Oficio del escritor: entre el relato y la verosimilitud

La verosimilitud es una característica peculiar de la literatura

La verosimilitud es una cualidad peculiar de las obras literarias. Ellas tienen el privilegio de establecer las reglas de juego del universo que se proponen desarrollar. Mantenerse dentro de ellas es fundamental para la coherencia y credibilidad de lo que nos relata. Pero qué pasa cuando no se trata de un relato de pura ficción, cómo es que se dosifica la verdad para establecer esa distancia que permite alejarse de lo real sin perder la verosimilitud, la semejanza con lo verdadero. Aquí unas líneas de reflexión que van de la mano de lo que le he leído a Javier Marías y lo que un día le escuché decir. Esto es un relato de algo vivido que, espero, resulte verosímil y que, con algo de suerte, despierte el interés por leer a este interesante autor.

Resulta curioso el tener que dar cuenta de un acto en el que se inicia con una pregunta cargada con la ponzoña del escepticismo: ¿no es la vida misma puro cuento? La vida, en efecto, puede ser pensada como un relato - tuitéalo    , como un conjunto de episodios más o menos coherentes que se construyen con la voz de un yo como protagonista o narrador, que no como única voz presente. La relación entre esta concepción y el ejercicio profesional del que relata, del que se dedica a las letras para novelar con ellas, parece conducirnos a otra pregunta que podemos derivar de la anterior: si la vida es un relato, ¿qué es lo real? Una provocación, una cuestión que es semilla para una serie de preguntas que nos muestran que las cosas no son siempre tan claras como parecen.

La verosimilitud: distancia entre el relato y lo relatado

Lo primero es que damos por supuesto que entre el relato y la realidad hay un hiato, una distancia que marca una importante diferencia. Esta separación no es otra sino la que emerge de la muy recurrente discusión en torno a la relación entre lo que nombra y lo nombrado, entre las palabras y las cosas –por usar la formulación que da título al célebre texto de Foucault. Tenemos, entonces, un hecho, un acontecimiento mudo al que se le presta voz dando cuenta del mismo: relatándolo. Lo relatado viene después de lo acontecido, esto es, primero tenemos la comparecencia de lo real y después una reelaboración, una pálida sombra dibujada con palabras que buscan dar cuenta de eso que ha comparecido. Con esto tomamos ya una bandera ontológica específica, es decir, nuestra toma de postura se inclina por pensar que el orden del discurso es ontológicamente distante del orden de los acontecimientos. Dicho de otra manera: no es lo mismo lo que sucede que lo que se dice con respecto a lo que sucede. Hay entre las dos dimensiones una separación que resulta muchas veces problemática por el simple hecho de que lo real parecería estar siempre en el pasado, en el acontecimiento del que sólo nos queda su sombra, su relato.

Primero está lo que sucede y luego el relato de lo sucedido: el orden cronológico de lo real. - tuitéalo    

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Ahora bien, si hemos dicho y aceptado que el acontecimiento precede al discurso quizá podamos pensar la labor del escritor como una tergiversación de este orden. ¡El tiempo antes que la jerarquía ontológica! El novelista genera hechos que no han acaecido, relata lo que no ha sido pero que podría ser. - tuitéalo     Se pierde en el tiempo y, por ende, renuncia a esas rígidas ataduras que hacen del relato un mero volver a traer algo ya acontecido al conocimiento de alguien (como lo marca el mismo sentido etimológico de la palabra relato que se remonta al verbo latino refero). Pero no hay renuncia que quede exenta de consecuencias. En este caso al renunciar a este vínculo conectamos con un problema igualmente clásico: el de la verosimilitud. La posibilidad es un campo muy amplio en el que se puede decir casi cualquier cosa. Perderse en el tiempo para escribir desde este campo es asumir una actitud un poco más laxa con la verdad de otro tipo de discursos que deben ceñirse a las pruebas y los hechos. Se trata de ser semejante a lo verdadero, no de identificarse con ello.

Lo posible es también posiblemente verdad

Vamos a dar un poco más de vueltas sobre el asunto. Si el discurso no refiere a un acontecimiento, si se dispersa en esa infinita zona de las posibilidades en la que la imaginación reina con su libre arbitrio, entonces poco se podría decir de la credibilidad de un relato. No obstante se habla siempre de ello y, en este caso, el autor mismo ha declarado su dificultad para “creerse” lo que lee y lo que él mismo cuenta al escribir. De esta manera, se dan dos cosas al mismo tiempo. Por un lado se renuncia a respetar la temporalidad propia de una jerarquía ontológica que marca la primacía y necesidad de que sea primero el acontecimiento y luego el discurso, mientras que por otra se busca no dañar la verosimilitud del relato. Lo que se cuenta debe ser creíble traicionando las reglas mismas de lo creíble. Por eso se trata de un juego fantástico, de un acto de magia en donde las reglas de lo que es o debería ser se tuercen ante nuestros perplejos ojos.

La magia del relato está en la distancia que mantiene con lo real: distancia, no renuncia. - tuitéalo    

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Adentrándonos en el terreno lógico-epistemológico, habría que decir que la necesidad de que sea el acontecimiento lo que anteceda al discurso está en que éste nos brinda un parámetro de verdad. Tenemos, por un lado, el hecho, el suceso, la cosa misma (como dirían los fenomenólogos), y, por otro, el relato que intenta dar cuenta de ello. De esta manera, cualquier discurso puede ser cuestionado si no encaja o, mejor dicho, si presenta contradicción con lo que está ahí delante de nosotros como irrefutable verdad: el hecho acontecido. Si el novelista pervierte el orden temporal y relata sin acontecimiento que sirva de baremo de verdad, entonces el problema se vuelve evidente: ¿cómo medir la verosimilitud del relato? Quizá es por esto que los lectores, siempre fieles al esquema de adaequatio rei et intellectus, buscan perspicazmente los acontecimientos reales que inspiran la aparente ficción del relato: ¡Oxford tenía que ser! Es ahí donde el autor vivió tanto tiempo… seguramente se trata de una biografía enmascarada de ficción. A lo que el autor, siempre desde ese terreno del condicional que anuncia sin asegurar, que dice sin afirmar taxativamente, que invita, en suma, a imaginar y a valorar desde el podría ser, responde:

Creo no haber confundido todavía nunca la ficción con la realidad, aunque sí las he mezclado en más de una ocasión como todo el mundo, no sólo los novelistas, no sólo los escritores sino cuantos han relatado algo desde que empezó nuestro conocido tiempo, y en ese tiempo conocido nadie ha hecho otra cosa que contar, o prepara y meditar su cuento, o maquinarlo. Javier Marías, Negra espalda del tiempo

La verosimilitud del relato vital

Todos relatamos algo, todos contamos anécdotas y buscamos hacer partícipes de nuestras experiencias a quienes nos rodean. Todos, por tanto, entramos al juego de la verosimilitud en la que la menor distancia entre el hecho y el discurso resulta vencedora. Esto es cierto si tomamos todos la misma bandera ontológica ya descrita y si la noción de verdad no va más allá de la adecuación entre lo acontecido y lo enunciado. Pero, incluso siendo así, no se deja de marcar una diferencia entre el relato que día a día hacemos de lo cotidiano, es decir, de aquello que contamos porque nos ha sucedido, y la labor del novelista que ha de pervertir la temporalidad para contarnos cosas que no han sucedido pero que podrían haber sucedido. De mundos que no son, pero que podrían haber sido. Creerle o no, aceptar la propuesta, depende del grado en que el escritor logra conectar con lo desconocido desde lo conocido. Novelar es una acción de sobrevuelo: nos sabemos suspendidos en el aire, pero seguimos viendo el mundo desde la ventanilla.

En el relato nos sabemos suspendidos en el aire, pero vemos el mundo de reojo. - tuitéalo    

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Contar o no con el hecho –apoyo para determinar la verdad– hace una gran diferencia. Sin duda que podría invadirnos aquí el problema de la perspectiva, esto es, el que plantea que el mismo hecho visto desde el otro lado del andén seguramente dará como resultado un relato distinto. Pero eso, en última instancia, no anularía el apoyo en un hecho que es tomado como lo real y, por ende, como el soporte primero (en sentido temporal y lógico) para determinar si el relato desde el otro lado del anden es verosímil. De esta manera aquí no hacemos sino iniciar un debate que apunta en direcciones interesantes. Avanzar hacia planteamientos que nos hagan pensar en una concepción del mundo sin este punto de apoyo siempre seguro y confiable de lo real. Pensar en difuminar la espesura del ser –usando una expresión de Emmanuel Lévinas– para habitar más en el terreno de la posibilidad, en la apertura más que en la clausura de lo acaecido, en la creatividad y la innovación. De cualquier manera, la vida, esa que parece puro cuento, no es un acontecimiento ya dado sino, efectivamente, un cúmulo de cosas que se mantienen en el espacio dominado por el podría ser mientras –nos dicen los existencialistas– la posibilidad más radical, la muerte, no acontezca.

Carlos Girón

Eterno aprendiz de brujo. Compartiendo en este labloginto las inquietudes de un cuerpo que se cree espíritu y un espíritu que se pierde entre los pliegues de un cuerpo.

  • Jacinto Martin-Prat Valls

    El hiato que hay entre lo vivído y lo escrito puede ser enorme o inexistente ¿Es mas real mi vida que la obra de Borges? Para tí,que conoces la obra de Borges y desconoces mi vida real,puede que no haya tanta.Pero es obvio – o igual,no tanto – que lo “mío” es vida y lo de Borges no¿Como que nó? Además de todo el Borges vivencial de carne y hueso que se necesita para crear la obra que él creó…¿No podemos ser capáces de otorgar un tipo de existencia autónoma a los textos literarios pues en la medida que cada uno lo leé,no solo nos invita,regala a un mundo que entre él y el lector lo recrean,sino que esa colección de sintagmas,significados,híbridos de signo y sangre tienen una realidad autónoma al lector. O dicho de otra manera:¿El Mundo no fué tal hasta que el primer homínido lo miró? No encuentro la justificación filosófica para afirmar esto pero,como escritor que he sido,te puedo asegurar que,una vez creado un personaje,una ficción,esta comienza a andar y desarrollarse sola y uno,admirado,apénas puede seguirlo apenas variárla ¿Como podría acabar bien Hamlet frente aquel “piélago de calamidádes” y – como nó – el se hace la pregunta clave de la filosofía:¿Ser o no ser?…Y no responde, porque es un dilema.El dilema.Los budistas lo tienen muy claro y no tienen flojos filósofos.A nosotros,desde Táles de Mileto – por simplificar – hasta acá,se nos ha ocurrido cosas tan lógicas como que somos el simple desarrollo de la materia – ahora bien:vaya Materia,que se desarrolla gradualmente,evoluciona,crece y sin arquitecto detrás.O algo más disparatado aún:un Dios omnipotente.Eso si que parece Literatura.Me piden el ordenador.Un abrazo.

    • ¡Saludso Jacinto! Muchas gracias por el comentario. Haría un par de anotaciones: la primera es que este texto se construye en diálogo con una idea de Marías en torno las licencias que puede tomarse un escritor para tejer lo verdadero con lo novelado hasta confeccionar un relato verosímil. Lo que señalas, en efecto, apunta a otra de las dimensiones del tema que habría que tratar con detenimiento. La segunda tiene que ver con una recomendación: la película “La memoria de los muertos” protagonizada por el recientemente fallecido Robin Williams. Ahí se puede ver una interesante exploración de la distancia entre lo vivido y lo registrado por uno mismo. Gracias de nuevo por el interesante comentario. 🙂

  • En realidad, todo lo que nos rodea y nosotros mismos no somos más que un conjunto desorganizado de materia y energía… es el ojo del observador el que intenta poner un poco de vano orden.

    Cambia el ojo y cambiarás la ‘realidad’… sea verosímil o no…

    • ¡Jerby! Toda una línea de pensamiento filosófico que transita por esa vía. El problema es que parece inevitable tener precisamente esa referencia, esa etiqueta desde la cual decir que se está haciendo una variación o un cambio. Lo verosímil es precisamente lo que se desplaza de esa referencia sin perderla de vista generando un efecto curioso: parece que es, pero no es o lo es ‘de alguna manera’. Es el poder de los símbolos que también necesitan de cierto anclaje material para poder ser comunicados. Interesante seguir pensando en esta vía. ¡Abrazo roedor!

  • José de Cádiz

    Interesante tu artículo sobre la magia de la verosimilitud. Es verdad que los que escribimos tenemos que mezclar la ficción con la realidad. Lo comparto.

    • ¡Saludos José! Muchas gracias por tu comentario. El caso de Marías es realmente interesante. Enfrenta esa necesidad y hace sus buenas mezclas, pero aún así nos contaba alguna vez que los lectores no dejan de escribirle asegurando que se ha inspirado en sus vidas para escribir esto o aquello. Así que no hay duda: lo verosímil nos habla. ¡Gracias por pasar por este rincón!

  • ¡Saludos José! Lo que comentas me lleva a un tema que he querido tratar en el blog pero todavía no encuentro el espacio. Esta independencia de los personajes refiere, indudablemente, a “Niebla” de Unamuno y al mismo Quijote que en algún momento se sabe personaje de un misterioso autor. Un asunto muy interesante en la literatura que ya tocaremos para seguir dialogando. ¡Gracias por pasar por este rincón!

  • Raúl Simoncini

    Excelente tema; hago mi aporte si sirve. Lo que
    sucede es la realidad, no debemos confundirnos en eso, me parece, filosofía,
    ontogenia mediante viene rengueando después. Cuál era la visión de los
    inquisidores de Salem en 1692 sobre los hechos, y la de Arthur Miller que escribió
    la obra de teatro en 1953; hay allí un océano de distancia y no solo por
    razones de tiempo, sino fundamentalmente culturales, o quizás de conveniencias.
    En otras palabras; Le preocupaba al inquisidor de Salem la verdad? o solo daban
    rienda a sus prejuicios. Le preocupaba a Arthur Miller la verdad o necesitaba
    el argumento para denunciar al macarthismo?…y en última instancia, la verdad
    cruda, sencilla, que es la más pura realidad, es asible? —diez personas mirando una escena, diez
    minutos después contaran diez historias diferentes—. Verdad es una cosa y
    verosimilitud es otra. Como argumento teológico se
    conoce el clásico razonamiento de San Anselmo de Canterbury que a priori
    proclama la existencia de Dios.
    En este sentido, su argumentación se basa en que si
    somos capaces de concebir la idea de la existencia de Dios es porque, en
    efecto, existe. Tales atrevimientos nos hacen dudar de
    la filosofía en si misma.
    Personalmente creo que Historia, verosimilitud, verdad y ontogenia son
    factores que sobrevuelan un relato, pero no lo dañan ni lo transforman, en
    realidad son intrascendentes; una historia es creíble para nosotros, nos convence
    y nos moviliza si estamos preparados culturalmente para eso; aun sabiendo que
    puede ser mentira. Si no fuera asi jamás
    podrías leer o ir al cine.

    • ¡Saludos Raúl! Muchas gracias por el comentario. En efecto, no hay que confundir verdad con verosimilitud. De hecho espero que eso quede muy claro en el texto: el acercamiento a la verdad implica seguir caminos que no necesariamente siguen una linea recta. De ahí la diversidad que podemos encontrar y que señalas de muy buena manera. Lo único que diría es que el argumento de san Anselmo se mueve entre lo teológico y lo ontológico con un salto mortal desde la lógica. Pero esto fue criticado desde la filosofía misma, de manera que se ve su capacidad de criticar y ajustar su propio relato. Vamos, que el tema da para seguir y seguir, así que agradezco de nuevo el comentario y seguimos pensando este asunto.

  • Muchas gracias por la invitación José. Pasaré por ahí sin duda alguna. ¡Un abrazo de año nuevo y muchas letras para este 2015! 🙂

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