Un esbozo de antropología filosófica en Eugenio Trías

Exploración de los elementos presentes en "Filosofía del futuro"

Si buscamos una posición explicita de Eugenio Trías en torno a la antropología filosófica hay que acudir a Filosofía del futuro (1983). Aunque los planteamientos de El artista y la ciudad tienen ya de manera latente los fundamentos de la postura del barcelonés en torno a lo humano, las preocupaciones de éste en ese momento de su producción no rondaban la cuestión antropológica. Es entonces en Filosofía del futuro donde se presenta un “esbozo antropológico” –como titula Trías al apartado– que, curiosamente, se ubica dentro de lo que denomina como “variaciones estéticas”. Atendamos brevemente a las ideas aquí plasmadas.

Un primer y fundamental punto se establece con la noción de cultura que es asumida por el filósofo español: “Cultura significa, siempre, el elemento diferencial el hecho humano dentro del orden natural: hay cultura ahí donde se revela esa diferencia”. (Eugenio Trías, Filosofía del futuro, Barcelona, Destino, 1995, p. 129) Aquí debe destacarse de inmediato el hecho de que se conserva un esquema derivado de la noción estética de lo humano, esto es, que lo humano sigue siendo una figura entre mundos, un ser que, habitando el mundo natural, abre e inaugura otro: el de la cultura.

Lo humano es una figura entre dos mundos interconectados: el de la naturaleza y el de la cultura. - tuitéalo    

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Este elemento nos permite ubicar la postura antropológica de Trías como una que apuesta por la diferencia, por la distancia entre el ámbito natural y el de la cultura. Ahora bien, debe esclarecerse qué es lo que marca esa diferencia y distancia y, sobre todo, en qué términos o qué consecuencias tiene. En este sentido, Trías plantea, siguiendo ideas de corte hegeliano, un triple éxtasis, una triple salida o distancia de lo humano con respecto a la naturaleza:

éxtasis laboral en virtud del cual intercala entre él y la naturaleza el instrumento o herramienta; éxtasis lingüístico en virtud del cual rebasa el modelo de estímulo respuesta de las señales animales («lenguaje de las abejas») mediante el complejo dispositivo de preguntas-respuestas, nuevas preguntas-nuevas respuestas en que se resuelve la vida en común animada por el lenguaje; éxtasis erótico en virtud del cual queda suspendido el orden de la necesidad –el esquema necesidad/satisfacción– mediante la promoción de un orden carente de base «real» en donde halla el hombre, desde su infancia, satisfacción a su deseo en la ficción o fabulación onírica de la fantasía. […] Hay cultura en la medida en que se constituye esta infraestructura constituida por la trinidad trabajo-deseo-lenguaje. Todo objeto cultural es, siempre, efecto, cristalización y producto de estas tres potencias entrecruzadas. (Ibíd., pp. 130-131)

El ámbito de la cultura es, entonces, uno que fabrica o crea un distanciamiento con la naturaleza inaugurando un mundo nuevo en el que se insertará todo humano. Dicho en otras palabras, el ámbito de lo natural no nos hace humanos por sí mismo, sino que es necesario el distanciamiento –que no separación definitiva– del mismo a través de una serie de elementos que permiten la generación de esa distancia como la herramienta (el trabajo), la pregunta (el lenguaje) y el sueño (el deseo). De aquí que el humano entre en una relación peculiar (¿privilegiada?) con el mundo natural, a saber, una relación que le permite instrumentalizar elementos de éste para aprovecharlo mejor, distanciarse para conocerle (en un movimiento típicamente hegeliano) y construir nuevos mundos: alternativas que se generan a través de la fantasía y el deseo. Todo lo cual puede resumirse en la ya mencionada superación del ámbito de la necesidad para entrar al de la posibilidad: la cultura es porque es posible, y no necesaria, en virtud de la diferencia y peculiaridad humana.

Trabajo, deseo y lenguaje son los éxtasis que permiten configurar el ámbito cultural. - tuitéalo    

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Nótese una vez más que en estos elementos se da la permanencia del esquema de lo humano con sus pilares respectivos: la movilidad entre ámbitos y la prerrogativa humana por excelencia, a saber, la capacidad de decir qué es y qué quiere ser. Esta última distinción entre lo que se es y lo que se quiere ser no es una cuestión baladí, sino que introduce un elemento que es fundamental para Trías en este texto: el horizonte temporal en el cual resulta particularmente importante el futuro. En efecto, un ingrediente más del ámbito de la cultura se encuentra en el hecho de que todo lo que en ella se realiza tiene un sentido, esto es, una finalidad que, como tal, es siempre una proyección hacia el futuro. De esta manera, el hombre marca una diferencia al seno del mundo natural pero no lo hace a ciegas, sino que ello tiene una finalidad que, presumiblemente, es de mejora. Se abre así el horizonte temporal e histórico de lo humano que es una característica definitoria más:

La tradición cultural es, entonces, fondo virtual de posibilidades de futuro. Desde estas premisas puede entenderse la peculiaridad del triple éxtasis humano: del trabajo, del lenguaje y del deseo. Esa peculiaridad es su intrínseca historicidad, revelada en su capacidad de transformación, modificación, plasticidad, perfeccionamiento (eso que a veces se llama «progreso»). (Ibíd., p. 133)

Así, el elemento que permite comprender la plasticidad de lo humano, su maleabilidad, se encuentra en su inherente historicidad, en su capacidad de aprender de lo hecho para proyectar mejoras hacia el futuro. Este último elemento introduce la explicación de la movilidad en un esquema de inspiración platónica que Trías elabora en El artista y la ciudad. En él se da un movimiento que lleva del orden de la inmanencia al orden de la trascendencia y viceversa, lo que se explica en virtud de la necesidad humana –quizá única necesidad que le liga todavía un poco al esquema definitorio del mundo natural– de proyectarse (ser proyecto) en el ámbito cultural. La dinámica del esquema del artista creador sería la que fundamenta la producción de cultura y, al mismo tiempo, define al hombre como “animal ingenioso y soñador. Ambas cosas a la vez. La cultura es la resultante de esa productividad humana ingeniosa, verbal y soñadora”. (Ibíd., p. 131)

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

2 comentarios

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