“El atlas de las nubes”, viaje en el tiempo de la mano del poder

El atlas de las nubes es una novela que nos lleva por el tiempo de la mano del poder

Ya lo dijo Cervantes en ese monumental cimiento de nuestra lengua: “Cada uno es hijo de sus obras”. Pero no solamente de aquellas de las que somos responsables, sino también de esas otras obras que nos acompañan y de las que disfrutamos. Por eso quiero rescatar y compartir un comentario a una de esas obras que me ha dejado cierta huella. Es hora de descender en el tobogán de emociones que nos propone David Mitchell en su libro El atlas de las nubes. Para comentarlo me centraré en la parte final de las historias que componen el libro, pero ya lo advierto: el vértigo es una característica de este desenlace.

Pero antes de precipitarnos sobre las historias y los personajes he de decir que una de las cosas más destacadas de la construcción de este libro está en el juego entre inicio y final que, como bien sabían los antiguos, tienden a tocarse. Los primeros pasos de los homínidos en un terreno que podíamos llamar como “proto-cultural” se da con la inscripción, con los rastros de una historia dejados sobre las paredes de una caverna. La capacidad del lenguaje, tan preciada para nuestra especie, permite ir pasando de ese rudimento pictórico a la narración oral cuyo soporte es la memoria. He aquí el juego de Mitchell donde los escenarios que pertenecen al futuro lejano tienen lo que desde el presente vemos como un lenguaje primitivo. ¿Será un defecto el que cuando intentamos tensar tanto como nos es posible la cuerda del tiempo terminamos hablando de algo que ya conocemos?

Sonmi y la revolución perenne

Estamos ante una huída constante, Sonmi debe salvar su vida y Hae-Joo la acompaña. Un mensaje se hace presente: nada es lo que parece. La sospecha es la actitud del revolucionario - tuitéalo    , alimento que hace ir desgarrando los velos de lo que se nos presenta. El deseo de saber es natural al hombre, lo ha dicho ya un sabio olvidado en la era de Sonmi: Aristóteles. ¿Son los fabricados, los clones, una especie que escapa a esta naturaleza? Todo parece indicar que no. La historia es más vieja que andar a pie: come del árbol de la ciencia y aprenderás a distinguir entre el bien y el mal. Antes de ese bocado maldito todo era inocencia, pero el deseo es una rueda que una vez se echa a andar ya no habrá quien pueda con ella.

La voz de Sonmi va creciendo en sapiencia, realmente nos regala momentos de una iluminación descomunal. El entrevistador se ve seducido por las golosinas que le ofrecen y termina mordiendo el anzuelo. La semilla está en la fuerza del discurso, en la confianza en que la verdad brilla por sí sola a pesar del paso del tiempo y de los esfuerzos por apagarla. He aquí una pequeña muestra:

Todo comienza con la ignorancia. La ignorancia genera miedo. El miedo genera odio y el odio genera violencia. La violencia provoca más violencia hasta que la única ley viene dictada por la voluntad del más fuerte.

Auténtico leitmotiv de nuestro autor y muestra de su voz propia en cada una de las historias: esta ley del más fuerte es el colofón de un proceso que se repite una y otra vez en la historia, variándose, cierto, pero manteniendo su esencia. Una vez descargado el veneno que nos ha mantenido devorando las páginas Sonmi puede descansar, se entrega a los brazos de uno de los únicos recuerdos que le son propios. Es hora de ver una película que nunca pudo terminar de disfrutar.

Cavendish escapa de los infiernos

La historia de Cavendish es un necesario respiro después del fuerte discurso político del futuro. Un personaje en particular conmueve y atrapa: el señor Meeks. Vaya sorpresa que nos da un viejecito al que poca o ninguna atención habíamos prestado. Se trata de dar cuenta de la peripecia necesaria para salir del agujero en el que Cavendish ha caído después de una vida de despilfarros. Mientras haya vida habrá tiempo de encontrarse con inesperadas aventuras, sin importar en qué pantano nos hayamos metido. Un plan que bien pudo haber terminado en desastre, pero que termina siendo una simpática forma de escapar para darse una segunda oportunidad. ¡Unos viejos subyugados se revelan y son capaces de escapar a la tiranía! Es esta alegría, este dejo de esperanza, el que llegará hasta Sonmi en sus últimas horas. No es una obra maestra, concedo eso, pero sí me parece que cumple una atinada función en el contexto del libro entero. Es una manera de recuperar el aliento y prepararse para una nueva descarga.

Luisa Rey y las cosas que valen la pena

¿Estarías dispuesto a arriesgar la vida por la verdad? Una pregunta muy pertinente en tiempos de papeles revelados. Luisa no se deja amedrentar por Smoke y sigue de manera decidida su camino. ¿Lo elige? Hay una compleja teoría del tiempo en el libro que todavía estoy intentando digerir, pero quizá aquí hay un elemento que deja ver las complicaciones del argumento de la novela. Por lo pronto Sachs hace una serie de reflexiones que anteceden a su muerte y nos dice:

Un modelo temporal: una matriosca infinita de instantes pintados; cada “muñequita” (el presente) está encerrada dentro de una serie de muñequitas (los presentes anteriores) que yo llamo pasado real, pero que todos percibimos como pasado virtual. Al mismo tiempo, la muñeca del “ahora” contiene una serie de presentes aún por venir, que yo llamo el futuro real, pero que nosotros percibimos como futuro virtual.

¡Vaya galimatías! Mitchell se ha metido en un terreno muy complicado. Pero ya nos encargaremos de esto más adelante. Por lo pronto tenemos un thriller bastante bien logrado. Es verdad que el personaje principal no parece aportar nada más allá de una férrea voluntad por cumplir con su deber, pero hay que reconocer que la historia emociona y te mantiene con el estómago contraído. Se mantiene, además, la red de intrigas, el poder que va urdiendo su telaraña esperando que no aparezca ese persistente viento revolucionario que le condena a comenzar desde cero una y otra vez. Luisa es la voz de este viento en la historia y la encargada de mantener viva la revolución: el compromiso con la verdad ha vuelto a encarnar. Después de cumplir la misión hay tiempo para entregarse al capricho de conocer el final de la historia epistolar del físico que la metió en este tremendo lío.

El sexteto o la vida

La estructura de la pieza musical de Frobisher es la misma que el libro del que hablamos. Una idea bastante wagneriana, por otra parte. Se advertía antes que la presencia de Nietzsche no era gratuita: son estos dos titanes los que luchan tras bambalinas mientras leemos. “El artista vive en dos mundos”, nos dice el joven compositor. No es raro que en las personas con talento estos mundos colisionen y uno de ellos se vea devorado por el otro. Esta es la desventura de nuestro héroe romántico: ante la disyuntiva que le hace elegir entre su obra o la vida sabe que la primera se ha llevado ya a la segunda.

El ser humano es una obscenidad. Preferiría ser música antes que un amasijo de tubos que exprimen y transportan semisólidos por todo su interior durante unas pocas décadas antes de deteriorarse tanto que dejan de funcionar por completo.

De nuevo las apariencias engañan. El viejo y su guapa mujer son más astutos de lo que parecían. La niña malcriada también se transforma y se convierte en el trágico motor necesario para la música de Frobisher. Mitchell lo hace de nuevo y teje ante nuestros ojos una estructura de poder para lanzársela a la cara a su personaje. La decisión es inminente, seguir encadenado o liberarse cueste lo que cueste. Humano, demasiado humano. El cinismo se disfruta, pero las más de las veces esconde un rostro frágil y vulnerable que busca incansablemente el calor del lecho perdido. Todo su andar es la búsqueda de este canto de cisnes que ahora resuena en una partitura en la que le va la vida.

Ewing y la última manifestación del poder

Los últimos serán los primeros. No es que me ponga en tono bíblico ahora, pero es que el contexto de esta historia bien lo amerita. La sal marina va haciendo que caigan las máscaras. El fin del viaje se acerca y es hora de mostrar las verdaderas intenciones: el pez grande se come al chico. Elemental y demoledora formulación de una máxima del poder. Sí, justo eso que se ha ido variando historia tras historia. Es justo aquí donde está el gran cínico, el que conoce el secreto aroma que acompaña a nuestra especie y se queda cómodamente instalado él. Dice el buen doctor Henry:

Pues simplemente, mi querido pastor, porque entre todas las razas del mundo, nuestra sed, o mejor dicho, nuestra avidez, de tesoros, de oro, de especias y de dominio, ¡oh, sí!, sobre todo del dulce dominio, ¡es la más aguda, la más insaciable, la más carente de todo escrúpulo! Es esta avidez la que alimenta nuestro progreso, no sé si con fines diabólicos o divinos.

Así planta cara a una nefasta teoría legitimadora del dominio, pero al mismo tiempo deja ver su verdadero rostro. Henry sabe de los males del mundo y no le molesta en lo absoluto reproducirlos. Del otro lado está el más bien bobo Ewing, una inocente palomilla que cree en el médico que le ofrece su ayuda. El viaje por el Pacífico le despierta, le pone de frente a la crueldad, por lo que al regresar ya no será el mismo sumiso y obediente que había partido. De nuevo la decisión se hace necesaria ante un contexto cruel y egoísta.

El poder nunca puede dormir tranquilo ante el susurro del cambio. - tuitéalo    

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“En un individuo, el egoísmo corrompe el alma; en la especie humana, el egoísmo significa la extinción”. Ese es el camino, la primera de las migas de pan tiradas en el bosque de la novela. Tirando de este hilo se llega hasta la caída y el mundo del buen Zachry. Pero no sólo el egoísmo nos acompaña, también está la obstinación. Esa que nos hace seguir luchando por cambiar lo que parece clara y definitivamente establecido. El poder nunca puede dormir tranquilo, pues a pesar de tener fuertes aliados está también la música de los vientos revolucionarios. Una música que tiene forma de sexteto.

El atlas de las nubes y el poder

El gran mensaje de la novela está vinculado con el poder. Por un lado, formas de sumisión, de dependencia, de esclavitud. Su contraparte está en los laberintos que llevan a la liberación, las maneras de llegar a una verdad que siempre ha estado ahí, pero que necesita volverse visible. Poder y contrapoder se enfrascan en una lucha que hace de motor a la historia misma, no a la de la novela, sino a la de la humanidad. La gran virtud, desde mi perspectiva, está en mostrar muy buenos retratos de época de este continuo que nos marca a todos.

El problema con los retratos está en el juego del tiempo. Bien decía San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta lo sé. Pero si quiero explicarlo entonces no lo sé”. Y no es ninguna tontería, se trata de una forma excelsa de destacar que el tiempo es una experiencia interna. Esto es lo que lo hace tan etéreo y complejo de describir o definir. Pero también lo que le convierte en un elemento que puede ser una verdadero dolor de cabeza al momento de narrar historias conectadas no obstante su distancia temporal. ¿Reencarnación? ¿Predestinación? Conceptos sumamente problemáticos que no se terminan de resolver. Lo que deja una insatisfacción es que parece que el autor pasa de largo sobre este asunto para centrarse en su discurso político:

Tal vez la respuesta no sea cuestión de metafísica, sino, simplemente, de poder. D. Mitchell - tuitéalo    

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Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

    • Carlos Girón   •  

      Mi querido ratón, la cosa interesante es si la imaginación no tiene algo así como su propio lenguaje que, como bien señalas, consistiría en pensar en imágenes. Creo que sobre este tipo de relaciones habría que construir un marco teórico apropiado. Me pondré manos a la obra. ¡Abrazo roedor!

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