entonces, es una confesión ante el espejo que genera la ilusión de que es el reflejo quien habla y me devuelve una verdad de la que no era del todo consciente. De entre las capas de identificaciones imaginarias, de entre esa infinita reproducción de imágenes que es resultado de ser espejo frente a espejo que siempre está siendo mirado, surge una voz que enuncia mi verdad (al menos parcialmente). La fijación imaginaria se desgarra, es decir, la supremacía de la imagen se ve socavada por un instante despertándonos de esa dimensión de ensueño. Es justo ahí donde surgen las preguntas: ¿quién habla?, ¿quién está detrás del espejo?

Toda la carga simbólica, la infinita reproducción de máscaras que nos constituye, deja escuchar detrás una voz que nos inquieta. La cultura se sostiene sobre este juego interminable de reflejos. Nuestro propio cuerpo está determinado por la identificación imaginaria que, como vemos, supone un saber que me viene de otro. El cuerpo, por tanto, se inserta imaginariamente en la cultura que atiende más a la representación simbólica del mismo que a su materialidad viviente. Cuando la voz suena e inquieta bien podemos volver lentamente a la normalidad del reflejo, restaurar la identificación y operar el retorno a la cuna cultural, o indagar para comenzar la lucha por encontrar el origen de esa voz que, en teoría, no es sino mi propio mensaje devuelto de manera invertida. Indagar implica atender ya no a la superficie del reflejo, ya no solamente al saber recibido de la voz misteriosa, sino interrogar a la opacidad detrás del espejo. ¿Qué hay detrás en esa opacidad? ¿Soy yo realmente el mismo que este sujeto que enuncia?

La cultura se sostiene sobre un juego interminable de reflejos. - tuitéalo    

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Las respuestas a estas cuestiones se multiplican, y ante ello debe levantarse la sospecha. Al cuestionar quién o qué se esconde en la opacidad del espejo toparemos con conceptos como alma, espíritu, sujeto… todos ellos habitantes de una zona indeterminada donde la visión deja de ser reina. O al menos la visión física, la que se ejecuta con los mismos ojos que ahora van siguiendo estas líneas. Queda entonces el acto de rebeldía que se atreva a romper el espejo, a acabar con la identificación que se basa en la imagen reflejo. ¿Qué queda cuando el espejo se rompe? Nada, la pura opacidad que revela la necesidad de continuar sin imagen. Vamos a ciegas en busca de esa voz que nos ha despertado del sueño imaginario. Puede generarse la tentación de pensar que tras la ruptura del espejo viene la liberación y la angustia que le suele acompañar: ya no está mi propia imagen en la superficie reflejante como punto de apoyo seguro para el retorno. Lo que hay es pura indeterminación en donde buscar los rastros de la voz del misterio.

Pero puede que quede algo, y es que la ausencia de imagen nos deja una huella psíquica, una construcción imaginaria de ese rostro ahora ausente. Vivimos, por decirlo de alguna manera, a través de esa representación, así como la voz se escucha a través de la máscara. Comienzo a ser ahora ese rostro del espejo, la voz se busca y se persigue detrás del reflejo que ahora no es otra cosa que mi máscara. Devengo persona en la que resuena una identidad escurridiza, pero esa resonancia no pertenece a una sola imagen, a una sola máscara.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

5 comentarios

  1. Bolboreta Papallona   •  

    Nuestros propios textos son el reflejo que nos muestra el espejo y, aunque quedan escritos como un lienzo, traen voces diferentes en cada momento y para cada persona. Incluso para nosotros mismos.

    • Carlos Girón   •  

      La capacidad de escuchar la propia voz, ya sea en texto o en cualquier otra forma de relato, es una que debe desarrollarse poco a poco. Es curioso que una de las cosas que aprendemos a ignorar es justamente esa voz propia. El peso de la mirada y la voz del otro es la que juega entonces un papel fundamental en la imagen que nos hacemos de nosotros mismos. Por esto tanto gurú suelto que promete ponerte en contacto de nuevo contigo. Ya luego podemos avanzar hacia ese horizonte en el que descubrimos y aceptamos sin temor alguno que nuestra voz es polifónica sin que ello signifique que algo anda mal. ¡Gracias por tu comentario querida mariposa!

  2. Carlos Girón   •  

    ¡Es un magnífico juego! Además uno que es utilizado como recurso en el cine una y otra vez. Lo que toca después es aprender a seleccionar reflejos entre las infinitas posibilidades para armar el coro de la personalidad sin por ello perder lo que llaman autenticidad. Que, dicho sea de paso, no está casada con la univocidad.

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