“Coco” y la dimensión universal de una tradición local

Coco logra mostrar lo universal en una tradición

Tengo que decirlo desde ahora: con Coco, la nueva entrega de Pixar, no puedo ser completamente objetivo. El maravilloso trabajo de inmersión en los detalles del paisaje mexicano, así como su capacidad para crear y recrear con esa mágica paleta de colores que ofrece, me han conmovido desde el minuto uno de la película. Ha sido inevitable el reconocerme en esas notas, en esos rincones, en esa gran variedad de tonalidades que van desplegándose cuadro a cuadro. Esto no es sino la confirmación de que Pixar lo ha hecho de nuevo. Parecía que con Del revés (Inside out) el listón había quedado demasiado alto, pero Coco muestra que los retos están hechos para superarse.

Es verdad que el guión es mucho menos elaborado y complejo que el de aquel enrevesado mundo de las emociones. Pero sería un error pensar que esto demerita lo que Coco nos ofrece. Detrás de este hermoso homenaje a una de las grandes tradiciones de México se encuentra una idea muy sencilla, pero precisamente por eso muy potente. La tradición, precisamente, implica pensar la relación entre el pasado y el presente sobre el cálido suelo del recuerdo. La memoria, en efecto, es fundamental para construir una identidad no solamente en el individuo, sino también en un colectivo. De aquí que la película sea un despliegue de la memoria de un pueblo que hace eco en lo universal del recuerdo que nos une a nuestros ancestros.

Ay de mí, llorona

Los hilos de la identidad se van entretejiendo lentamente. Ya en la secuencia inicial se habla de la partida de un padre en busca de su sueño que en Coco toma forma musical. Pero no puede pasarse de largo que esto representa una realidad de los pueblos de México. La migración hacia los Estados Unidos contribuye a generar pueblos habitados por mujeres y niños a la espera de noticias del padre. Éste emprende un peligroso viaje del que quizá no habrá de regresar. Pero las madres no tienen tiempo de llorar. La familia sigue y crece con la fortaleza de las mujeres mexicanas que esperan hundiendo las manos en la tierra, buscando en la naturaleza la artesanía o el aroma que habrá de ser el sustento de un hogar. Mientras tanto, desde la ventana, una mirada inocente sueña con el regreso de los que se han ido.

La madre es el rostro de la fuerza vital que nos da vida. - tuitéalo    

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La espera activa de lo materno es la fuerza motora de las tradiciones. No puede dejar de verse este importante aspecto en la composición familiar. La figura materna se presenta como la fortaleza, como el inicio de una tradición que es un constante recordatorio de lo importante que es levantarse y seguir el camino. Pero el pasado es siempre un referente. Lo que se deja atrás nos acompaña en la memoria que se remonta mucho más allá de lo que un individuo alcanza a recordar. Por eso el altar de muertos es un lugar de la memoria donde lo milenario se funde con la genealogía familiar. Este tipo de memoria es esencial para los hijos de la malinche. La madre, rostro de la fuerza vital que nos da vida, se funde con la peculiar forma de culto a la muerte dando forma a la cosmovisión de la que ningún mexicano puede escapar.

Coco y el mundo de los muertos

Toda cultura tiene un relato en relación al mundo de los muertos. Lo que hay después de la muerte puede ser más o menos accesible desde este plano de realidad. En el caso de Coco se recupera la idea del retorno de aquellos que han partido durante el día de muertos. La peculiaridad está en que el viaje se invierte: es un vivo el que visita a sus ancestros en el mundo de los muertos. Como es de esperarse, este viaje ha de aclarar el panorama del héroe dotándole de plena identidad y cerrando las heridas del pasado. El eslabón que faltaba vuelve a su sitio para abrir nuevas posibilidades de futuro. Pero lo que llama la atención es el alucinante trabajo de Pixar que toma los elementos esenciales de la celebración para dar forma a su propia variante.

El mundo de los muertos que propone Pixar se construye con los estratos de la memoria. - tuitéalo    

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Quienes crecimos con el peculiar aroma de la flor de cempasúchitl, el exquisito sabor del pan de muerto y el cuidado con el que se provee de comida al espíritu visitante, no podemos sin asombrarnos ante el meticuloso trabajo de los animadores. El mundo de los muertos es una variante de Guanajuato con guiños a la Ciudad de México y sus rincones. El famoso Palacio de Correos, por ejemplo. Pero el mundo de los muertos se construye con los estratos de la memoria. La base está en las culturas mesoamericanas y el desarrollo nos lleva hasta las torres más modernas. El puente entre los mundos es un deleite visual hecho con los pétalos de esa flor que casi se deja oler a través de la pantalla. Pero, de nuevo, la fuerza que mantiene y hace posible todo es la del recuerdo. Sin la voluntad de recordar no hay puente posible.

Lo universal en la tradición de un pueblo

Pero Coco logra destilar un mensaje universal más allá de los elementos que hablan desde la tradición de un colectivo específico. La muerte, suele decirse, es el más justo de los elementos que componen a lo humano. Todos hemos de morir. Ricos, pobres, altos y bajos. No escapamos a la condición mortal: la vida misma es una herida de muerte. No es de extrañar que el enterramiento y culto a los muertos sea uno de los puntos decisivos en el paso de meros homínidos a hombres portadores de civilización. Imaginamos lo que está más allá en un intento desesperado de alargar este espacio de conciencia que guardamos con recelo. En esa proyección, por supuesto, no estamos solos. Nuestros sueños de una vida post mortem se parecen bastante a ese mundo colorido y musical de Coco.

El recuerdo de los que han partido es el amor tendiendo puentes al pasado. - tuitéalo    

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La cultura mexicana tiene una peculiar irreverencia con la muerte. El humor, el color y el amor rodean el adiós vital. La muerte, como la música, constituyen idiomas universales. Por eso se llevan tan bien en el film. Pero en este caso son lenguajes que resuenan para dar rostro al recuerdo y sus recursos. Somos seres mortales, pero somos también hábiles tejedores de recuerdos. - tuitéalo     Aquellos con los que coincidimos en este mundo son la materia misma de esos hilos que unen a los corazones. Un poco como lo había imaginado Frida Kahlo o Remedios Varo. Eso, el recuerdo que nos une, es algo universal en esta peculiar tradición mexicana. Es por eso que en las salas de cine de todo el mundo las lágrimas llegan. Algo tan sencillo y evidente. Algo que parecería hasta una obligación, nos hace agua los ojos por su amorosa simplicidad: el recuerdo de los muertos es el amor tendiendo puentes al pasado. Sin esto los que se han ido se pierden. Se nos escapa entonces un recuerdo en forma de sollozo. Gracias Pixar por el recuerdo.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

  1. #Jerby @ratonbloguero   •  

    Carlos, es difícil ser objetivo cuando se trata de tu tradición. Aunque suene surrealista, la tradición es una subjetividad colectiva.

    • Carlos Girón   •     Autor

      Mi querido ratón, sin duda la tradición nos pone en juego como sujetos ante una realidad colectiva. Esa ha sido mi experiencia en una sala que proyecta una recreación de las tradiciones en las que crecí frente a personas de otras latitudes. Al final las lágrimas compartidas han sido humanas, demasiado humanas. ¡Abrazo roedor!

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